PROYECTO PIBE LECTOR

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martes, 9 de septiembre de 2014

Qué hace feliz a un maestro (A los docentes, en su día)



Me han preguntado muchas veces por qué, si los docentes estamos en disconformidad con tantas cuestiones relativas a nuestro trabajo, no tiramos el guardapolvo y nos dedicamos a otra cosa. ¿Cómo es que si tu salario es bajo, si las condiciones edilicias y de higiene no son apropiadas, si tu obra social es insatisfactoria, si te ves en la situación cotidiana de cumplir con tareas que no tienen que ver con tu formación ni tus expectativas, seguís adentro de la escuela?

Son preguntas lógicas, desde la teoría. Los docentes somos personas que elegimos trabajar enseñando disciplinas que nos apasionan a chicos que no son nuestros hijos. La palabra "apasionan" no suena a nada sensato. Más aún cuando, en esta sociedad violenta y caótica por momentos, explicar un "para qué hacés tal cosa..." se vuelve ininteligible si no viene acompañado de "para ganar X dinero".

El 11 de septiembre es el Día del Maestro. Vos sos papá, mamá, hermano, abuelo, abuela, amigo. Seguramente tenés algún vínculo con un chico o chica que es alumno: estás invitado, naturalmente, a la ceremonia escolar que se llevará a cabo en su escuela para conmemorar el fallecimiento de Sarmiento. Te propongo descubrir en la práctica la respuesta a las preguntas planteadas en el primer párrafo: animate, aceptá la invitación y entrá en la escuela por un ratito.

(Podés entrar sintiéndote parte: pertenecés a la comunidad educativa. Podés entrar en calidad de espectador. Elegí vos).

Te cuento lo que va a pasar. Ingresarán las banderas, con sus abanderados y escoltas. Se entonarán las estrofas del Himno Nacional Argentino, y luego, las del Himno a Sarmiento. Se pronunciarán palabras, seguramente algún alumno o alumna leerá algo que escribió para la ocasión. Quizás un profesor de música tocará el piano o la guitarra y los chicos de algún curso cantarán. Se despedirá a las banderas y luego los chicos entregarán, a modo de souvenires, regalitos artesanales a los docentes presentes. Y habrá aplausos.

Vos preguntabas, papá, mamá, hermano, abuelo, amigo, por qué los docentes seguimos en la escuela a pesar de todo. Ahí, estimado interrogador, está ante tus ojos la respuesta, en el acto escolar sencillo que te estoy describiendo. Mirá bien: ¿Viste a la preceptora, corriendo presurosa para colocar la escarapela olvidada en la solapa de uno de los escoltas? Sus ojos brillaban de orgullo; el chico, emocionado, le agradeció con un gestito de afecto. ¿Oíste cómo cantaron los chicos? Salió todo muy bien. Mirá al director de la escuela, dirigiendo unos ojos emocionados al profesor de música, que está tan contento con el desempeño de sus alumnos que disimula unas lagrimitas haciéndose el que guarda en su estuche la guitarra. Unos minutos de canción que llevaron meses de ensayo. Contentos los chicos, su profesor, los presentes. Todos.

Los souvenires entregados fueron realizados con la profesora de plástica, que logró con esfuerzo conseguir gratis el material y está aplaudiendo allá, al fondo (también fue ella la que hizo la cartelera que está pegada en la puerta, que tanto admiraste al entrar). La profesora de Prácticas del Lenguaje (bueno, sí, tenés razón, la de Lengua), se deshace en sonrisas, souvenir en mano, escuchando la lectura de la alumna que produjo un texto bello y coherente, y que levanta la vista al terminar de leer, tímida y satisfecha, buscando su aprobación. La encuentra, cómo no la va a encontrar. Todos la aplauden fervorosamente, sonriendo, felices.

Estimado papá, abuelo, mamá, hermano, amigo: la docencia es una profesión que excede tus preguntas, aunque las formules desde el más descarnado sentido común. Se trabaja de docente porque se es docente, y porque cada logro de los alumnos (de tus hijos, de tus nietos, de tus sobrinos, de tus amigos), por pequeño e intrascendente que parezca desde afuera, para nosotros es un objetivo cumplido que nos hace felices en nuestro día y todos los días.

Preguntás de nuevo: ¿Y por qué, entonces, si estamos tan felices con nuestros pequeños logros, no nos dejamos de protestar de una buena vez?

Te contesto yo, sin descripciones idílicas ni imágenes inventadas. Protestamos porque hoy somos docentes en el "mientras tanto". Queremos mejorar la educación que reciben los chicos argentinos. Queremos mejorar las condiciones de trabajo de los docentes argentinos. Esperamos cambios, queremos ser herramientas activas de esos cambios. Uno de los más importantes es terminar con el quiebre de nuestra relación con vos: incorporar activamente a las familias a la comunidad educativa y educar conjuntamente a los chicos. Si viniste al Acto del Día del Maestro y lograste ver qué hace felices a los docentes, tu percepción va a significar para nosotros un objetivo cumplido. Porque para transformar esta realidad hay que comprender, en primer lugar, y luego actuar, participar y ayudar. Dejá de ser espectador y asumí tu rol dentro de la comunidad educativa: demos a nuestros chicos, juntos, una educación mejor. Este 11 de septiembre, acercate a la maestra de tus nenes para acompañarlos a desearle "Feliz día". Puede ser un buen inicio, ¿qué te parece?

Yo, en la Expo 2013, feliz, con los libritos resultantes del concurso de cuentos del CIC

esta nota fue publicada en http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/09/11/que-hace-feliz-a-un-docente/




jueves, 28 de agosto de 2014

Aprobar alumnos, medir aprendizajes.

Imagen tomada de Facebook


El tema de las calificaciones escolares irreales irrumpe en los medios a partir de un caso que se hizo público: en la Secundaria N°12 de Moreno un director firmó una nota en donde se solicita al personal docente de la escuela que pase por alto la situación de los alumnos que no están en condiciones de aprobar el segundo trimestre al evaluar "para no perjudicarlos". Es una noticia absurda, pero verdadera. Otra vez, desde los medios, queda al descubierto la necesidad de cambio que la escuela necesita y pide hace años.

La medición científica de los aprendizajes que se realizan en la escuela aún está estructurada en torno al sistema de calificaciones. Existen trimestres, notas, promedios, boletines. No han cambiado los horarios de ingreso a los establecimientos, las edades correspondientes a la división en años, la cantidad aproximada de materias consideradas como indispensables para la formación de la cultura general, el simple hecho de tener que estar sentado ante una mesa, poseer carpeta o usar lapicera para poder escribir lo que se copie en el pizarrón o se dicte, la existencia de los recreos; la escuela tal como la conocemos desde hace veinte, treinta o más años continúa allí, idéntica en muchos sentidos. La comunidad educativa entera funciona con sus reglamentos explícitos y con los ocultos (los no dichos en voz alta, pero no menos legítimos e importantes que los otros). Sin embargo, entre lo que es al parecer inalterable, muchas otras cosas sí han cambiado.

En primer lugar, a la escuela, en la actualidad, no sólo se va a aprender. Los alumnos van a comer, a jugar, a socializar con sus pares, a pasar el tiempo ahí adentro. La obligatoriedad de la escuela secundaria ha incluido a miles de jóvenes que no hubieran continuado ese trayecto, y ése ha sido un cambio muy positivo. Sin embargo, lo que debería haberse convertido en la oportunidad de profundizar las habilidades adquiridas muchas veces se va desvirtuando y a la hora de calificar se llega a situaciones como la mencionada al principio. Otra de las cosas que ha cambiado es la concepción que la sociedad tiene del saber, de lo que significa aprender, la premiación del esfuerzo personal, el esmero, la dedicación al estudio, la consideración del aprendizaje como medio para alcanzar la realización personal. Los modelos de éxito divulgados por los medios de comunicación poco tienen que ver con los que se proclama desde la escuela. Sentarse ante una mesa a comprender una consigna, escribir correctamente un texto, leer comprensivamente, realizar operaciones matemáticas, prestar atención durante mucho tiempo no tienen que ver con la satisfacción inmediata y superficial sino con una labor que demanda esfuerzo, atención y responsabilidad.

Hay que adaptar la escuela a la realidad. Es necesario e imperioso realizar cambios para solucionar problemas que cada vez se están haciendo más graves. No sólo se pierde tiempo a causa de los paros, del ausentismo docente, de los problemas de luz, gas o agua. Y el tiempo que se pierde es, justamente, el que debería haber sido utilizado para aprender lo que debe ser evaluado.

