PROYECTO PIBE LECTOR

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viernes, 24 de marzo de 2017

Qué hacer en caso de calificaciones

Este texto fue publicado en: http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/11/21/que-hacer-en-caso-de-calificaciones/index.html y pertenece a la serie Proyecto pibe Lector

33. Qué hacer en caso de calificaciones

Dalí


Efraín es la persona que lleva más tiempo en la Isla del Alumno Autodidacta y la que mejor conoce su funcionamiento. Por esa razón es a quien se debe recurrir en caso de dudas de cualquier especie.
Un tema especialmente peliagudo en la Isla es el de las calificaciones. “Para los docentes”, piensa Efraín, “porque son unos ineptos”. El Auxiliar siente una especial mezcla de repugnancia y desprecio por los profesores del Universo, que se guarda bien de mostrar. Efraín sabe guardar secretos, disimular emociones, manipular hechos. Se considera a sí mismo como un estratega invencible, un soberano en su reino. Finge una pizca de servilidad, escudado tras sus lentes enormes, y contesta solícito cuando se lo requiere.
Efraín es el Auxiliar, con mayúsculas.
Existe una página especial en el campus virtual de la Isla que contiene las calificaciones personalizadas de los alumnos, y los docentes se desviven por mantenerla actualizada entregando sus planillas en tiempo y forma. No saben (nadie sabe) que jamás tuvo visitante alguno. Ni un cibernauta perdido, mísero. Tampoco saben que esa información es guardada y paladeada placenteramente por el administrador de los datos y recepcionador de planillas: nada más y nada menos, que Efraín.
En diciembre los docentes se agolpan, desesperados, frente a su pequeña oficina-depósito de escobillones y plumeros.
_ Efraín, dígame: ¿Un alumno que tuvo un aplazo en el primer trimestre, se lleva a diciembre la materia?
_ De ninguna manera. Puede tener un 1, otro 1 en el segundo trimestre y un 2 en el tercero y la nota final puede ser 7. Igualmente resultaría sospechoso un profesor que califique con aplazos; usted debería revisar su desempeño y andar con cuidado si quiere continuar aquí.
En voz baja, los alumnos cuentan que cuando era joven, Efraín se metió en una clase de Educación Física con una chancleta en la mano y le dejó el culo bordó a unos pibes que andaban molestando a uno de sus sobrinos, que estaba becado en la Isla. Murmuran: el profesor que estaba a cargo quiso parar los chancletazos justicieros y se ligó uno en la cara que lo dejó tuerto de por vida.
Anécdotas como ésa rodean al Auxiliar como un halo y lo hacen parecer más alto, espigado.
_ Efraín: ¿Los números  van promediados con centésimos en la nota final?
_ De ninguna manera. El educando puede tener un 4, un 3 y un 6 y tener un 7 como nota final. Queda a criterio del profesor, que, por supuesto, favorecerá al educando. No vaya a ser que no podamos festejar tranquilos las fiestas en la Isla por culpa de alguno de ustedes…
Durante el tercer año de su gestión, el director De Álzaga se enfermó. Gozó de una licencia extensa, y Efraín aprovechó con fuición su ausencia. La Isla se volvió su territorio por completo, fue invadiendo oficinas y salones y se desparramó, repatingó y dormitó en cada rincón. De Álzaga regresó, renovado, y no se dio cuenta de los cambios. La Isla había funcionado perfectamente durante su ausencia: Efraín se había encargado del papeleo, de la actividad virtual, de las preguntas frecuentes de los docentes. En su ceguera y nadando en su propio ego, De Álzaga se acomodó ante su escritorio y cerró la puerta, dejando a Efraín solitario, amo y señor de su pequeño imperio.
_ Efraín: ¿Cómo califico a un alumno que vino una sola vez a mis clases-guía de “Administración de la Economía Hogareña”?
_ Con una sola vez, alcanza y sobra. ¿Qué hizo el chico ese día?
_ Nada. Le pregunté cómo se llamaba y me contestó.
_ Bueno. Si dijo su nombre en forma vacilante y usando tono bajo, merece un 7. Si alzó la voz y la miró a los ojos, póngale un 10.
“Universitarios”, piensa Efraín mientras contesta con sorna. “Son los peores”.
_ Efraín: ¿Tengo que calificar a Pérez? Se pasó las 100 horas de mi curso anual de “Prevención de Adicciones” durmiendo como una morsa …
_ Más morsa será usted, señor. No descalifique al chico. Póngale un 10. Uno mientras duerme no se puede hacer adicto a nada.
La lógica del Auxiliar, formidable. Con el tiempo, hasta había encontrado su propio Efraín: un nuevo profesor, doctor en Ingeniería Civil, poseía una personalidad tímida y había aceptado limpiar el edificio a cambio de que intercediera ante los alumnos para que no lo insultaran ni golpearan. “Mucho doctorado y cero manejo de grupo”, le había lanzado el Auxiliar, junto con una escoba.
_ Efraín: ¿Califico a los que figuran en el listado, pero no vinieron nunca?
_ Por supuesto. ¿Usted quiere que nos manden al Continente por falta de matrícula? ¿Quiere que nos cierren la Institución? De ninguna manera. Un 7 a todo el mundo ahorra problemas y todos contentos.
_ Efraín: Tengo a este caso que no sabe leer ni escribir y yo enseño “Discurso persuasivo para tener éxito en las ventas”. ¿Qué hago? No sabe ni escribir su nombre…
_ En primer lugar: no le diga “caso” al alumno; no estigmatice. En segundo lugar, hombre… la escritura está sobrevaluada en este mundo loco… Apruébelo y listo. Se lo merece por ser valiente y desafiar al sistema capitalista.
Efraín es un hombre de muchos secretos. Se rumorea que posee estrategias que los docentes ignoran para manejar situaciones difíciles; dicen que se desliza durante la noche por la Isla y espía y vigila…
_ Efraín: Este grupo de alumnos se pasó el año entero jugando al Call of Duty en mi cara y mandándome a la mierda. Amenazaron con matarme, con torturar a mis hijos, con desfigurar a mi mujer…
_ ¿Y por qué usted no me avisó antes?
_ Yo escribí unos sesenta informes y los dirigí a De Álzaga…
_   Pero no, hombre, al director no, de ninguna manera. Me tiene que avisar… Usted déjemelos a mí. Apruebe a todos y listo. Va a ver cómo lo dejan en paz.
Los “viejos” le cuentan a los “nuevos” que Efraín avanza despacito entre las camas donde duermen su sueño los alumnos, durante la noche isleña. Pone sus manos de dedos largos sobre los cuellos de los que califica en secreto de “rebeldes”, “patoteros”, “cabecillas”…y aprieta, aprieta, hasta que los ojos que miraban el sueño plácido lo miran a él, desorbitados, enrojecidos. Su estrategia es sencilla: aseguran que suelta cuando las venas de su presa están gruesas y oscuras como tronco de árbol.
“Shhhhhhhhhhhh”, les dice. “Ojito con joderme la vida”.
Eso basta.
Los “nuevos” se estremecen.
Jamás un alumno lo ha denunciado ni ha hecho un comentario, en voz alta o por escrito, sobre los terrores nocturnos asociados al Auxiliar.
Eso sí, una vez alguien descubrió el punto débil de Efraín, hecho que le costó el trabajo en la Isla.
Era una profesora nueva, que enseñaba-guiaba sobre “Control de la Natalidad”. Quiso saber qué hacer en caso de calificaciones porque un alumno se negaba a participar de sus clases por motivos religiosos. Le dijeron que le preguntara a Efraín, naturalmente. Tenía una vocecita aguda que se oyó por encima del ruido a adolescencia, cocoteros y mar:
_ Señor portero, ¿puedo hacerle una pregunta?
La Isla se detuvo. Fue como la caída de un rayo.
La despidieron al anochecer. Por la madrugada ya estaba en el Continente.
Su experiencia no fue en vano. Desde ese día, todos en la Isla aprendieron la importancia de no decir jamás delante de un auxiliar la palabra “portero”.