El cierre de los trimestres en las escuelas muchas veces encierra un dilema. Muchos alumnos se han esforzado, tienen sus carpetas completas, han venido puntualmente a clases, han cumplido su rol de alumnos. Es fácil calificarlos. A Fulanito y Menganito, que no se han desempeñado de la misma manera, se les da otra oportunidad: se llama a las familias, se dialoga con ellas para que ayuden a cambiar la consideración que tienen sus hijos de la importancia de aprender. ¿Cómo se califica el mero hecho de estar en la escuela, si no se ha aprendido porque no se ha estudiado? Se despliegan estrategias, se diseñan actividades especiales para ellos. ¿Y si continúan sin cumplir el rol de alumnos? ¿Deberían ser aprobados como si hubieran aprendido, como manera de incluirlos? ¿Le echamos la culpa al mundial de fútbol, a los paros? Quizás sería más provechoso cambiar la manera de considerar el tema y proponer un sistema de evaluación de lo que sucede adentro de la escuela que sea diferente, ya que éste no está dando resultado en esos casos.  

Esta nota fue publicada por Infobae: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/08/30/aprobar-alumnos-medir-aprendizajes/

viernes, 22 de agosto de 2014

Che, virgen, vení que te estreno

_ Mamá, ¿qué quiere decir "virgen"?
_ Que todavía no tuvo relaciones sexuales. ¿Por qué? ¿Dónde lo escuchaste?
_ En la escuela hay una chica que me pega patadas y me dice eso.
_ ¿Qué te dice?
_ "Che, virgen, vení que te estreno".
_ Ah...
_ ...
_ ¿Y es más grande, la chica?
_ No, de mi grado, de cuarto... tiene ocho años.
_ ...
_ ¿Y entonces no está bien que yo no tenga relaciones sexuales?
_ Estaría mal que tuvieras, si sos chiquito. Esa chica debe hablar sin saber qué quiere decir.
_ ¿Y por qué me dice "vení que te estreno"?
_ ...
_...
_ No sé, cuando seas grande te explico. Voy a tener que ir a hablar con la maestra.
_ La seño ya sabe. Cuando escuchó le dijo que ella ya estaba estrenada y clausurada por bromatología, pero eso lo entendimos menos.
_ Dios mío. Bueno, mi amor, andá a ver videos en tu compu y no te preocupes por esas cosas.
_ Bueno.

sábado, 9 de agosto de 2014

"Mi hijo sabe más que yo"

Imagen tomada de internet

Durante las últimas semanas, algunas noticias relacionadas con el comportamiento preadolescente y adolescente actual han sido tratadas por los medios de comunicación y repercutido en las redes sociales. Confusa, contradictoria e incoherentemente, se volvió a escuchar de trasfondo el novedoso: "Los chicos de ahora saben más que nosotros" que causa, en mi opinión, más estragos que beneficios y agrega otro obstáculo a los que ya enfrenta la educación formal.

Si uno, como  papá, declara ante su hijo que éste sabe más que él, está abandonando su rol de padre, primero, y de adulto, después. Los niños actuales pueden ser más hábiles que los adultos manejando ciertas tecnologías, por el simple hecho de haber nacido en la era digital. Nada más. Hace unas décadas, hubiera sido impensable hacer semejante declaración acerca de un niño: el mundo de los adultos se presentaba como un universo pleno de secretos, vedados en su totalidad, que se develarían a los 18, primero, a los 21, después. Los papás durante la infancia eran percibidos como los protectores y proveedores. El niño era vestido, alimentado, abrigado, cuidado y educado por los adultos, que velaban por él, y no tenía poder de decisión sobre esas cosas. Cuando se transformaba en adolescente, en ese mundo abstracto que estoy esbozando sin hacer juicios de valor (y que, por supuesto, en la realidad adquiría diversos matices), había un adulto ocupando claramente un rol de autoridad contra quien reaccionar, para oponerse, para pelearse, para rebelarse y adolecer.

La claridad de los roles se ha desdibujado en la actualidad. La televisión e internet han develado el mundo secreto de los adultos, al que se puede acceder haciendo un click a cualquier edad. Los adultos se muestran ante los niños sin pudores como seres imperfectos, defectuosos, vacilantes. Se equivocan, se insultan, se amenazan sentados en silloncitos en los paneles de programas de televisión a las dos de la tarde, usan un vocabulario espantosamente informal en contextos formales, se traicionan, se desnudan. Como una corte de dioses olímpicos, los  adultos del siglo XXI se han humanizado y hacen gala de cada una de sus miserias ante las cámaras de televisión, repitiendo hasta el cansancio que se puede mentir, pero que hay que decir la verdad, se puede defraudar, engañar, traicionar, insultar, que los mejores son los más operados, los más lindos, pero que lo importante es lo de adentro, que lo que vale es la plata, que estudiar no sirve para nada en la vida, pero que hay que estudiar... Cómo vamos a pretender que los chicos que están observando y escuchando atentamente esos mensajes nos vean como ejemplo, como modelo, si el efecto que debemos causar es el contrario. Si el mundo adulto es semejante caos, si "los chicos de ahora la tienen clara" y "saben más que nosotros", si no hay secretos ni privilegios al "ser grande"... para qué crecer.

Así, se tergiversan los roles, se anulan, se pervierten. Veamos las noticias: los niños pueden elegir qué comer, y se elevan las cifras de obesidad infantil. Los chicos no sólo pueden elegir conducir un cuatriciclo en la playa y ocasionar un accidente, en un caso extremo, un niño de 11 años fue detenido hace unos días mientras conducía con su padre como copiloto por la Autopista Buenos Aires-La Plata.  Pudo morir haciendo eso, causar la muerte de los demás avalado por la persona cuyo deber es cuidarlo. Una niña huyó de su casa por haberse peleado con el papá. Pasó la noche en una casa ajena, con desconocidos, y mantuvo relaciones sexuales "consensuadas" con un hombre del doble de su edad. Fue escalofriante para mí como educadora y como madre leer los comentarios de algunos adultos acerca de este suceso que jamás debería haber ocurrido. Una chica de 15 años fue secuestrada por un taxista cuando el amigo con quien estaba se bajó del vehículo. Eran las 6 de la mañana y estaban tomando una cerveza en un bar. Fue violada una chica en un boliche durante una fiesta en donde "vale todo". La sociedad adulta pasmada ante el significado de ese "vale todo".

Chicos que beben alcohol hasta "sacarse" en las "previas" en sus propias casas, fuman, andan solos, enardecidos en la noche violenta, en una sociedad que justifica, comprende lo incomprensible. En una sociedad que, al declarar que los chicos saben más que los adultos, lo único que hace es desentenderse de su deber de velar por ellos y dejarlos solos.

Cómo hallar la coherencia entre la escuela y una sociedad así. Toda la estructura descansa sobre conceptos opuestos: en la escuela, los docentes son los adultos responsables. Para que se lleve a cabo el proceso de aprendizaje, los roles deben estar claramente definidos y ocupados: el educador es el docente, que es el adulto que tiene la autoridad, y el alumno complementa la dupla, y debe participar activamente poniendo en juego sus saberes previos, prestando atención. El respeto por las reglas de convivencia dentro de la escuela es fundamental para que se lleve adelante el aprendizaje.

¿Qué es lo que sucede, cuando los niños y adolescentes que viven en un mundo que los deja decidir comportarse como se les antoja y les ha declarado que saben más que los adultos, se enfrentan con la realidad de que deben asumir su rol de alumnos dentro de la escuela? No es una pregunta retórica. Sucede que surge el "clima de aula inapropiado" para aprender. Surgen los problemas para enseñar que enfrentamos los docentes cotidianamente dentro de las aulas.

Se puede poner al educador más preparado del universo al frente de una clase, pero si la sociedad ha decidido que es indigno de ocupar ese puesto, va a ser muy difícil que los alumnos ocupen su rol de alumnos plenamente. Para que la educación formal sea exitosa, se debe buscar la manera de dotar a las escuelas de la investidura de escuela y jerarquizarlas como tales, junto a la comunidad educativa que las compone. Eso no se hace sólo con dinero, involucra cambiar el imaginario social. Un primer paso sería que los adultos volvieran a ocupar su rol de padres y dejaran de asegurar que los niños son los que saben todo. Los chicos deben volver a ocupar su rol de chicos, para ser protegidos, crecer saludablemente, educarse y poder elegir libremente, al ser adultos, su futuro. Una obviedad, que en el siglo XXI, los adultos debemos recordar.

Esta nota puede leerse en: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/08/10/mi-hijo-sabe-mas-que-yo/

sábado, 2 de agosto de 2014

Amnesia



Mientras estoy muerta, soy un punto que levita, inserto en el Universo. Suspendida, soy parte del Todo. En ese estado, planifico historias extraordinarias u ordinarias, elijo tejer una trama en donde tanto hilos como agujas pertenecen a mi imaginación.
Mientras estoy viva, leo. Escribo, no sé si a causa del afán melancólico por recuperar la memoria de lo que urdí, o por nostalgia de ser  partícula flotante.

viernes, 18 de julio de 2014

15. Si mi papá fuera Charles Ingalls



Se dio cuenta de que temblaba cuando chocó su rodilla contra la punta metálica de la caja de su abuela y un relámpago de dolor la devolvió a la realidad. Se inclinó y observó la herida, le pasó saliva con la punta de los dedos. Sintió lástima por su cuerpo, autocompasión infinita. Arrastró la pesada caja y se sentó sobre ella, a esperar.
Sabía lo que contenía. Cuando era niña, solía abrirla porque extrañaba a su mamá, para mirar fotos viejas, con el pretexto de que estaba aburrida. Recordó el cuaderno Gloria de tapas duras, el juego de los Ingalls, que tantas veces había calificado de ridículo. Buscó en su celular imágenes de la serie para que los minutos fueran menos largos. 
Envidiaba a su abuela cuando jugaba con su mamá. "Tu papá se fue a Mankato", decía, y se desternillaban de risa las dos, poseedoras del código secreto. Ningún hombre en la familia, durante dos generaciones, y ella era la tercera. La había tenido a los catorce años, sola, durante diez había compartido su vida en la casa grande, llena de primos, hermanos y tíos de la misma edad; se había marchado sin decirle quién era su padre. Justificaba todo: "Y qué querés, qué pretendés de mí, si te tuve a los catorce". Ahora ella tenía quince, y pensaba que no era excusa válida, pero antes no sabía, no entendía. "Se fue a Paraguay con un chongo", decía la abuela, usando un lenguaje que pretendía ser moderno. La abuela, que debía tener no más de cincuenta. La abuela, esa mujer sin hombre, inmensa, que alimentaba a todos, sopapeaba, acariciaba, daba remedios y llevaba a la salita a las tres de la mañana. Sintió el corazón inundado de amor y se concentró en las imágenes. 
No necesitaba leer el cuaderno, ni abrir la caja. Recordaba el juego. Debajo de recortes de revistas en donde se veían los actores de la serie y resúmenes de los capítulos favoritos, la abuela había comenzado a escribir en su infancia una serie de continuaciones a una frase inicial, nunca reformulada, escrita en imprenta y decorada con corazones y florecitas: "Si mi papá fuera Charles Ingalls, me diría..." Su mamá también había escrito, con letra apretada y azul. Ahora que tenía quince y estaba sentada en el baño mirando de reojo el reloj, refugiándose del ruido infernal de doce niños y adolescentes que tenían su misma sonrisa, comprendía perfectamente a las dos mujeres deseosas de ser abrazadas, tener trenzas y llamarse Laura. Escribió con su celular, en su muro de facebook, con emoción, mientras acariciaba su rodilla lastimada:

Si mi papá fuera Charles Ingalls, me diría que mi cuerpo es una navecita, mi bote, y que soy su capitana. Yo suspiraría y pensaría que la vida se extiende a mi alrededor, haciendo las veces de océano. No pude elegir qué mar es, ni qué cielo completa el paisaje en el que estoy inserta, ahí, en mi botecito, pero hay cosas que puedo elegir, según mi papá. Cuidar el barquito, convertirlo en balsa, en buque de guerra, en crucero, en goleta... eso depende de mí y de mi esfuerzo. A veces, el mar es amable y cálido, como una piscina en verano, y me puedo deslizar en mi joven barquito plácidamente, sola o entre ajenos navíos, con gaviotas en el cielo y brisa fresca. Me diría: " A veces, Pequeña, el mar se revuelve como un monstruo y se vuelve oscuro y frío, las olas parecen tragarte y llueve, hay relámpagos, parece que Dios está enojado o no existe ... pero el secreto es capear el temporal, amarrarse fuerte a la nave si es necesario y tener fe... porque todo pasa y, a tu edad, estás aprendiendo a navegar sola y todo tiene solución, menos la muerte".

Sonrió, se puso de pie y acarició la tapa de la caja. "Papá se fue a Mankato", dijo en voz baja, y tomó decidida la barrita sumergida en el pequeño recipiente, para ver el resultado del test de embarazo.   

sábado, 12 de julio de 2014

Docente, decime qué se siente


Falta poco para las vacaciones de invierno. Como era de esperar, dos paros (uno para antes, otro para después), ya fueron anunciados. Entre el cantito de "Brasil, decime qué se siente" y las frases sobre lo que puede hacer Mascherano, desdibujados, los anuncios de la disconformidad, del reclamo perpetuo, del lamento lánguido, aparecen en los diarios, pequeños, llevando como la cola de un cometa la sarta de comentarios agresivos y denigrantes que caracteriza cualquier publicación que lleve la palabra "docente" en el título:
 "Vayan a trabajar, vagos", "Tres meses de vacaciones", "No tienen vocación", "Manga de ignorantes", "Se rascan a cuatro manos", "Están de licencia perpetua y por cada uno hay tres cobrando", "Alumnos rehenes", "Los chicos cada vez más burros", "Si tanto les molesta cobrar poco por qué no se buscan otro trabajo", "Trabajan cuatro horitas". Es la esencia, sin las malas palabras. 

¿Los comentaristas de los diarios reflejan la opinión pública? ¿Son el "termómetro" de lo que piensa la sociedad? Sería interesante analizarlo: si alguien se tomara el trabajo de leer los comentarios de todos los diarios, descubriría que los "comentaristas destacados" son una porción pequeña de la población lectora de periódicos, bastante estable. Hay comentaristas de notas políticas, de fútbol, de espectáculos. De notas sobre educación. Comentaristas que uno puede predecir que aparecerán, exultantes, escribiendo que los docentes son una especie de delincuentes que, a propósito, deja a la juventud de este país sumida en la ignorancia. Qué se siente, leyendo esas cosas. Se siente mal. 

El paro es una forma lícita de protesta. Es la única forma de hacer visible, al parecer, el problema que atraviesan los docentes de las escuelas públicas de la provincia de Buenos Aires. Y ese problema es complejo. Si los docentes gozaran de tres meses de vacaciones pagas, licencias indefinidas y les pagaran por cuatro horitas de no hacer absolutamente nada, difícilmente harían paros. Sería una cosa bastante extraña encontrar miles de personas malvadas, tácitamente puestas de acuerdo para sumergir al alumnado de bajos recursos en la ignorancia y desidia... y si eso fuera posible, tampoco necesitarían hacer paro. 

Las escuelas tienen problemas de infraestructura. Un aula digna es fundamental para poder enseñar y aprender, ya escribí sobre eso.

Los docentes tenemos variados problemas con nuestro sueldo, no sólo con que es escaso y quedó por debajo de lo que se necesita para vivir dignamente. Muchos no cobran, a pesar de que trabajan. O cobran mal. 

La obra social de los docentes deja mucho que desear, por decirlo diplomáticamente.

Y hay algo que no se dice: los docentes enfrentamos día a día el inmenso, monumental y heroico trabajo de contener al alumnado en primer lugar, para luego poder enseñar. Ninguna persona ajena a la realidad de lo que sucede en las escuelas tiene idea de la importancia de esa tarea, de lo difícil que es hacerla, de lo desgastante y reconfortante que es llevarla a cabo. Es cierto: no todos los docentes la realizan, o no todos en el mismo grado. No todos están dispuestos, ni todas las situaciones son las mismas. Contener implica algo que va más allá de la preparación académica de un docente: involucra sus emociones, involucra involucrarse, con todo lo que eso implica. Ponerle el corazón al chico que no comió, que está solo, que es maltratado, que está enojado, furioso, que no está en condiciones de sentarse tranquilamente en su sillita y ponerse a escuchar cómo se conjugan los verbos regulares. Nadie lo dice, ningún libro te lo enseña, no figura en los textos ni en las materias pedagógicas de la facultad, enfrentás la situación cuando aparece, día a día, al entrar al salón de clases e intentar comenzar a explicar un contenido ante un grupo de chicos que no quiere escuchar "porque". Sí, "porque". La tarea entonces, del docente, es investigar cómo continúa ese "porque" para completar la frase, buscarle una solución y, por fin, poder dar la clase en forma eficiente. Hay que ser docente para saber qué se siente explicar los verbos regulares ante una clase y que los chicos los aprendan, una vez develado y superado ese "porque". Se siente fenomenal. 

En el reclamo, se pide más dinero para los comedores escolares. Dar algo más que un mate cocido y un pedazo de pan es una manera de finalizar un "porque" y solucionar el problema: "No pueden aprender porque no comieron nada". En mis últimos textos, pido algo que solucionaría otro "porque", pero no se puede incluir en los motivos del paro: la ayuda de los señores padres en la tarea de educar a los chicos. Lindo sería, un paro hasta que los padres se hagan cargo de sus responsabilidades como padres. "No pueden aprender porque creen que el saber no sirve para nada". "No pueden aprender porque creen que los docentes son unos vagos despreciables que no tienen ningún saber respetable que transmitirles", "no pueden aprender porque en la casa tienen infinidad de problemas", "porque los papás no se preocupan ni siquiera de que tengan útiles", y así seguiría la lista. Es una falacia sostener que los chicos no aprenden porque los docentes no les enseñan a propósito. Puedo pensar en malos docentes, pero las escuelas exceden la individualidad, son instituciones que van más allá de las personas que trabajan en ellas... Todos hemos tenido buenos y malos docentes a lo largo de nuestra vida, cualquiera sea nuestra edad. No se puede generalizar sin faltar a la verdad. 