La Revolución del Agua Humana

Este relato fue publicado en: http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/11/14/la-revolucion-del-agua-humana/index.html y pertenece a la serie Proyecto pibe Lector


32. La Revolución del Agua Humana


Dalí


El niño se detuvo. Tomó aire, dirigió su mirada límpida hacia el cielo transparente. Desplegó el material sobre la Revolución del Agua Humana. Comenzó a indagar.
Al cabo de unos minutos un señor se le acercó, amable, para preguntar si necesitaba ayuda. El niño contestó apresuradamente que sería un honor escuchar la palabra de uno de sus mayores. El señor, entonces, habló:
_ En el año 2036 un investigador de la UNLP, en Argentina, hizo un descubrimiento que le pareció fenomenal: logró sintetizar el líquido que denominó “Agua Humana”, el néctar esencial, el maná, la fuente de la juventud, anhelada, buscada e imaginada por alquimistas y artistas durante milenios. La fórmula aún era imperfecta, pero la subió a internet en su blog personal.
En 2042 un jovencito hizo pruebas en su cuerpo basándose en la fórmula del Agua Humana. Incorporó el Inhibidor del Apetito y la perfeccionó. Quiso pasar a la posteridad como un héroe anónimo: no sólo envió la fórmula renovada a cada gobernante, a cada laboratorio, a cada universidad, sino que usó las redes sociales con tal habilidad que los datos se viralizaron. La gente de esa época estaba obsesionada con su imagen: seducida por la promesa de la pérdida de grasa corporal, fabricó la fórmula y empezó la Revolución.
El Agua Humana adelgazó a las personas, pero además las volvió sanas. Desaparecieron los problemas de los dientes, de los pulmones, de los riñones, del corazón… ya nadie se enfermó. Los organismos funcionaron como debían y la gente se volvió perfecta. Eso trajo consecuencias que el joven dadivoso jamás pudo imaginar, ya que fue asesinado por una horda enfurecida el mismo año en que la Revolución comenzó.
Ya no hubo necesidad de comer ni de beber. Hasta ese momento, la humanidad giraba en torno a la comida: a producirla, a consumirla. Ser comensal era un ritual social. Restaurantes, fábricas, supermercados, vida familiar, horarios, modos de crianza: todo cambió y se produjo un inmenso desconcierto.  A medida que la gente se desintoxicaba de milenios de consumir comida se volvía sagaz: nadie dudó acerca de la importancia de abandonar el paradigma obsoleto y las naciones, unidas, comenzaron a buscar nuevas formas para que la economía no estallara del todo.
El mundo cambió vertiginosamente: tampoco se necesitaban abogados, psicólogos, agricultores, ganaderos… Millares de máquinas, en meses, se transformaron en chatarra. Lo relativo a la estética era vestigio de una época olvidable. Fue demasiado. Hubo que reorganizar todo. La naturaleza se erguía, triunfante: dejaba de ser explotada. El ser humano asumía finalmente su rol como eslabón, como engranaje ínfimo perteneciente al Reino Animal. La gente no sólo no se dejaba engañar, sino que había perdido las ganas de engañar a otra gente. El Agua Humana rasgó el velo que mantenía la Humanidad en la oscuridad y la corrupción; fue un renacer después de una especie de Sodoma y Gomorra. La gente se volvió reflexiva y crítica, y dejó de preocuparse por el consumo. ¿Desplegaste alguna vez el Museo del s. XX?
El niño escuchaba atentamente. “Sí”, contestó.
_ ¿Y qué te pareció?
_ Me dio vergüenza ajena y compasión. Las personas vivían embrutecidas, pendientes de frivolidades. Trabajaban para comprar objetos innecesarios, sufrían por cosas carentes de sentido.
_ No sientas vergüenza. Es parte de nuestra historia. No olvides que estaban intoxicados por la alimentación. Gracias al Agua Humana
_ Sí, es suficiente. Muchas gracias por su tiempo, señor. ¿Usted llegó a tener padres con coincidencia biológica?
_ No, soy muy joven. Ni siquiera mis bisabuelos hubieran vivido esa época. ¿Querés que te hable de la Revolución Igualitaria?
_ No hace falta, muchas gracias. Fue cuando se decidió que tener hijos biológicos restaba igualdad de oportunidades a la Humanidad y los niños se volvieron comunitarios. Luego quedamos solos.
_ Exactamente. La Historia de la Humanidad fue siempre un baño de sangre, pero somos afortunados ahora. Que tengas un buen día, niño.
El niño cerró los ojos y la información desapareció. Se borraron las ciudades, las personas que caminaban apresuradas, los carteles de neón. En el siglo del niño, la gente no necesitaba nada. Mientras contemplaba nuevamente la serenidad diáfana del cielo, se preguntó si el señor que le había hablado amablemente sobre el Agua Humana pertenecía a la realidad o a los materiales históricos que se le había ocurrido curiosear. No supo qué pensar. Se le ocurrió que quizás hubiera soñado todo, que existía la posibilidad de que en ese exacto momento estuviera planteándose acertijos dentro de un sueño. Se le ocurrió que el soñador podía ser el señor, y él mismo, tal vez, fuese el producto de un sueño ajeno, en la soledad de unas ruinas con forma de círculo. Tampoco supo explicar el porqué del sentimiento de nostalgia que lo invadió al pensar todo eso.
Movió sus manos y desplegó el Agua Humana. Se sintió reconfortado. Había olvidado el episodio y los laberintos oníricos cuando comenzó a beber.

miércoles, 1 de marzo de 2017

#VoluntarioDocenteNoAlParo



La propuesta de convocar a los 60.000 voluntarios que se ofrecieron para quitar el derecho a la huelga que tienen los docentes me parece fenomenal. Me vienen a la mente muchas escenas posibles que se vivirían en las escuelas, en los clubes de barrio, en los comedores... ¿Qué mejor manera de visibilizar ante la sociedad lo que están reclamando verdaderamente los docentes con sus molestas huelguitas que infiltrar en el sistema 60.000 pares de ojos para constatarlo? Hagamos un ejercicio de imaginación: elijamos algún escenario posible y situemos al actor o actriz...

En mi elucubración, voy a elegir un voluntario docente jubilado. Sería una absoluta aberración permitir que se metiera en un espacio cerrado a educandos junto a un desconocido cualquiera, con las cosas que sabemos que suceden. Supongo que ni a Vidal, que está considerando posibilidades tan creativas, se le ocurriría que eso resultaría en algo positivo para nadie.

Primera escena: el docente que lleva años sin pisar un aula ingresa en... un comedor.
Pregunta: ¿por qué no podemos usar un aula como corresponde, con pizarrón, a pesar de que sea una antigüedad?
Respuesta: Tenemos clase acá porque desde hace años nos faltan aulas, no lo hacemos por excepción. Hay un curso en la biblioteca de la primaria y otro en el pasillo que da a los baños de arriba.
Pregunta: ¿Y el olor a comida? ¿Y el calor insoportable del horno? ¿Y los chicos que me dan la espalda? ¿Y las mesas que se mueven? 
Respuesta: Una de las razones de las huelgas docentes son y han sido los problemas tremendos de infraestructura escolar, que atentan contra la calidad educativa.

Segunda escena: ingresan los educandos en el aula-comedor. Podemos recordar la parte de "Un detective en el kinder", cuando el pintoresco personaje que encarnaba Schwarzenegger se mete en un aula (divina, el aula, no como la que invento) y los chicos, sin reconocer en él una figura de autoridad, parecen enloquecer.
Pregunta: ¿Esto que viví recién me pasó porque soy voluntaria y los chicos me odian porque escucharon cosas horrendas sobre mí en sus casas y medios de comunicación?
Respuesta: No, es algo habitual. Construir una relación asimétrica con los alumnos lleva tiempo y está a cargo de usted hacerlo correctamente. ¿Qué le sucedió?
Respuesta: Un chico estaba pegando patadas voladoras y lo saqué afuera del aula, pero inmediatamente me llamaron la atención diciéndome que no se puede hacer eso...
Respuesta: Es cierto.
Pregunta: ¿Y qué se hace cuando hay chicos que se portan mal?
Respuesta: No se dice "hay chicos que se portan mal", no se debe estigmatizar así a los alumnos. Se dice que en determinado momento, un chico se portó mal... No es siempre. Lo que se hace es hacer una nota para el Consejo de Convivencia, para que comience a reunirse y se elija una sanción reparadora...
Pregunta: ¿Y dónde está ahora el Consejo? 
Respuesta: La profesora coordinadora del Consejo, que hace todo esa trabajo fuera de su horario y sin recibir paga alguna, está de paro reclamando que haya mayores recursos destinados a la educación pública, entre ellos, Equipos de Orientación con psicopedagogos y psicólogos que permanezcan las horas necesarias en la escuela para ayudar a solucionar este tipo de situaciones y otras de diferente gravedad. 
Pregunta: ¿Y no le puedo poner amonestaciones al que me insultó cuando le pedí que se sentara?
Respuesta: Usted no entendió nada...