Docente, decime qué se siente. Se siente que el paro de principio de año no sirvió para nada. Se siente que uno no tiene derecho. Que la gente derrama sobre nosotros una catarata de agresiones. Que estamos remando solos contra múltiples cosas que nos superan. Que se vienen nuevos paros. Que contener cada vez es más desgastante y difícil. 

Como siempre, se siente mal. 


esta nota la podés leer en http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/07/15/docente-decime-que-se-siente/

viernes, 11 de julio de 2014

14. Qué hacer en caso de pibe que rebota



Folleto informativo hallado en la sala de espera de una salita de primeros auxilios

INTRODUCCIÓN:

Existen los pibes que rebotan.
Algunos tienen la suerte de nacer en el seno de familias amorosas y atentas, que detectarán de inmediato que el niñito no deja de rebotar y lo abrazarán fuertemente, le darán té de tilo, lo llevarán a practicar básquet, a estudiar batería, a la iglesia o al pediatra. La familia en primer lugar y, luego, las señoritas, los profesores, los especialistas, harán las veces, para él, de suave y elástica red contenedora, juntos, unidos, acompañando su crecimiento. Para ellos, el futuro será más que promisorio. Serán eximios artistas, deportistas, profesionales exitosos, escalarán el Everest. Esos jovencitos no nos preocupan en absoluto.
Otros pibes no tendrán esa suerte. A pesar de que el sentido común indique que todas las familias son amorosas y atentas, en la realidad eso no sucede. El niño, entonces, no dejará de rebotar; como si fuera el pato Lucas, dará tumbos para el deleite de sus espectadores y desesperación de los adultos transitoriamente responsables. Lo hará entre redes improvisadas, nada elásticas ni suaves, o sin red.

Nota: Cabe destacar que, como no todo es blanco ni negro, en el medio existe una serie de matices que ayudará o entorpecerá la situación de los rebotes. 

CARACTERÍSTICAS:

Los pibes que rebotan suelen hacerlo de la misma manera.
Si están en la calle, andarán en moto, en bicicleta, skate, rollers o corriendo, según las posibilidades económicas de su familia, a la mayor velocidad que puedan.
Si están dentro de un espacio cerrado, sea cual sea la situación y el contexto (1), se arrojarán contra las paredes del lugar, mobiliario o seres vivientes, se pararán de manos, harán abdominales, lagartijas, imitarán a un cachorro desenfrenado y hambriento, etc., dando tumbos y acompañando sus movimientos desacompasados con gritos estridentes y risotadas destempladas.
Como suelen accidentarse en su andar atropellado, andan cubiertos de cicatrices, que varían en magnitud e intensidad. A esas heridas suelen sumarse las que obtienen cuando, de vez en cuando, alguien con poca tolerancia (o impotencia) los agarra bien a trompadas, justificando su actuar en el saludable objetivo de que dejen de rebotar.
Son delgados, finitos, les gusta mostrar sus costillas, panzas, el elástico de sus calzoncillos. Esta clase de pibes adora exhibir sus cortes, raspones y moretones. Se levantan la ropa, se bajan o arremangan los pantalones con la naturalidad de un lactante, sin pudor ni permiso, ante la mirada escandalizada de todo quien padece los rebotes.
Para comunicarse, comúnmente usan latiguillos. Sin embargo, esta pobreza de vocabulario es aparente, ya que los pibes que rebotan poseen un rico y variado repertorio del que harán gala en el caso de que se tenga un grano en la nariz, un lunar peludo, un ligero estrabismo, las raíces del pelo sin teñir, la sombra de un incipiente bigote, el cierre bajo, una mancha sospechosa en la parte trasera del pantalón ... El pibe describirá y adjetivará a los gritos, dejando nuestro defecto expuesto, fosforescente, refulgente e inocultable para toda la eternidad.
Es fácil identificarlos; mencionar otras señas carece de sentido. A los diez minutos de haber ingresado en un espacio físico donde hay un pibe que rebota, uno lo detectará. A los treinta minutos, deseará no haber ido a ese lugar. A la hora, la situación será tan insoportable que deberá tomar medidas acerca de la misma: marcharse, gritar, simular una descompostura, iniciar un incendio. Si debe tolerar esto durante meses o años, no le quedará otro camino que la meditación, la terapia, el yoga o las flores de bach. Porque estos pibes, cuando están sin red, no descansan. No hay forma humana en el universo de lograr que se queden quietos y se dejen de... rebotar. A medida que pasan los años, si sobreviven, el peso de la realidad hará que poco a poco se vayan quedando mustios, pero ya no serán pibes, será demasiado tarde para ayudar.

(1) Los pibes que rebotan sin red lo hacen en el cine, en un casamiento, en un bautismo, en la ceremonia de asunción de un presidente, en el acto del 9 de julio, en un velorio, durante una cirugía odontológica, etc., etc., etc. 

CONCLUSIÓN:

Los pibes que rebotan sin red, o con red precaria, muchas veces tienen "conclusiones" y terminan en esta salita. Se queman, se cortan, se lastiman, se meten en problemas graves o gravísimos, lastiman a los demás, se ven envueltos en calamidades que ni ganas dan de ponerse a contar. Arriesgan su vida a cada momento y pueden morir. Ninguna gracia causa cuando esto sucede: ahí es cuando los adultos toman conciencia de que han cometido un irreparable error y que estos chicos no se parecen ni remotamente al pato Lucas, que es un dibujito animado y si se rompe la cabeza, no pasa nada. Porque lo de rebotar es una metáfora desesperada, un intento de descripción emitido como un pedido de auxilio. En caso de pibe que rebota, lo primero que hay que hacer es recordarle a los papás que los pibes no rebotan, porque son pibes. Y si el que está leyendo el presente informe es el padre de uno de ellos, sí... del mocosito de pequitas y peinado con copete, es hora de dejar de hacerse el chacho rengo, ¿no le parece? Digo, antes de que sea demasiado tarde. Con cambiar a la criatura de colegio a cada rato no se soluciona nada, estimado señor. Los vecinos del barrio no dan más. Podría parar de tirarle la pelota a las pobres señoritas y a nosotras, las enfermeras, que aunque parezcamos de fierro somos personas como usted, y hacerse cargo de cuidar al nene, quererlo, ayudarlo y educarlo, cosas que, aunque parezcan tan naturales, a los adultos, se les suele olvidar tan seguido que necesitan que se las recuerden mediante un folleto.

viernes, 4 de julio de 2014

13. La isla del alumno autodidacta.



13. La isla del alumno autodidacta.
     Cuento dividido en dos partes.

Primera Parte.

Hace más o menos diez años, un excéntrico multimillonario al que llamaremos "X" notó con disgusto que los empleados de su empresa no trabajaban con el ahínco que esperaba. Contrató un equipo de especialistas para averiguar la causa de semejante desidia y, entre las posibles razones que ellos encontraron, una le pareció la culpable por sobre las demás: todos los empleados haraganes tenían hijos adolescentes. El adinerado señor tenía motivos personales para creer que ésa era la clave: su hijo de 13 años lo tenía angustiado, mareado y desvelado. "La piel de Judas", pensó al recordarlo. Y contrató un doctor especialista en educación, entonces.

Como llegado a este punto, al señor X le dio fiaca continuar involucrándose en la investigación que él mismo había iniciado, puso una considerable suma de dinero en las manos del erudito, le encargó que incluyera a su propio hijo en el proyecto y se olvidó por un tiempo del asunto.

El doctor sabio vio la posibilidad de llevar a la práctica una de sus teorías. Compró una pequeña isla y convenció a los empleados del señor X de que le entregaran a sus hijos para realizar una experiencia revolucionaria y educativa allí. Fundó desde su escritorio la  "Isla del alumno autodidacta", basada en el sencillo principio de la "autoeducación autodidacta por medio de las tecnologías modernas". La idea era vieja, pero engalanada con dinero y artefactos de última generación, parecía acertada. Todos sabían, ya en esa época, que la escuela tradicional era algo obsoleto. Y todos (menos el sabio, que no tenía hijos ni sobrinos y se sentía incómodo con los adolescentes, hecho por el cual los evitaba desde su propia, dolorosa y olvidable adolescencia) estaban en la misma situación inconfesable: no sabían qué hacer con sus hijos. Así que aplaudieron unánimemente las ideas del doctorcito, que muy impresionado hasta él mismo con su oratoria, su valor y su eficacia, logró sin tener la necesidad de viajar que en tiempo récord el edificio estuviera abierto para los educandos autodidactas, que comenzaron a deambular libremente por allí, conectados a sus músicas, juegos y aparatos.

El proyecto fue mutando: no por nada era una experiencia piloto, y el sabio estaba dispuesto a ser indulgente consigo mismo. El primer mes contrató un ejército de docentes especializados, elegidos estrictamente entre los mejores de sus respectivas áreas. Su función era estar ahí, al alcance de la mano del educando, por así decirlo, en caso de que éste tuviera una pregunta o necesitara orientación para algo. Se suponía que los jóvenes poseían innatamente la curiosidad y la avidez por el conocimiento que caracterizan a los seres humanos, así que ¿por qué no esperar de ellos preguntas más o menos funcionales, en el período de su autoinstrucción? Un equipo de nutricionistas se encargaba de la alimentación en la isla, había campos de deportes equipados profusamente y un gimnasio digno de un hotel de lujo. Todo estaba preparado para que las cosas anduvieran sobre rieles. El hijo del señor X había abandonado su prestigioso colegio privado y estaba ahí, en un ejemplo increíble de justicia e igualdad social (el sabio sentía un nudo en la garganta cuando pronunciaba esa frase y se le ponía la piel de gallina de la inmensa emoción). Y agregaba la pregunta retórica, dejada para el final:  ¿Qué podía tener de malo la autoeducación? Los más grandes sabios de la historia de la humanidad fueron autodidactas.

Las cosas cambiaron un poco cuando terminó el primer trimestre. Un equipo de docentes enviado por el Ministerio de Educación del país donde vivían los papás de los niños, el sabio y el olvidadizo señor X, viajó a la isla para realizar la evaluación parcial de los aprendizajes realizados por los chicos. Era la única condición que le habían puesto a la experiencia piloto para otorgar certificados oficiales y reconocer su validez.

En la isla no importaban la edad ni los conocimientos previos de los educandos. La única normativa era que los docentes no debían inmiscuirse ni molestar a los alumnos mientras se autoeducaban. La tecnología disponible tenía en los escritorios de sus pantallas las orientaciones mínimas, los gérmenes del conocimiento, lo que los docentes tradicionales llaman "contenidos mínimos obligatorios". Se esperaba que los jóvenes construyeran sus propios valores, se edificaran como ciudadanos, multiplicaran sus capacidades, sintieran nacer, crecer y desarrollar sus inquietudes mediante la manipulación de las máquinas. Internet evacuaría las dudas, brindaría las herramientas. Internet, hace diez años, ya era la biblioteca madre de las bibliotecas, la videoteca de las videotecas. Allí figuran los contenidos que un ser humano puede imaginar, ahí, al alcance de la vista de cualquiera. (El sabio, cuando pronunciaba esta frase sobre internet, se conmovía con su propia oratoria y sus ojos se humedecían de entusiasmo). Además, los docentes cobraban su sueldo igual, fueran o no solicitados sus servicios. ¿Qué podía salir mal?

En teoría, si a los 13 años un chico lograba demostrar ante los evaluadores del Ministerio de Educación que estaba capacitado, podría ingresar en la universidad, ¿por qué no? Y si tardaba más en adquirir los conocimientos, hasta los 18 años, por ejemplo... ¿cuál era el problema? Los tiempos de cada individuo son diferentes, y en la isla, la individualidad de los jóvenes se respetaba por sobre todas las cosas. Y ni hablar del ocio creativo y sus beneficios. Ni hablar.

En la práctica, esto fue lo que sucedió:

CONTINUARÁ (y finalizará) LA PRÓXIMA SEMANA

Comentarios:

Yésica (inició sesión en yahoo): ¿Desde cuándo estas notas van divididas en partes? Yo te digo cómo termina: bien, los pibes no son ningunos giles.

Jorge (comentarista destacado): Yésica, vos sola en el universo debés usar yahoo. Este artículo es para la gilada, si hubiera existido la isla esa ya nos hubiéramos enterado, si yo leo este diario todos los días y no sé nada. Además, ¿por qué le pone X la mina esta al tipo? Siempre protegiendo a los poderosos que se la mandan.

María: ¡Qué lindo, el cuentito! ¡Siempre escribís cosas lindas, nene!

Jorge (comentarista destacado): María, andate al carajo.

Juan: $$$$#"&%&//()&&&

Pedro: ¡Ni el PAPA nos va a salvar!


Segunda Parte.

La comisión del Ministerio volvió con el ceño arrugado y un visible malestar. Todos los jóvenes se habían negado rotundamente a realizar las pruebas que ellos les habían entregado. Algunos habían roto los papeles, los habían pisoteado, se habían enojado. Otros, después de escribir sus nombres en las hojas, ante la insistencia inusitada de los profesores desconocidos, habían garabateado frases como: "No ago la prueva por que no tengo gana". Junto a los evaluadores, la mitad de los docentes de la isla volvió al continente y presentó su renuncia. El señor X no emitió comentario alguno, pero mandó a buscar a su hijo y lo internó en un colegio más privado y prestigioso que el anterior a la experiencia isleña. El sabio leyó de reojo en uno de los informes: "Ningún alumno de la isla formuló preguntas o requirió los servicios del plantel docente". Vio, entre puntos luminosos, desfilar ante sus ojos frases sueltas: "Jamás me sentí tan humillado", "Vejado", "Frustrado", "Como si yo no existiera"... "Insultado en mi dignidad de maestro". No leyó lo demás. Le pareció una injuria innecesaria.

A pesar de que ninguno de los chicos aprobó prueba oficial alguna, con la excepción de X, los padres no tuvieron objeciones. Y X no había dicho nada, así que "el que calla, otorga", pensó el sabio, quizás tuviese razones personales para privar a su hijo de la experiencia isleña. No se desesperó. Los empleados de la empresa veían a sus hijos cuando lo deseaban mediante un sistema de video cerrado, y hablaban o chateaban con ellos a diario. Algunos habían hecho apuestas sobre el hijo de quién aprobaría las pruebas antes. El rendimiento de los empleados había mejorado notablemente, y el señor X estaba conforme y continuaba aportando el dinero para el proyecto.

El erudito escribió seis libros sobre la experiencia autodidacta, omitiendo los incómodos (por el momento, esperaba internamente), resultados e informes docentes. Elevó la velocidad de internet en la isla y autorizó la apertura de un local de comidas rápidas, a pedido de los chicos, que "merecían" ese incentivo. Escribió sobre los enormes potenciales de los jovencitos, olvidando que no los conocía, que no tenía la menor idea de lo que esos mismos jovencitos estaban haciendo allá lejos, sin las caricias de sus padres, sin la palabra atenta de sus docentes, solitarios en la escuela que no era escuela. Pequeñas islas adentro de una isla.

Y así llegó otro año, y pasó otro, y pasaron otros, y en el escritorio del sabio hubo más informes, que decían exactamente lo mismo que los anteriores.

Tenía que ser un error. Era evidente que no podía ser cierto. Los padres estaban contentos, el señor X no había recordado el asunto, los chicos no mostraban señales de querer volver, ningún accidente había ocurrido, los libros sobre la isla eran best seller y el sabio estaba a punto de presentar su candidatura como Ministro de Educación en el continente. Bastaba con ignorar los papeles... o eso pensaba el erudito. Porque la vida tiene vericuetos impredecibles.

El señor X falleció. Así, de improviso, como suele suceder esa circunstancia. Su joven heredero, al revisar cuentas, consideró que la suma de dinero destinada a la educación isleña que se brindaba a los empleados era una cantidad exorbitante y aranceló la famosa escuela. Sabía a qué atenerse: había estado en la isla y realizado la experiencia. En su privado y prestigioso instituto había tenido que estudiar como nunca para recuperar el tiempo que había pasado sin hacer nada allí. Si lo hubiera deseado, el joven muchacho ex isleño hubiera podido derribar de un plumazo los trece best sellers sobre educación autodidacta del nefasto sabio. Pero había heredado no sólo la empresa, sino la fiaca del temperamento de su padre. "Que haga la suya", pensó, "a los que tenemos la plata, a los que manejamos las marionetas, no nos viene mal la carne de cañón". No por nada le llamaba cuando pibe "la piel de Judas" el papá, como ven. Una joyita, la moral del nene.

El erudito, el año que se privatizó el proyecto, de pura indignación, escribió su libro número catorce. Fue tan exitoso como los anteriores, hecho que motivó que estuviera muy ocupado el día que regresaron los originales jóvenes autodidactas de la isla (los padres de estos chicos eran empleados, recuerden, y no podían pagar cuotas elevadas en escuelas ubicadas en islas exóticas). Estaba de gira, dando conferencias sobre la educación autodidacta, y no ocupó el lugar de honor que le habían reservado en la ceremonia de bienvenida. Las teorías del sabio eran consideradas revolucionarias y ni siquiera él había pensado que los fracasos en las evaluaciones de los jóvenes podían ir en contra de su éxito editorial y promisorio futuro como político. Los padres estaban contentos; abrazaban a sus azorados hijos, les decían "qué bueno verte en carne y hueso", "cómo creciste", "ya tenés más barba que yo" y frases por el estilo. Las habitaciones de los niños, convertidas durante su ausencia en otras cosas, volvieron a ser habitaciones. Y los chicos, contra absolutamente todo lo que esperaban los resentidos docentes que habían renunciado al proyecto (que eran los únicos que esperaban algo malo, en realidad, de puro anticuados y malvados, al parecer), se insertaron en sus antiguas escuelas tradicionales, con o sin sus antiguos compañeros, como si nada. Eso sí, volvieron a fracasar en las pruebas de las comisiones evaluadoras. Pero como eso le pasaba a la mayoría, nadie pareció atribuirlo a la experiencia en la isla ni emitió comentario alguno.