Tercera escena (y última, aunque se me ocurren centenares más): El docente voluntario, después de desgañitarse durante dos horitas intentando explicar lo que sucedía en un cuento que leyó en voz alta tres veces mientras peleaba para que los chicos se quitaran los auriculares y prestaran atención, escuchó el timbre del recreo y se dio por vencido. Últimas preguntas:
¿Qué le pasa a esa chica, que no quiso escribir ni siquiera su nombre en la hoja?
Ella no sabe leer ni escribir. Estamos trabajando arduamente para ayudarla desde el año pasado.
¿Y cómo puede estar en este año, si no sabe? No, deje, no me conteste. ¿Y qué pasa con los dos chicos pálidos y silenciosos que estaban atrás de todo? 
Seguramente no comieron nada. Uno de los reclamos de los docentes en huelga es que haya comedores y que la comida que brindan sea de mejor calidad. 
¿A dónde está la biblioteca?¿Y las computadoras?
La secundaria no tiene biblioteca. No tenemos bibliotecaria ni muebles para los libros que envió el gobierno durante los años anteriores, ni espacio para ponerlos... Computadoras no están entregando. Ése es otro reclamo..
Sí, ya sé, de la huelga absolutamente justa que estoy rompiendo como un carnero. 

¿No es cierto que serían unas buenas palabras para cerrar la escena? Una pena, porque así terminaría esta especie de scketch delirante y se me había ocurrido un final mucho mejor, que era más o menos así: Después de varias clases agotadoras donde los gritos, la música y el ruido infernal imperaron sobre el calor del horno de la cocina y el olor a cebolla, la/el docente voluntaria/o recibió una planilla con cuatro casilleros para "volcar las calificaciones" obtenidas por los educandos. ¡Ah! Y recibió la noticia de que había un padre bastante enojado esperándolo en la puerta del ...comedor. Y que tenía que entregar al día siguiente sus planificaciones diagnósticas... Y...

Quizás los 60.000 voluntarios, en unos pocos días, podrían contarle a la sociedad los porqué de las huelgas docentes y de los problemas de la calidad educativa que reciben los alumnos de la escuela pública mejor, mucho mejor, que cualquier especialista en educación.

 ¿No sería graciosísimo si no fuera tremendamente trágico?


Este texto fue publicado en Infobae: http://www.infobae.com/opinion/2017/03/02/60-mil-voluntarios-para-visibilizar-los-reclamos-docentes/


sábado, 17 de septiembre de 2016

Qué pensás de la escuela secundaria (Feliz día del profesor)


Este texto fue publicado en: http://www.infobae.com/opinion/2016/09/19/la-importancia-de-la-escuela-secundaria/

Hay gente que piensa que la escuela secundaria es una especie de guardería; el lugar donde la sociedad mantiene encerrados a sus adolescentes durante unas horas "para que no estén en la calle" o "para que larguen la compu un rato".

Otra gente piensa que es una institución obsoleta, con sus mesas, sillas, timbres, materias, horarios, profesores "incapacitados" y ceremoniales centenarios. En general, estas personas sostienen que lo que se intenta enseñar ahí "no sirve para nada", está fuera de contacto con la realidad y es una pérdida de tiempo.

Hay quienes dicen que la escuela secundaria pública actual es un espacio donde los pibes adictos, borrachos y delincuentes se mezclan en salones con pibes con capacidades diferentes, pibes de otras edades, víctimas de cualquier clase de violencia y, mayormente, pibes pobres. Dicen que esos chicos están ahí para "ser contenidos" o "comer", porque no se puede hacer otra cosa con ellos.

Y escribo "dicen", porque todos los que piensan estas cosas, las dicen. Los adolescentes (y los demás) los escuchan.

En este momento, miles de profesores están pidiendo a sus alumnos que guarden, por favor, su bendito celular, sin éxito. En este momento, en algún salón, un alumno está insultando a su profesor. En otro lugar, un alumno le pegó una piña en plena mandíbula a su profesora de matemáticas. En la dirección de algún lado, hay padres amenazando a la directora de un colegio. Hay alumnos que acaban de robarle la billetera a sus docentes. En centenares de aulas, en simultáneo, mientras alguien lee este texto, hay un griterío infernal.

Para mí, toda esa gente que piensa lo que afirmé en los primeros tres párrafos tiene parte de culpa en esos tristes sucesos.

Yo pienso que la escuela secundaria es uno de los lugares más importantes. En su interior, los adolescentes experimentan la tremenda metamorfosis que los lleva de ser niños a jóvenes, rodeados de pares y de adultos que los escuchan, contienen, educan y aconsejan bien. Es el único espacio donde la tecnología convive con los clásicos, con los textos escritos en papel, con las cuentas hechas a mano. Kafka, Stevenson, Poe, Borges, Cortázar, la mitología griega, la lapicera y los fibrones, las cartulinas para dibujar, la música que no suena en la radio ni en los boliches, la importancia de ser buen ciudadano, la Historia, los filósofos, los textos argumentativos, los valores, el teatro, todo desfila, interactúa, se mezcla con los pensamientos de los chicos arrancándolos por lapsos más o menos cortos de sus cotidianidades, acompañando y estimulando su pensamiento. Lo que suceda durante esa etapa condicionará el resto de la vida de cada uno de los alumnos.

Muchos de los que piensan algo parecido dedican su vida a escuchar, contener, educar, enseñar y aconsejar bien a los adolescentes adentro de las escuelas. No es una tarea fácil: hay que trabajar duro para poder hacerlo. Para todos ellos, mi agradecimiento y reconocimiento en el día del profesor.



sábado, 10 de septiembre de 2016

La luz mala

Para mis alumnos de 6to 2016, con todo mi cariño

imagen tomada de internet


Ahora que están de moda entre las personas de la ciudad las leyendas urbanas y las Creepypastas,  podría pensarse que las historias tradicionales, las que tienen cientos de años y circulan por nuestros valles, campos y montañas, han perdido su capacidad de producir miedo. ¿Puede competir la Dama de Blanco, deslizándose sobre baldosas por las calles de Buenos Aires por la madrugada, con la adorable Llorona, gimoteando por los campos en búsqueda de sus hijos? ¿Dan más miedo los fantasmas de La casa de los leones que la Viuda, el Pombero o el Lobizón? Como cierre de esta jornada de lectura, haremos un viaje que nos llevará lejos de los edificios, los colectivos y el cemento para trasladarnos con nuestra imaginación a cualquiera de los paisajes del noroeste argentino, entre cerros y quebradas.
       
     Por Jujuy, Salta, Tucumán, La Rioja y Santiago del Estero hay unos paisajes tan hermosos que de pararnos nomás ahí se nos ensancharía el alma. Hay cerros coloridos, montañas y valles, el cielo más celeste que se pueda pintar y un aire etéreo que para nosotros, acostumbrados como estamos a respirar contaminación de todo tipo, sería un placer desconocido. Se preguntarán ustedes cómo podría alguien experimentar miedo en lugares tan bonitos, mecidos por la brisa y rodeados de pajaritos cantores… Es que falta hacer algo importante con nuestra imaginación en este momento: apagar la luz y dejar que nuestro paisaje se sumerja en la noche.
           