Arancelada, paulatinamente la escuela de la isla se transformó en exclusiva, original y tradicional escuela. Los papás pagaban sus cuotas, por lo tanto, se inmiscuían y pretendían que los hijos estudiaran y aprendieran. No sólo lo pretendían, lo exigían: querían una es-cue-la. Con profesores, trabajos prácticos, deportes, plástica, música y pruebas orales y escritas. Y certificados oficiales.

El otro cambio se produjo en la empresa del difunto X, donde el joven heredero dejó de contratar adultos jóvenes y prefirió los adultos mayores, sin hijos. Y cuando el erudito sabio se suicidó luego de perder en las elecciones (un desgraciado y resentido ex docente de la isla había publicado informes sobre los rendimientos académicos de los chicos en un diario opositor, con un éxito demoledor para las teorías autodidactas), envió una corona de flores con el nombre de la empresa de su padre a la casa velatoria. Si algo había aprendido en la escuela, era a tener buenos modales. En la utópica y ridícula isla del alumno autodidacta no, ahí no había aprendido absolutamente nada, en la escuela verdadera. En la escuela. Es-cue-la.

FIN

Comentarios:

Yésica (inició sesión en messenger): Esperé una semana para leer el final de esto y les digo VIERON QUE YO TENÍA RAZÓN, NINGUNOS GILES LOS PIBES.

José (comentarista destacado): Yésica, vos sí que estás al cuete.

Matías (comentarista estrella): ¡Ese sabio se merece la ORCA por desgraciado!

Yésica (inició sesión en messenger): ¡Con delfines, con delfines!

domingo, 29 de junio de 2014

Ser o no ser estudiante, ésa es la cuestión



Hace unos días fui convocada por el Bachillerato de Bellas Artes de La Plata: se cumplen 25 años desde que egresé de la institución. Con una sonrisa, leí en el bello programa donde figuraba mi nombre, que éramos la promoción XXX. En una ceremonia emotiva e inolvidable, me encontré asombrada ante un grupo de adolescentes que, desde el escenario del salón de actos, interpretaron en nuestro honor, un tango. Su profesora, Paula Mesa, egresada de mi promoción, había logrado darles la libertad de tocar sus instrumentos admirablemente, de cantar: durante unos minutos fuimos todos estudiantes, atemporales, felices, bañados por la música que borró edades e historias.

Me quedé pensando en ellos: para tocar un instrumento con libertad, es preciso pasar años practicando, estudiando, ensayar. Para ser músico, es preciso ser estudiante.

Hace 25 años, los alumnos de Bellas Artes sabíamos que debíamos esforzarnos y practicar para desarrollar habilidades: todos éramos estudiantes. No serlo, podía significar tener que abandonar esa escuela. Por otro lado, hace 25 años, como señaló una de mis compañeras graduadas, no se podía elegir libremente en Bellas Artes ofrecer un tango. Fuimos la promoción que entró con la democracia, tomó tiempo que las cosas cambiaran. Los que nos dedicamos a la docencia sabemos que hubo muchísimos cambios en las escuelas, buenos y no tanto. Fue una alegría saber, mirando a esos chicos que nos lanzaban miradas entre tímidas y burlonas, que el espíritu de mi escuela sigue vigente, que los cambios fueron buenos y que sus alumnos siguen siendo estudiantes, como lo fuimos nosotros.

Se preguntarán a qué me refiero con "ser estudiante". En mi opinión, el mero hecho de que un niño o un adolescente esté adentro de una escuela, no lo hace "estudiante" mágicamente. Para mí, una de las cosas que ha cambiado para mal en los últimos 25 años, es que los adultos hemos puesto en un lugar secundario el enseñar la importancia de ser "estudiantes" a los niños y adolescentes y no asumimos la culpa de las consecuencias que eso ha ocasionado. Lo voy a explicar, sean pacientes:

Si un niño sólo come comida chatarra, por ejemplo, y se enferma, la culpable es su mamá. Nadie en su sano juicio le echaría la culpa al chico: no se debe permitir a los niños hábitos inconvenientes para su salud. Si un niño fuma o bebe alcohol, todos estaríamos de acuerdo: estamos ante algo que está mal. Sus padres serían culpables. Si un niño se niega a aprender a leer y a escribir, a sumar, a restar, a saber que vive en Argentina, a oprimir el botón "power" para prender la tele, a usar el control remoto... evidentemente algo está muy mal. Si un niño o adolescente se niega a leer, a hacer el esfuerzo de comprender algún texto, no intenta escribir en forma coherente algo con un grado mínimo de formalidad... ¿quién es el culpable de habérselo permitido? ¿Quién no le ha hecho entender las inmensas e importantes cosas que se pierde? ¿En qué momento la sociedad ha dejado de considerar que eso está terriblemente mal?  Para ser libre de estudiar lo que me apetezca (o no estudiarlo), de investigar, de leer o dejar de leer, debo poseer esa habilidad, que demanda práctica y esfuerzo. Para tocar el piano y acompañar un tango, debo haber estudiado, practicado y ensayado durante años. Alguien ha olvidado enseñarle a ese jovencito imaginario de mi ejemplo la importancia de ser estudiante, tan crucial como la de no alimentarse exclusivamente de grasas ni ser fumador.

En las  universidades y en los terciarios hay que entender los textos para poder aprender. Para ingresar en un trabajo hay que llenar formularios, superar entrevistas en donde hay que hablar y escribir. El joven que desee hacer algunas de estas cosas y descubra que no posee las habilidades necesarias, deberá cambiar su actitud y desarrollar en corto tiempo las habilidades que podría haber cultivado durante los doce o trece años que duró su educación formal. O dedicarse a otra cosa, que no demande esas habilidades. Se puede vivir sin saber tocar el piano. Se puede vivir sin saber leer, pero no estaríamos hablando de libertad en ese caso.

Como sociedad, deberíamos replantearnos las "libertades" que estamos permitiendo a los niños y dejar de confundirlas con sus "derechos". Los chicos deben alimentarse en forma saludable por su bien (la palabra "alumno" quiere decir "el que es alimentado intelectualmente", ya que menciono los alimentos). Deben ejercitarse y no ser sedentarios. Deben aprender a comunicarse, las cosas relativas a su cultura, deben jugar, leer leyendas, cuentos, novelas, hacer cuentas, resolver problemas, escuchar música, dibujar, diferenciar lo que es bueno y lo que es malo, lo que conviene y lo que no conviene para poder, en el futuro (que es su futuro) ser adultos jóvenes libres y responsables.

Si le damos la posibilidad a alguien de elegir no hacer el esfuerzo por aprender, le damos pruebas a carpeta abierta con preguntas previamente conocidas, aceptamos pasivamente que su escritura sea incoherente y plagada de errores de ortografía, estamos haciendo lo mismo que si le decimos que no es necesario lavarse los dientes, levantarse por las mañanas, bañarse, desayunar saludablemente, ir a la escuela, estudiar... en definitiva, estamos haciendo todo lo posible para que esa persona no sea saludable ni libre.  Un chico dormido o jugando al counter al lado de un piano no es un estudiante, es un chico. Un chico que probablemente no será ni bueno ni malo tocando el piano, porque no podrá hacerlo.

Estudiante: el que estudia algo. Del verbo estudiar: dedicarse con atención, con aplicación, con celo a algo.Como si fuera un maleficio, la idea de que aprender demanda esfuerzo ha dejado de ser natural y se desparrama la idea contraria, poderosa. Muchísimos chicos se niegan a dedicarse con atención a estudiar. Como docente, debo enseñar la importancia de ser estudiante para poder comenzar a enseñar.

Sonó el timbre del recreo en el Bachillerato, mientras continuábamos dándonos besos, abrazos, y exclamando "¡Estás igual!", en una postal digna de ser musicalizada con lo mejor de los 80. Estremecidos por un escalofrío, los de la promoción XXX contemplamos la salida de los estudiantes. El presente joven pasó por entre nosotros,  que somos también presente, pero adulto. Estábamos en nuestra escuela. Fue fenomenal; aprendí allí a ser libre responsablemente, elijo gracias a eso trabajar hoy enseñando el valor que tiene esa libertad. Gracias totales.