Noche cerrada. La silueta de la cordillera se fue desdibujando con el atardecer, los cerros desaparecieron, los valles fueron perdiendo su color verde y ahora, en esta historia que te vamos a contar, vos sos el protagonista y  estás parado ante la nada porque está todo negro, y si te ponés la mano delante de la cara no la podés ver. Para peor es 24 de agosto, día de San Bartolomé, y como sos de la ciudad resultaste ser un chambón al elegir esa fecha para tu viaje, aunque sea imaginario, porque todo el mundo por los pagos del noroeste sabe que esta noche mejor estar arropado en casa, bien envuelto en el poncho.
           
El día de San Bartolomé es el único día del año que tiene Satanás libre de la vigilancia de los ángeles, y como encima es Satanás, por supuesto que lo aprovecha. El vientito que sentís ahora, parado ante la oscuridad total intentando ver sin éxito tu mano extendida ante tu cara es, probablemente, el aire purísimo del lugar, que se estremece del miedo que le da Mandinga vagando por la tierra en el silencio de la noche, buscando almas para llevarse. ¿No te da escalofríos pensar en eso? No te preocupes, nuestra historia aún ni comienza: seguís parado ahí haciéndote el que no creés en supersticiones y sacás, seguramente, el celular para mirar la hora… No se prende… quizás te quedaste sin batería… o pasa otra cosa.
            
 Allá a lo lejos, mortecina al principio, divisás una lucecita que lenta, lentamente, viene. Sí, digo “viene” y no “va”, porque se dirige directamente hacia donde estás vos. Pensás muchas explicaciones razonables: alguien notó tu ausencia y te viene a buscar; una bici o una moto (o un jinete a caballo, mejor), andan paseando en la oscuridad y el silencio porque la noche estaba fresca y linda para salir. Imposible. Ahora sí temblás un poco, y no por el viento, porque la lucecita no parece algo normal y se aproxima, un poco verde, un poco violácea, un poco neblina. Se desliza zigzagueante, como serpiente, por momentos despaciosa y de repente veloz, siempre hacia tu lugar, hacia donde estás. Escuchás los gemidos de los gatos salvajes que viste por la tarde, te rodean los rumores de los zorros del monte, los guanacos, alpacas y llamas que adivinás porque no podés ver nada, aterrado ante la posibilidad de que algún animal te ataque o, siquiera, te toque. “Viene la luz mala, el farol de Mandinga, a buscar mi alma”, balbuceás, y el sonido de tu propia voz ahí en la nada te aterroriza. Decidís escapar. ¿Hacia dónde? Los gatos salvajes (porque no pueden ser otra cosa) parecen bebés llorando, gritan en forma sobrehumana formando un coro horrendo mientras la luz ahora se dirige directamente hacia donde estás, te alcanza, ilumina de verde tus pies (los ves como dentro de un sueño, en plena pesadilla, las zapatillas se convirtieron en gastadas botas, son los pies de otro que no sos vos, unos pies antiguos, de algún hombre que atrapó el Diablo en otros tiempos)…

          
  Al rato te encuentran tus amigos, que te buscaban desesperados desde hacía horas. Mientras tomás café caliente y el médico te dice que tuviste un desmayo por el cambio de altura y que tuviste mucha suerte, llega un grupo de personas a buscar al médico que te está atendiendo, y de casualidad, escuchás la historia de la Luz Mala de boca de un habitante del lugar. Cuenta la historia que la luz aparece donde hay enterrados tesoros, porque es el alma de quien los guardó, que vigila que nadie se los arrebate. El hombre está diciendo que vio la luz esa misma noche, y que encontró el lugar. Viene a buscar al doctor porque fue a cavar con su hijo, para buscar el tesoro, pero cuando clavó la pala en el sitio salió una especie de gas y se le metió adentro al chico, que desde ese momento no para de toser y escupir pedazos de cosas verdes, y de puro desesperados ya no saben qué hacer. Ves cómo traen entre cinco personas al chico, ves al doctor asistirlo, ves que se revuelve sobre una mesa, como si estuviera endemoniado. Como buen habitante de ciudad pensás “Epilepsia”, pero la serenidad se te va al diablo cuando te das cuenta de que los pies del chico son los pies antiguos que viste en plena soledad de gatos gritando en la noche cerrada iluminados de verde. En ese momento, una señora muy viejita se abre paso entre el desastre de familiares del chico que lloran de desesperación, con un facón en la mano. Tus amigos y vos se asustan más, si es posible; los demás no. Todos saben por allá que si te enfrentaste con el espíritu de un difunto (y uno de esos es la Luz Mala), lo que hay que hacer es rezar una oración y morder la vaina de un puñal de plata. Contemplás al chico con el cuchillo en la boca, ya quieto. Tus amigos se ríen durante años de lo que hiciste después: te subiste a la mesa donde lo habían recostado al pobre, le sacaste el cuchillo lleno de espumarajos de la boca y te pusiste a morderlo tan fuerte que se te rompió un diente. 

domingo, 12 de junio de 2016

Vagones rosas para las princesas lavaplatos #Niunamenos




Resulta interesante leer en los diarios noticias como la del manual de Fiat, quitado de circulación ante las acusaciones de misoginia, o las declaraciones del señor Donnet, miembro del Tribunal Superior de Justicia de Chubut, acerca de que las mujeres "tienen muchas responsabilidades en la casa" como para ir a trabajar en el poder judicial. Pero lo que resulta más interesante aún es que Fiat no se haya dado cuenta de que estaba publicando una sarta de observaciones machistas hasta que desde las redes sociales se lo hicieron notar, o que este señor Donnet crea que sus declaraciones son inofensivas y naturales en pleno siglo XXI, después de cambios de paradigma extraordinarios y la segunda marcha por Ni una menos.

Resulta penoso leer en los diarios acerca de la posibilidad de un "vagón rosa" en el subte para que las mujeres puedan viajar sin ser manoseadas por los hombres, dando por sentado que es natural que los hombres manoseen a las mujeres y que es algo que no se puede evitar de otra manera.

Llueven mensajes ofensivos, desagradables, violentos y, a veces, desgarradores. Parece que no se dan cuenta, parece que no nos damos cuenta. Necesitamos que alguien escriba y señale lo que es obvio, lo subraye con fosforescente y nos haga sentir cuán idiotas somos a cada rato. "Los hombres ya piensan dos veces antes de soltar un piropo", titula un diario. Denevi, en una de mis novelas favoritas, expresa burlonamente y mejor que nadie lo que se siente al pasar ante un conjunto de hombres reunido en una esquina de Buenos Aires en 196... Cito de memoria las palabras de Leonides Arrufat: "Hay que ser mujer y atravesar ese campo minado para saber lo que es el ludibrio y el vejamen del sexo". La querida Leonides no exagera: las groserías y exhibiciones obscenas a las que son sometidas las mujeres en la vía pública comienzan, según estadísticas, desde la temprana edad de 9 años. 

Las publicidades continúan repitiendo el estereotipo de los príncipes que deben ser "atendidos" por las princesas arregladitas y delgadas. Las peores son las de detergentes y productos de limpieza. La bella durmiente que se levanta a limpiar los pisos porque el príncipe está llegando, para luego acostarse y fingir que está dormida (nótese qué natural parece que las mujeres que son buenas esposas y esperan a su marido con la casa limpia, finjan en la cama). Otro príncipe elige a la princesa que lavó más platos y tiene las manos suaves. Un niño (un varón, por supuesto) decidió "dedicar su vida" a buscar la fórmula de productos de limpieza que permitieran que las madres pasaran tiempo con sus hijos... con todo lo tremendo que encierra este mensaje para las mujeres, incapaces de encontrar la fórmula y malas madres por dedicar todo el tiempo a fregar grasa quemada. Seguramente un hombre inventó la canción pegadiza de otra propaganda espantosa, que repite el estribillo "será porque te vino"... Sin palabras. El humor que no es humor, el chiste ofensivo y los dibujitos que venden productos y objetos para que las mujeres sean bellas, delgadas, jóvenes, eficaces limpiadoras y atendedoras de hijos y maridos, brota de pantallas y revistas femeninas y hace natural lo que desde el discurso se pretende cambiar.