Este texto puede leerse en: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/07/01/ser-o-no-ser-estudiante-esa-es-la-cuestion/

jueves, 19 de junio de 2014

Cuando nos muramos



_ Profe, ¡no me diga que eran así los dioses!
_Boludo, ¡sos boludo!
_ La boca. No sabemos qué hay más allá de la muerte, la humanidad trató de imaginar qué pasa en ese momento a través del arte, de las religiones, de la ciencia, pero no logró todavía descubrir la verdad.
_ Para mí, no hay nada. Te morís y ya fue.
_ Bueno, lo vamos a saber cuando nos muramos.
_¡Profe! ¡Qué mal hablada!
_ Después nos dice a nosotros...

viernes, 13 de junio de 2014

11. Un ángel es


"El ángel" Rembrandt (detalle)
Habitación de adolescente. Ella, en la cama, durmiendo.
Comienza a sonar la música. El volumen es alto. Despierta. 
No mueve sus labios, pero se oye su voz claramente, sobre la música.  

Me levanto de un salto y me pongo las zapatillas, ya, ya; están atadas para hacer todo rápido y esa parte es un santiamén. Veo gotas pequeñitas, sospechosas, en una de las baldosas; la silueta de mi pie se recorta sobre lo mojado y me viene luminosa la oscura certeza: el perro me arruinó las zapatillas... Asqueroso. ¿Y ahora, qué hago? Hago como que no importa, si no hay nada que hacer.

Se mira rápidamente en el espejo. Se coloca una mochila. Acomoda sus auriculares.

 Ya me puse todo y mientras cierro con llave me acuerdo de la campera con pielcita en la capucha que tiene Raquel. La odio, la odio, la tiene tan fácil, a ella le compran y yo puro perro, perro inmundo. Igual es mejor que cualquier camperita; yo quiero a mi perro y él me quiere a mí.

Sale de su departamento y camina rápidamente por el pasillo, hacia
la puerta de entrada del edificio. Pasa por adelante del portero, que mueve los labios. Sale.

  Portero baboso. Siempre lo mismo. Ya está, ya salí, me sacudo las babas que me dejó pegadas; podría ser mi abuelo, qué asco son los viejos, "buen día, preciosura", susurrado, indecente... Sabe que no me queda otra y se pone día tras día, ahí.

Apagón. Abruptamente se interrumpe la música. Silencio absoluto. Se oye la voz del portero,
repitiendo en eco: "Si te agarro te parto, nena, te parto, nena
te parto, nena".
Luz repentina. Calle desierta, oscura, atemorizante. 
Continúa la música, siempre con el mismo volumen alto. Ella camina resueltamente.Se vuelve a oír su voz. 

  Me pego contra la pared porque sé que hay un tipo que duerme en esa puerta, está, está, no está, qué alivio me da, faltan pocas cuadras, ya voy a llegar.

Apagón. Abruptamente se interrumpe la música. Se oye la voz del ciruja, que sueña
placenteramente desde el contenedor de basura que en este momento ella
roza con sus dedos, descuidada, al caminar. Está cantando el arrorró, porque en su sueño, 
arrulla a un cachorrito que tuvo cuando niñito.
Continúa la música, ensordecedora. Ella sigue caminando por veredas
solitarias, inhóspitas. A lo lejos, se acerca otra adolescente. In crescendo, 
se oye una música diferente, que se mezcla con la melodía que se escucha desde el principio.
Se vuelve a oír su voz.

 Zapatillas hediondas, nada que hacer. Ahí viene una sola, ¿me animo?, ¿me animo? Parecen lindas, sería tan fácil si mi cuerpo fuera un cuerpo... aplastarla de sorpresa contra la pared; penumbra solitaria de la madrugada, codo contra el cuello, ahí, tomá, tomá dos veces, como me hiceron el año pasado, dame todo, dame todo, tomá de nuevo otra vez.

La otra adolescente pasa caminando. A medida que se aleja, se difumina la melodía que
la acompañó en su pasar. A pesar del alto volumen de la música original, que se 
aleje la otra melodía es un alivio. Se oye claramente la voz de la chica. 

Ya pasó, ya se fue. Si es pensado, no es malo, sólo es idea y nadie puede saber.

Apagón. Abruptamente se hace silencio. La joven pasa ante la puerta de una casa
antigua, en donde se ve una luz por debajo de la puerta. Se adivina en
esa luz, una silueta. Se oye la voz de una vieja, que dice, repitiendo en eco:
"Ahí estás, puntual, ángel hermoso, te vigilo, te cuido, te acompaño
con mis ojos, yo rezo por vos, rezo, rezo por vos, un ángel es, ángel sos, en las madrugadas,
 un ángel es, caminando, caminando, caminando".

Continúa la música, que va subiendo el volumen para el gran final, 
ensordecedora,  insoportable. La chica sigue su camino, esta vez, 
acercándose a la puerta de un edificio que parece una escuela. La voz, sobre la música 
desmesurada, va subiendo el tono y se convierte en gritos desaforados, a pesar
de que la jovencita continúa caminando tranquilamente hasta entrar en 
el nuevo edificio y desaparecer. 

 Darle con el codo a la de zapatillas limpias delante de un ciruja que duerme y hoy no estaba, escupir la lamparita de la casa de la vieja que sé que me está espiando por las hendijas de la persiana, meterle diez piñas a la que me robó sin importarle que yo estaba en la primaria, veinte patadas, tramontina, romper toda la vereda, gritarle a la vieja chismosa para que se muera del susto, arrancarme los pelos, patalear como loca, quedarme descalza porque el perro se meó en mis zapatillas y no tengo otras... Mientras no me anime a nada y sea soñar despierta, seguro voy al cielo. Lindo imaginar, te deja en los labios saborcito del sueño, se hace amable la caminata y ya llegué, apago ahora mis auriculares y por fin, entro.

Abrupto silencio. Apagón. 

sábado, 7 de junio de 2014

"Alumnos" adentro, "menores" afuera

Como si existieran en dos dimensiones absolutamente separadas y extrañas entre sí, están los alumnos y los menores de edad. Dentro de la escuela, el menor de edad se convierte en "alumno". Para dirigirse a él se utiliza el diálogo sereno, la paciencia, la comprensión. Si algún alumno destruye el mobiliario de la escuela, escribe las paredes y bancos o arroja cosas dentro de los calefactores, por ejemplo, se debe citar a los papás y conversar entre todos para reparar la situación y que no se vuelva a repetir. Personalmente, estoy de acuerdo con que es la manera correcta de enfrentar y resolver el problema. Así es como, en la actualidad, trabajamos los docentes.

Fuera de la escuela, el "alumno" se convierte en "menor". No es usual que los chicos, cuando están en sus casas, escriban las paredes, las mesas o arrojen cosas dentro de los calefactores. Sin embargo, muchos se portan mal. A éstos, la gente los llama de muy diversas y coloridas maneras, que en general terminan con las palabras "de mier...". Y, lo que se propone para "disciplinarlos", es muy diferente (abismalmente diferente) a lo que se dice y hace adentro de la escuela.

"Disciplina" no significa lo mismo en los hogares, en la calle, en la escuela. Los alumnos lo saben.

Un conjunto de adultos que ingresa en una escuela de Quilmes llevando cadenas en sus manos y desmaya a un profesor, le rompe la mandíbula, le rompe un dedo a otro, le da piñas en el pecho a una auxiliar, por el simple hecho de ser pariente de "una alumna" y estar adentro de la escuela, es denominado como "un grupo familiar con el cual hay que trabajar intensamente". Estoy de acuerdo, evidentemente existe un grave problema allí. ¿Qué sucedería si lo mismo, exactamente lo mismo, pasara en un ámbito que no fuera el escolar? Si un grupo de adultos con cadenas en sus manos ingresara en un Ministerio y lastimara a un conjunto de ministros, al intendente, al gobernador, ¿cómo se lo denominaría?

Qué quiero decir con esto: que la sociedad reacciona diferente ante lo que sucede dentro y fuera de las escuelas. Que existen reglas y métodos diferentes, y eso no trae aparejado nada bueno. Lo que sucedió en Quilmes es un hecho extremo, pero ilustrativo de muchos casos cotidianos que igualmente son violentos. Un alumno "se portó mal". Se cita a los papás. Algunos padres entablan un diálogo con sus hijos. Otros defienden la conducta inapropiada de los chicos, o, directamente, no concurren a la citación. O, en una actitud opuesta, le dan una paliza al desobediente. La escuela debe enseñar a los padres a dialogar con sus hijos, a interesarse en ellos, a comprender por qué actúan de manera incorrecta, a no utilizar con ellos la violencia en ningún sentido. Sí, la escuela también hace eso en este momento.

 Es época de mensajes contradictorios. De fractura entre utopía y realidad. De falta de concordancia. De diferencia entre la teoría y su utilidad en la práctica. De una escuela desbordada, emitiendo mensajes de solidaridad, de paz, de armonía, de convivencia, en soledad.