 El programa "más visto de la televisión argentina" sigue ofreciendo las imágenes en HD del cuerpo femenino casi desnudo, estático o en movimiento, como marco de cualquier cosa que suceda. Las "secretarias" continúan paseándose por los estudios de televisión cubiertas de prendas diminutas, las "participantes" permiten ser cubiertas de barro y que un hombre las rasquetee para encontrar letras escritas sobre su piel, a pesar de que les duele, con la excusa de que "es un juego".

No va a cambiar  nada si los medios continúan repitiendo estructuras que atrasan siglos para ganar dinero o poder. Consideramos "normal" lo que estamos viendo, lo que estamos leyendo, y hasta le ponemos "me gusta" sin pensar demasiado y lo repetimos en la escuela, en nuestros hogares, con nuestros hijos e hijas. Las redes sociales no son ajenas a estos estereotipos; circulan textos sobre "las mujeres de cuarenta" o cartas abiertas de dudoso origen como "lo que Brad Pitt escribió sobre su mujer " que cosechan infinidad de "likes" entre las féminas a pesar de repetir hasta el hartazgo que los hombres son seres superiores que no desean ser molestados mientras miran partidos de fútbol y deben ser atendidos por mujeres que necesariamente tienen que ser bellas, heterosexuales, esposas, buenas madres y hacendosas.

El paradigma está esbozado: sabemos que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres, que deben percibir el mismo salario por el mismo trabajo, que no son "criaturas emocionales" ni tienen un cerebro inferior compuesto de diferentes materiales. Sabemos que muchas veces las mujeres son víctimas de violencia por el mero hecho de ser mujeres, sabemos que eso puede acarrearles la muerte. Existe hasta una nueva figura legal en este paradigma teórico: el femicidio. En estos días se cumplen tres años de la muerte de Ángeles Rawson, una víctima entre miles de víctimas que cobró relevancia mediática y cuyo nombre nos recuerda el dolor que encierra la palabra "femicidio" cuando se concreta en la práctica.

¿Qué debemos hacer para que dejen de pasar todas estas cosas? ¿Podremos, como sociedad, lograr que lo que tenemos tan claro en la teoría se refleje en la práctica? ¿Llegaremos los de mi generación a ver una Argentina donde sea imposible que en un manual de uso de un auto se indique la necesidad de bellas piernas para la copiloto? ¿Donde un "vagón rosa" sea un absurdo y el hombre que manosee a una mujer en el transporte público sea visto como el degenerado que es?¿Donde las mujeres dejen de ser consideradas cuerpos, objetos que poseer y desechar? ¿Donde el asesinato de una mujer sea algo extinto, perteneciente a épocas de barbarie donde existían hombres embrutecidos que creían que amar a alguien era ejercer violencia?

Seguramente me olvido de muchísimas cosas importantes al escribir este texto, porque lo hago en un rato, desde el sentido común y no desde campo científico alguno. Lo escribo como mujer que hojea revistas femeninas y siente que la menosprecian, como mujer que siente con pena cómo muchas de sus alumnas adolescentes son víctimas de todo tipo de violencia en las calles y sus casas, como televidente que se indigna ante publicidades machistas, como lectora que siente oprimido el corazón ante la foto de cada chica asesinada que sonríe desde los diarios. Escribo porque me gusta imaginar una realidad donde ser mujer no sea ser víctima de absolutamente nada. Pido disculpas por los olvidos y espero que los lectores encuentren en el espacio de los comentarios la forma de subsanarlos.

Ángeles Rawson y su mamá. Foto tomada de "La Nación"





domingo, 15 de mayo de 2016

Cómo ser un pequeño saltamontes



Esto es más o menos lo que le digo a esos chicos de mis clases que contestan a la pregunta "¿Qué vas a ser cuando seas grande?" con: "Médico", "Arquitecto" o "Neurocirujana" con los auriculares puestos y la carpeta hecha un bollo, mientras piden a los gritos que alguien les preste una lapicera:

"Querido alumno, venir a la escuela no es sólo "venir" de vez en cuando a discutir conmigo si tuviste ganas de ponerte ojotas o andar con toda la panza afuera desafiando las reglas del Consejo de Convivencia por millonésima vez. Venir a la escuela tiene que ver con hacer realidad tus sueños futuros. Dale, reíte. Recién me contestaste que querías ser médico (o arquitecto, o neurocirujana, o lo que sea que hayan contestado). Bueno, vos venís a la escuela para prepararte para cumplir tu sueño".

Y al llegar ahí uso un discursito que durante décadas me resultó infalible:

Supongamos que en lugar de "médico", vos decís que querés ser luchador del UFC. Campeón. El mejor. Bueno, para lograr eso deberías entrenar mucho, ¿no es cierto? Deberías aprender varias artes marciales primero. Supongamos que comenzás hoy, que ésta es tu primera clase de, digamos, kung fu. ¿Podrías venir vestido como vos querés? No, por supuesto, hay reglas para eso. ¿Podrías estar con auriculares en tu cuello o en tus orejas? Tampoco. ¿Podrías estar tirado en el piso con el celular wasapeando con tu novia o novio? Menos. ¿Podrías interrumpir a cada rato porque tenés ganas o echarte a dormir en el medio del salón?  El profesor te diría que no estás participando de la clase o te llamaría la atención. Tu conducta significaría una pérdida de tiempo para todos, una molestia. Ni siquiera hace falta decir que no aprenderías absolutamente nada de kung fu. 

Supongamos que insólitamente el profesor no te dijera nada y te dejara hacer lo que querés. Y pasara un año, y vos continuaras en la clase de kung fu escuchando música y con la wasapeada y las ojotas, "jodiendo con los pibes" y paveando en lugar en entrenar y aprender ...¿qué te parecería si el profesor, en diciembre, te entregara en una ceremonia el cinturón negro y te dijera que estás preparado para un torneo?"

El otro día una chica me contestó que el profesor sería un corrupto reverendo hijo de puta si hiciera eso.
Cuando los pequeños saltamontes dicen cosas así, soy yo la que se queda pensando.


Este texto fue publicado en Infobae: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2016/05/19/como-ser-un-pequeno-saltamontes/

sábado, 23 de abril de 2016

Los adolescentes, entre el centeno y sin guardián



A veces me toca presenciar el cambio de conducta, pero lo que más me impresiona es el cambio en el rostro.
Caritas que aplaudieron entusiastas el final de alguna lectura, que bajaron ojos emocionados al recibir elogios, se vuelven grises. La mirada pierde el aura que le da la inocencia, se vuelve turbia. Y el chico, luego de pasar más o menos años "portándose mal" dentro del aula, corta la conexión con la escuela porque ahora siente vergüenza.
El abandono no es abrupto, pero tarde o temprano sucede.
Lamentablemente, la escuela gimotea aliviada ante otro problema espantoso que fue incapaz de resolver.
¿Qué se hace dentro de un espacio cerrado con 20, 25, 30, 35 o más adolescentes que provienen de diversas realidades? Chicos que saben (o no saben) distintas "cosas escolares", que se niegan a quitarse los auriculares y a abandonar sus celulares (un ratito, es porque estoy explicando algo importante y quiero que entiendas, por favor), chicos que se duermen cerrando los ojos más o menos porque se quedaron toda la noche navegando en internet, buceando, buscando y buscando en el único campo que creen despejado y que en realidad está plagado de peligros y es el campo de centeno, pero sin guardián.
Cuando la escuela respira impotente me agobian las preguntas y me pierdo yo también.
¿Qué hace un adulto ahí encerrado, rodeado de adolescentes que no quieren estar ahí, que se sienten mal por cualquier tipo de razón, que están enojados por cualquier otro tipo de razón, que se comportan en forma extraña porque quizás consumieron alguna sustancia prohibida, que se aburren soberanamente, que no le ven sentido alguno a estar ahí pero tampoco al estar en algún otro lugar en ese exacto momento?
Esta semana me la pasé escuchando dentro de mis aulas que los jóvenes muertos en la fiesta electrónica eran unos chetos que se habían drogado mal y que debían joderse (aunque "pobres, las familias"). Ninguno de mis alumnos se considera "cheto", así que ignoro qué habrán razonado en aquellas otras aulas que jamás pisé donde los adolescentes experimentan realidades "chetas" que ignoro. Mis alumnos son pobres. Muchos trabajan desde su infancia. Saben lo que es el hambre, lo que duelen los golpes, la discriminación y la indiferencia, que no se confunda el lector ante el detalle de los auriculares y el celular. Muchos conocen el mundo de la noche adulta desde mucho antes de ser adultos. Saben de alcohol, cigarrillos, marihuana, paco. Algunos son padres y madres a pesar de que no han dejado de ser casi niños. "Drogarse bien", decían. Me hicieron enojar, pero reaccioné; la pregunta dejó de ser retórica, patética y existencial para volverse significativa: "¿Qué hace un adulto dentro del aula?"... Educa. Habla con los adolescentes, se comunica con ellos, los escucha, les contesta, los ayuda a encontrar el camino personal para desenmarañar el hilo del razonamiento propio y el pensamiento crítico, que está vagando por entre el centeno en soledad.
Intenta que permanezcan, que no se pierdan.
Los fracasos son estadísticamente mayores a los éxitos: la cantidad de alumnos que egresan de la escuela secundaria y sus desempeños académicos lo demuestran. Si un alumno aprobó todas sus materias y egresó luego de por lo menos doce años de educación formal sin comprender lo que lee... algo muy grave está pasando y tiene que ver con que existe una contradicción entre la ponderación de los contenidos mínimos obligatorios que el alumno ha alcanzado cada año y la forma en que se lo evaluó y promocionó.
El de las drogas es un problema más que se suma al "clima inapropiado dentro del aula" y la vuelve un lugar inhóspito y complicado, pero me parece más fácil resolver por parte de las autoridades este tema que la enorme desidia en la que se han envuelto los chicos desde que el mundo de los adultos ha decidido abandonar sus tareas de guardián y los ha dejado solos.
En las escuelas necesitamos ayuda urgentemente. Las preguntas se vuelven retóricas y los docentes a veces nos agotamos en ellas, de puro cansancio por desgañitarnos en soledad gesticulando como locos ante molinos de viento.


Este texto fue publicado en: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2016/05/06/los-adolescentes-entre-el-centeno-y-sin-guardian/

martes, 8 de marzo de 2016

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Un aula sumergida en concentración absoluta. Alguien explica algo usando skype y los alumnos ignoran su presencia física, pero no la virtual

viernes, 1 de enero de 2016

Estafa educativa

Este texto fue publicado en: http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/11/07/estafa-educativa/

31. Estafa educativa

Fantasía en un acto

La isla del Alumno Autodidacta. Foto tomada por mí. 

En escena, una enorme entrada de edificio. Puertas cerradas, una puerta de ascensor. Un sillón. Una planta ornamental, de plástico. 
Un hombre se acerca a la puerta con timidez. Su preocupación es grande y se le va hacia las piernas, hacia los brazos. Una vez dentro del edificio no sabe qué hacer. No hay nadie; ningún cartel. Al rato baja de un ascensor un señor de lentes descomunales, que se queda mirándolo unos minutos. Se acerca al desconocido, que experimenta un alivio tal que parece a punto de llorar.
_ ¿Usted es…?
_ Soy el padre de Juan Pérez. El director me espera.
El señor de lentes parece sorprendido. Hace un gesto al padre de Pérez para que tome asiento en el sillón y se sienta a su lado.
_ Así que el padre de Pérez…
_ Sí.
_ Egresó hace ya cuatro meses, Juan Pérez. Acá no está.
_ Ya sé. Está en el continente, en mi casa. Viajé personalmente porque quiero entender qué pasó con mi hijo antes de presentar mi denuncia formal.
El de lentes permanece imperturbable. El padre de Juan Pérez, algo desconcertado ante la falta de reacción ante sus palabras, prosigue:
_ Juancito llegó y no supimos qué hacer. Mi señora y yo estamos desesperados. No sabemos quién es ese jovencito, realmente. Imagínese que hasta le hicimos un ADN para ver si era nuestro hijo, de lo cambiado que nos lo devolvieron. Esta institución…
_ Sí, ya sé, la Isla. Bueno, se suponía que el chico iba a poder ingresar a la universidad, que iba a tener intereses definidos, que iba a poder conseguir un trabajo estable y decente… El nene se niega a ponerse un traje para trabajar en mi empresa, se niega a salir de la casa, no quiere hacer nada que no sea estar en su habitación encerrado con su computadora y ni siquiera me mira a los ojos cuando le hablo…
_ Dijo que tiene una empresa…
_ Sí, soy empresario gastronómico.
_ ¿Y por qué mandó al chico a educarse a la Isla, entonces?
El padre de Juan Pérez parece desconcertado. El de lentes aprovecha su silencio y continúa:
_ Usted firmó un contrato con la Isla del Alumno Autodidacta para que se hiciera cargo de su hijo, ¿no es verdad? Bueno, aquí estuvo Juan Pérez viviendo durante los 16 años que duró su autoeducación formal, y jamás tuvimos ningún problema con él. Los problemas que usted enumera tienen que ver con la letra chica del contrato, que evidentemente no leyó.
_ ¿Letra chica? ¿Usted dice que el chico pasó acá 16 años y no sabe buscar trabajo en los clasificados del diario, las tablas de multiplicar, quién descubrió América y es MI CULPA por no leer una letrita en un contrato? ¿Ahora resulta que soy yo el estafador y no ustedes con su bendita Isla?
_ Exactamente. La Isla del Alumno Autodidacta se ocupa de la educación formal. Usted se comprometió a mantener un contacto virtual de … por lo menos tres veces semanales con su hijo para conversar con él sobre sus intereses, transmitirle valores, mostrarle afecto, interés y cariño. Si el chico resultó un huraño inseguro de sí mismo e inadaptado social es exclusivamente su culpa. Imagínese enseñarle el teorema de Tales a una persona así… imposible.
_ ¿Pero qué está diciendo?
_ Y lo que es peor: usted es un pésimo padre. Está descalificando a su hijo, hablando mal de él. Que no sepa las tablas de multiplicar no significa nada: él es un nativo digital y puede buscarlas en su celular en dos segundos si las necesita. Existen las calculadoras, ¿sabe? Cada jovencito tiene sus tiempos y aquí en la Isla la heterogeneidad de nuestros alumnos, sus intereses y particularidades, son lo más importante… Lo que pasa con el chico es SU CULPA. Nosotros no hacemos magia, sólo guiamos en la autoeducación…
_ Pero el chico no sabe ni hacer un huevo frito, y si le quiero enseñar me contesta cosas irreproducibles y se va a seguir durmiendo, que es lo único que parece gustarle hacer…
_ ¿Ve? Ya me voy acordando de Juancito… Usted va descubriendo lo que le gusta hacer. No se apresure, señor, ya van a ir conociéndose. ¿Hay necesidad de que el chico trabaje? Si a usted le va bien, se le ve en la ropa que lleva… ¿Demandar a la Isla? Pero hombre, relájese. No tiene por qué sentirse culpable, nadie nace sabiendo ser padre. La próxima vez que firme un contrato, lea la letra chica. La Isla podría demandarlo a usted si esto sale a la luz: nos dejó un chico durante 16 años, aquí, abandonado. ¿Qué es lo que ha hecho? ¿Ser un padre horrible es peor que no saber quién fue Colón? Hombre, pare un poquito con esta situación, reflexione, vaya a su casa… Hágase cargo: sea padre. Y si tiene otro hijo: no lo abandone en una Isla, edúquelo mejor. Podríamos demandarlo nosotros… por estafa educativa.
Confundido, el señor Pérez se pone de pie. Le da la mano al hombre  y se marcha apresuradamente. El de lentes se dirige hacia un cuartito que se ve al fondo y sale vestido con un mameluco, empuñando un escobillón enorme. Se pone a barrer. Se abre una puerta y aparece un hombre enorme, imponente, muy bien vestido.
_ ¿Con quién hablaba, Efraín?
_ Con un pobre hombre que andaba perdido, señor director… se fue rápido para no perder el avión de las seis.
_ Ah. Estaba esperando a un padre, pero ya no creo que venga. Una vez que iba a venir uno…
_Iba a ser un momento histórico, señor.
_ No sea impertinente, Efraín. Deje esto impecable, por favor. Hasta mañana.
 Fin

Mentiras piadosas

Este texto fue publicado en: http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/10/31/mentiras-piadosas/


30. Mentiras piadosas

Albert Anker

Cuando nació Catita, su familia no supo qué pensar. Decidieron esperar un tiempo, para asegurarse de que la criatura era realmente así… darle un changüí. Pero no pasó nada, la chica fue creciendo y cada vez fue más evidente que no se parecía en nada a sus parientes.
_ Los niños son crueles- dijo el abuelo.
_ Debemos protegerla- dijo la mamá.
Decidieron esconder a Catita de la sociedad, para evitar daños. Elaboraron un catálogo entero de mentiras piadosas. En la casa no había espejos ni superficies que reflejaran.
“La gente que no tiene nariz, Catita, es hermosa”, le decían a diario. “Catita: las manos bellas no tienen cinco dedos necesariamente”, “La gente es linda cuando sus piernitas no son del mismo largo”… “Es agradable no tener ni un pelito en la cabeza”, “Nada como las sonrisas sin labios para ser bello”, “Ese hundimiento del pecho es una cosa digna de admirar”.
_ Ojo. Que nadie la vea y que no vea a nadie. Se va a dar cuenta al instante y ahí nos quiero ver. Ni pensar si se junta con otros chicos, hay que alejarla de las escuelas. Los niños son crueles.- repetía el abuelo en secreto.
_ Nosotros la amamos y ella nos ama.
_ Es cierto que le mentimos, pero es por su bien.
La farsa se terminó el día que la abuela se cayó por las escaleras y se rompió la prótesis de la cadera. Hubo que abrir el portón  para que la ambulancia ingresara, y con ella, la vida real. No hubo caso: no sólo los chicos eran crueles. Ante el llamado (y los movimientos inusuales), ante la apertura de la puerta siempre cerrada, la gente del barrio se acercó a espiar.
_ ¡Hay una nena encerrada en esa casa!- aseguró una vecina a quien quiso escucharla.
Diez días después del accidente, la asistente social tocó el timbre y comenzó el caminito que llevó a Catita hasta 4to grado de la primaria del barrio, a su primer guardapolvo y a ser incomprendida por el resto de su vida.
_ Acordate de que la verdadera belleza, es la interior_ le había dicho su mamá, abrazándola fuertemente a pesar de su falta de brazos.
La nena salió, conoció a su maestra, a sus compañeros, se miró en las vidrieras del camino, en el espejo del baño de la escuela, en las cucharas del comedor, en el papel del alfajor que le regaló su nueva compañera de banco y descubrió la verdad. Antes de que terminara la jornada, según su maestra, dijo que no quería regresar a la casa. Muchos años después, la mujer confesó que había mentido al asegurar que la chica había pedido eso. “Hablaba de una forma muy particular, como si recitara poesías. Usaba las palabras cargándolas con significados novedosos, hecho que producía en el oyente un extrañamiento.” La niña había usado el término “Monstruos”, con todas las letras, el día de su salida, de eso estaba segura.”Por piedad”, había iniciado el trámite en el juzgado inmediatamente, y se había llevado a Catita a vivir con ella. “Ustedes hubieran hecho lo mismo que yo”, confesaba públicamente. “Sé que mentí, pero fue una mentira piadosa: no podía ni pensar que una nena tan bonita viviera entre gente así”.
La maestra y el abuelo confirmaron con la presunta actitud de la niña que los chicos son crueles por naturaleza, tal como lo sospechaban acientíficamente. Se puso en marcha un mecanismo que no contempla la existencia de la piedad relacionada con la mentira. Lo cierto fue que a Catita, al principio, lo monstruoso le pareció la tergiversación del término belleza. A continuación, lo monstruoso fue, para ella, la incomunicación. Era como si fuese de otro planeta, pero no del todo. Para ella, “monstruos” significaba “mentirosos”. “Lindo”, significaba “asimétrico”. “Belleza”, significaba “deformidad”. Gracias a las “mentiras piadosas” de su familia, para ella las palabras significaban cosas diferentes, y eso le dificultó para siempre la comunicación con el resto de la humanidad. Gracias a la “mentira piadosa” de su maestra, la niña fue a vivir con una familia sustituta y su familia verdadera quedó desolada. No hubo manera de subsanar los errores de Catita en cuanto al significado de las palabras; la nena, desanimada, terminaba señalando con el dedo lo que necesitaba, o haciendo dibujos. Se cansó de pedir que la llevaran a su casa: le decían que sí, que pronto llovería, o cualquier cosa sin sentido porque no la entendían.
Con los años, Catita dejó de parecerle a la gente tan bonita. El mundo se desinteresó de esa chica extraña que hablaba en acertijos y garabatos y se quedó absolutamente sola. De vez en cuando, por piedad, alguien fingía interesarse en ella y le decía alguna mentira. Ella huía, y la gente interpretaba que lo hacía porque era cruel.
No tuvo hijos. “Por las dudas”, aclaraba. Los que conocían su historia pensaban que tenía miedo de que el niño heredara las malformaciones familiares y fuese un monstruo. Sólo ella, bien en el fondo, sabía la verdad. Nunca pudo expresarla con palabras.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

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Este relato fue publicado en: http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/10/24/404/

29. @

Ivo Pannaggi "Tren en movimiento"


_ Me enteré así, no te digo… Fue porque estaba arrobada.
Escuchó la frase, nítida, cercana. No acostumbraba estar despierta durante el día y la luz del vagón hirió sus ojos. Notó que la pierna rebosaba, hinchada: una masa dolorosa. Irradiaba un calor malsano. Imaginó un puntito en su cráneo. Convirtió el puntito en agujero, en vía de escape para que lo caliente saliera y no le abrasara el cerebro.
Viajaba, adormecida por el vaivén y el ruido del tren, envuelta en su olor a ciruja. No solía escuchar conversaciones ajenas, perdida en el abismo de su interior hirviente y putrefacto como su pierna. Buceaba en recuerdos nadando en mares de angustia, una jalea espesa y helada que la volvía un monstruoso oxímoron viviente de frío y calor. Sobrevivía, a su manera.
_ Estaba arrobada, fue una casualidad.
Dos chicas se levantaron y se alejaron, sin notar su presencia. La frase fuera de contexto la había arrancado de su sopor; esperó que sus ojos se acostumbrasen a la luz y miró por la ventanilla. Qué cambiado estaba todo, cuánta miseria. Casillas junto a las vías, nenes descalzos arrojando piedritas a los rieles. Un chiquilín la miraba fijamente parado junto a una mujer de cara cansada.
Arrobada. Recordó la sensación de ver a su esposo por primera vez, sentado junto a una ventana, en la escuela secundaria.  Lo había visto miles de veces, pero ese día descubrió que era hermoso, notó el pliegue que se le hacía en la comisura de los labios, el color perfecto de su piel.
Se había cambiado de banco; había mudado hacia él sus intereses, el foco, el sentido de la vida. Se había inundado de amor, había permitido que el haz multicolor que significó amarlo tanto la atravesara.
Arrobada. Inspiró profundamente el aire de la mañana. Flores. Se vio caminando junto a él, feliz, entre las plantas. Caballito. Ahí estaba, con los zapatos nuevos, besándolo. Once. La angustia continuaba derramándose junto al calor por el agujerito imaginario: un chorro de hielo hirviendo. Se orinó encima, sobre orines antiguos, desbordada de pena. Lloró suavecito, recordando la tibieza de las sábanas, la suavidad de su pelo cuando se puso blanco.
Otra gente subió al tren, despacio primero, luego en ráfagas violentas. Permaneció inmóvil en el caos, inmutable entre el movimiento, el insulto, la corrida. Protegida por su hedor indescriptible, nadie dejó de notarla, pero ninguno se le acercó. Cuando el vagón se puso en movimiento, le pareció verse a sí misma entre la multitud, bellísima, arrobada y arrebolada, caminando hacia el arrabal. Agradeció ese instante a Dios antes de volver a hundirse en su interior espeso.
Años después, el chiquilín hecho adolescente escribió un poema horrendo, acerca de una mujer mendiga. Finalizaba con el siguiente verso:
“Ella buscaba curar su depresión cubriéndose con palabras”
Cuánta razón.

Tragedia pavota

Este relato fue publicado en: http://blogs.infobae.com/proyecto-lector/2014/10/17/tragedia-pavota/

28. Tragedia pavota


Umberto Boccioni "La risata"

En Salinas se conocen todos, la gente se aburre fácilmente y suele perder repentinamente el interés por las cosas. Uno de los entretenimientos más comunes consiste en criticar a los demás. Otro, no menos popular, es hacer apuestas. La “tragedia pavota”, por ejemplo, es un caso que ilustra a la perfección esas características del pueblo. Aquí va la historia:
Se llama Lidia, pero desde chiquita le dicen “la hija de la Pavota”. Todos saben que ella pronuncia esa frase cuando se siente menoscabada, ofendida, enojada o humillada. A la gente le parecía tan gracioso, que  la pobre mujer la pasaba mal bastante seguido, hecho que atribuía a su mala suerte. Por ejemplo, si había llovido la noche anterior, el chofer del colectivo que tomaba diariamente se arrimaba los metros necesarios para que no puediese subir sin mojarse los inmaculados zapatos, hecho que la obligaba a molestarse y decir algo parecido a esto: “¡Qué se piensa, hombre! ¿Que soy la hija de la Pavota?”. Colectivero y pasajeros reían ante las esperadas palabras. Ni siquiera tenían la delicadeza de aguardar a que Lidia descendiera de la unidad para repartirse el dinero de las apuestas: además de previsible en sus frases, todos sabían que la mujer no se daba cuenta de nada. Era como si viviera en otra dimensión: los habitantes de Salinas podían tirarse al piso agarrándose la panza de tanto reír, en su cara, sin que ella diera señales de percibir la causa. Su distracción era tan legendaria como sus frases. Por supuesto, el relato lo hago en pasado porque después de que sucedieron los hechos que voy a narrar, a pesar de que seguramente continúa siendo distraída y diciendo la palabra “Pavota” de vez en cuando, Lidia ya no vive en Salinas.
Ingresaba puntualmente a las 8:30 a su trabajo. Saludaba a la recepcionista con un beso, a la señora que limpiaba con un gesto cortés, a su compañera con una sonrisa forzada y a Mario, que estaba en la oficina contigua, con una mirada cargada de pasión que le dejaba la cara congestionada por el esfuerzo durante unos veinte minutos. Enseguida se ponía a trabajar: sellaba papeles, controlaba que estuvieran firmados y procedía a escanearlos. En eso consistía su trabajo: sello, vistazo y escáner durante ocho horas seguidas.  Según Lidia, empleada administrativa. Según los demás: la hija de la Pavota, motivo de algarabía y dinero, desafío diario para los bromistas.
Algunos ejemplos: entraba uno. “Te traje un café”. Estaba hirviendo: Lidia, quemada. “¿Pero querido, qué te pensás, que nací ayer? ¡Esto está que pela chanchos!”. Algazara general; la frase sobrevolaba los dos pisos del edificio y las oficinas. “¿De verdad dijo “pela chanchos”? ¡No vale! ¡Siempre gana la recepcionista, que la conoce mejor!”, repicaba entre los cubículos. Hasta que se gastaban la gracia y el dinero, y había que provocar una nueva reacción.
Le desenchufaban el escáner. Tras 48 minutos de desesperación y de oprimir el botón de power setecientas veces, comenzaba a hablar sola: “¡Ya vas a ver, guacho podrido, ya vas a ver!”, “¿No querés andar, retobao? Retobate, pavote, que la que ríe último, ríe mejor!”. Nadie trabajaba, ninguno podía concentrarse; la ponían en el altavoz. El dinero en juego era cada vez una suma mayor. Finalmente se oía: “¡Pero si seré Pavota! ¡Está desenchufado este coso de mierda!”. No solía decir malas palabras: el pozo quedaba vacante. Las risas se escuchaban hasta la terraza, hasta la calle. Los vecinos, que esperaban el resultado en la vereda, se arrancaban los pelos de pura desesperación, entre risas histéricas: Salinas entero había perdido masivamente sus apuestas.
La semana anterior a la tragedia, un empleado nuevo, audaz, jovencito, pegó un post-it en el tapado de Lidia. Les guiñó un ojo a todos, compenetrado con su broma. Los empleados antiguos se horrorizaron con regocijo ante el atrevimiento del cadete. “Irrespetuoso”, “Maleducado”, encontraron eco por los pasillos y se desparramaron por la ventana. Esa tarde se hizo eterna hasta que finalmente, Lidia se marchó dejando tras de sí un cortejo de miradas burlonas, que habían esperado su paso para leer el cartel. Las risas se escucharon hasta en la iglesia: el sacerdote, líder respetadísimo en el pueblo, participaba en las inocentes apuestas. El policía de la cuadra me contó que quedó riéndose solo durante toda la noche y la mañana siguiente, al recordarlo. “Soy la Hija de la Pavota”, decía claramente el cartelito. Lidia no lo vio, no se enteró: el cadete juntó más dinero que nunca recaudando el botín. Así como lo pegó, despegó el post-it, impunemente. Lidia, como siempre, no escuchaba, no se daba cuenta. No sólo apostaban sobre qué diría, sino también sobre su estupidez.
El día que cambiaron las cosas, nadie pudo evitar lamentar no haber descubierto antes su otra peculiaridad. La broma esa mañana iba a ser espectacular: el jefe había modificado la cafetera para que hiciera un cortocircuito y Lidia se llevara un buen susto. Salió mal, como suele pasar con esas cosas: el corto se produjo antes de que Lidia llegara y comenzó un incendio. Todos estaban adentro, acechando, encerrados en la salita contigua a la cocina, reprimiendo grititos, aguardando el resultado de la broma. Hasta el cadete estaba: había salido una hora antes de su casa para no perderse los gritos que daría la mujer cuando el artefacto explotara entre sus manos. Su apuesta decía que Lidia exclamaría: “¡Si seré Pavota!”. La de Mario: “¿Pero este coso qué se piensa? ¿que soy la hija de la Pavota?”. Gente de pueblo, que creía divertirse sana e inocentemente. Gente pavota. Esa mañana, el que ganara las apuestas se haría dueño de una pequeña fortuna.
Cuando Lidia bajó del colectivo, el edificio estaba en llamas y se escuchaban los gritos desaforados, unificados, aunados, de sus compañeros de trabajo quemándose. En ese momento sucedió lo imprevisto: abrió una boca muy grande, desmesurada, y desde lo más profundo de sus entrañas, como si fuera un vómito ancestral, se le desgarró una carcajada nítida, aguda, siniestra, tan espeluznante que provocó un pequeño silencio en el caos. Mientras morían, adentro de la oficina más de uno pensó que era una pena no haberla escuchado reír antes: hubiera sido más fácil hacerle cosquillas, por ejemplo, que molestarla. Cuando los bomberos llegaron, hubo poco que hacer. Tuvieron que superar el estremecimiento: era un cuadro dantesco… centenares de personas se agolpaban para mirar a Lidia, parada entre las llamas, presa de una risa diabólica que no cesó hasta mucho después de que todo quedó reducido a cenizas, a silencio, a ruina.
La tragedia pavota dio que hablar durante pocos días. La gente se preguntó que pasó con Lidia cuando el tema se agotó, aburrida por la rutina diaria. Meses después, de casualidad, se enteraron de su partida a Buenos Aires, de su trabajo allá, en otra oficina. Hubo quien pensó en averiguar, en inventar algún plan para que la mujer regresara y continuar con las bromas y las apuestas. Afortunadamente, el sacerdote del pueblo advirtió públicamente que la mujer quizás estuviese poseída por un demonio que se reía; en fin, maldita. “Ah”, dijeron  todos al enterarse. El mismo respetado líder señaló que había notado que uno de los monaguillos tenía el poder de predecir el tiempo, porque llevaba con inusitado acierto un paraguas en ocasiones de lluvia inesperada. Se podía apostar con eso. A los diez minutos de escuchada esa frase, se olvidaron de Lidia para siempre.