Una abuela, en la puerta de una escuela primaria, se quejaba en voz alta ante una mamá y preguntaba: "¿Por qué, si yo me esfuerzo en hacer que mi nieto de siete años me obedezca cuando le ordeno algo, acá en la escuela, aprende que puede decirme que no y no me hace caso?". La pregunta de esta abuela quedó sin respuesta, retórica, flotando. Recuerdo que respondí mentalmente: "Está bien que el niño aprenda a pensar por sí mismo, aprenda que tiene derecho a decir que no". Si fuera un mundo coherente, eso sería lo ideal. Pero en este momento, ¿tiene razón la abuela que se está quejando? ¿Los chicos aprenden a no respetar las normas, paradójicamente, en la escuela, que es el lugar en donde se las enseñamos? ¿O es al revés? El presente texto también está planteado así, como una pregunta, ante un problema que debemos resolver urgentemente. ¿No será el momento de reconciliar "alumno" con "menor de edad" e "hijo" y comprender que debemos educar en forma coherente, que los acuerdos de convivencia y los métodos para lograr que sean respetados deben ser los mismos tanto dentro como fuera de la escuela? Quizás ésa, exactamente, sea la punta del ovillo, la clave que nos conduzca a una sociedad menos agresiva y mejor.

Este texto se puede leer en: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/06/12/alumnos-adentro-menores-afuera/

viernes, 6 de junio de 2014

10. "El momento en que te hiciste mujer"



El juego consistía en formular preguntas en papelitos, arrugarlos y luego ir sacando de a uno, fingir sorpresa y escribir brevemente, contestando "la verdad".  "¿Cuál fue el momento más terrible de tu vida?", "¿Tu mayor miedo?", "¿Tu deseo más secreto?"; pasaban las frasecitas y matábamos el aburrimiento entre chicas, durante las horas libres en la nocturna. "El momento en que te hiciste mujer". Nos habíamos reído, pudorosas. No recuerdo a quién le tocó contestar.La jornada finalizó como todas, pero entre las hojas que quedaron sobre mi mesa apareció una con el siguiente relato, escrito con caligrafía extraña. Si es verídico, hasta ahora no lo he podido saber (de lo que tengo certeza es que ninguna de las presentes lo hubiera escrito de esa manera).Transcribo la historia; la he corregido apenas ( han pasado tantos años que no creo cometer una indiscreción al publicarla):
"Cuando estaba en tercer año de la primaria, me enfermé gravemente. En la escuela pidieron explicaciones y certificados médicos; no hubo manera de ocultar que había pescado un virus raro en un avión. Se armó un escándalo considerable cuando las señoritas se enteraron de mis viajes, y terminé de buenas a primeras en otra institución. Según mis recuerdos, asustada ante el enojo de mi mamá, prometí guardar nuestro secreto.
En esa época no me importaba mucho: diferentes lugares, diferentes compañeras. Yo pensaba que era normal, que todos tenían valijas y bolsos, se subían a aviones, la gente nunca llegaba a conocerse del todo. Las personas eran buenas. Si me sentía sola, bastaba con preguntarle a alguna chica: "¿Querés ser mi amiga?". La amistad duraba un rato de plaza o de conversación sobre ropita de muñecas y nada rompía la armonía de estar siempre atravesando algo... de estar en proceso, en tránsito, llegando a algún lugar.
La maestra de quinto se dio cuenta. Ella era más atrevida, más curiosa que las demás. Leyó con atención uno de mis trabajos prácticos y afirmó en voz alta que era un hermoso hotel el de mi descripción. Entré como un caballo. Dije: "Sí, es el de España". Por primera vez tomé conciencia de que lo único que conocía de ese país, era el hotel. El mismo, catorce veces (infinitas, para mí).
_ ¿Y te gustó la comida de allá?
_ ¿Hacía frío?
_¿Cómo andaban vestidas las chicas por la calle?
_¿Fuiste a ver algún museo?
_¿Es verdad que hay toros corriendo sueltos por las plazas?
_¿Se le entiende a la gente cuando habla?
Nada. Ni la posibilidad de inventar respuestas para ellos, para mí. Descubrí que mi cabeza estaba absolutamente vacía, que mi vida consistía en dar la mano para cruzar la calle, abrigarme bien en invierno y armar la mochila, que sólo yo conocía la palabra pasaporte y que algo raro había en el tema de los viajes como para que mi mamá no me dejara decir nada y mis recuerdos se limitaran a una habitación de hotel.
El día que nos detuvieron en el aeropuerto, la despiadada mujer que me trajo un vaso de agua me explicó por qué era malo para mí "ser mula". Ése fue el preciso, el exacto momento, en que me hice mujer. Entendí que mi mamá me estaba haciendo algo innombrable, adiviné su vergüenza indigna. Finalmente, comprendí.
No la perdoné en ese momento, no la perdono ahora. El final de mi infancia coincide con el nacimiento de mi desprecio por los adultos, con la repugnancia que me inspiran sus traiciones, infamias que los niños son incapaces de cometer.  El final de mi historia es tan banal que opaca el relato: me detuve finalmente, dejé de ser cosa al mismo tiempo que niña, pasé a ser persona y me limito a vivir.

sábado, 31 de mayo de 2014

Madeja de palabras

Imagen tomada de internet


Un hermoso día de sol, cuando todo sea perfecto y las señales coincidan y hasta quizás haya visto algún arcoiris por ahí, voy a escribir finalmente la carta que inaugure el camino para buscarte. Cada mañana me hago la promesa de ser fuerte, pero se desvanece hacia el atardecer, y se pierde hacia la noche. Mi esperanza de dejar de ser yo y volver a ser nosotras me anima: nuestro amor por el Quijote y su baciyelmo, nuestro café, nuestros silencios, nuestra complicidad, nuestras sonrisas latiendo juntas, nuestra entidad inigualable. Quise dejar de ser humana y en apariencia lo logré, pero sé que estás ahí afuera, caminando con paquetes en las manos, metiéndote en la cama con la bolsa de agua caliente, quemándote levemente la punta de los dedos con la cafetera, con un libro en el regazo. Tus libros, siempre nuevos. Los míos, ajados y añejos. Las dos, vos allá y yo acá, tan sola yo, y vos allá, andá a saber. La única que no me preguntaría si ahora soy escritora. La única que, si lo deseara, entendería mis tejidos de palabras.

Un hermoso día de lluvia, con viento perfecto, cuando las aspas de los molinos de viento giren y una lluviecita transparente me congele la nariz, voy a darme cuenta de que me estás buscando. Voy a mirar hacia arriba y podré ver en el cielo el caballo raquítico, el escudo y los harapos, y me van a parecer galas. Pasan los años y entierro, pisoteo, ignoro la esperanza, pero brota y la mía es que hayas comprendido: que vos, la única, hayas logrado descifrar mis frasecitas, mis redes intrincadas, mis espantosos embrollos hechos de palabras y de lágrimas. Porque soy Asterión así, con laberinto y ovillo hecho de letras. Tomá, si aún es madeja, es para vos. Sé que es un pozo, y te doy miedo. Desenredalo. Encontrame.

Porque en tu hombro, yo finalmente lloraría.
Porque ante tus ojos, yo lograría volver en mí.
Porque te extraño y te necesito tanto, siempre, todos los días.
Porque eras imprescindible.
Mi fantasía, mi construcción abstracta, egoísta e imaginaria de la amistad.
Porque si volvieras a quererme, yo volvería a ser mujer y no minotauro.
O quizás no.

Quizás me haya gustado ser minotauro, la amistad sea un espejismo cruel y haya creado el cielo, el sol y las estrellas, y lo que sucede es, simplemente, que no lo recuerdo.


viernes, 30 de mayo de 2014

En la puerta de la escuela, el Paco espera



La primera vez que lo vio era un cachorrito; salía de una caja de cartón, debajo del banco de una plaza. Le pareció feo y defectuoso, rengo, con la panza desmesurada por los parásitos, perfecto. Dejó de mirar hacia adentro, interrumpió el monólogo interior miserable y odioso, se detuvo para ver al perro. Bastó con un chiflido. Juan Moreira lo miró, movió la cola, caminaron y crecieron juntos a partir de ese momento.

De niño se aferró a la rutina y al animal, su único amigo conocido. A todos les pareció que continuaría haciendo lo mismo; quizás una manera eficaz de afrontar una vida así, de hacer orden en el desorden. A las 12:55, el preadolescente hirsuto por dentro y por fuera, continuó cruzando la reja y entrando en la escuela. No le hacía falta cerciorarse: Juan Moreira permanecería allí, sentado, firme, guarecido bajo el improvisado techito formado por la cornisa del piso de arriba. Desde aquel chiflido ya añoso, con lluvia, nieve, frío o calor (los chicos así jamás faltan a la escuela), el perro espera pacientemente junto a la reja la salida de su dueño. Recibió algunas patadas al principio, pero fueron pocas. La portera del jardín (una señora robusta y con fama de pícara), lo bautizó "Paco",y comenzó a traerle las sobras de sus comidas. El portero de la primaria le puso un cacharro roto, con agua. Cuando el  invierno se puso fiero, la seño Soledad le llevó un pullóver viejo, de su papá. La rutina del chico se bifurcó y pautó la rutina del perro, que fue Juan Moreira durante casi todo el día excepto ante la reja, donde era el Paco, para la malicia de algunos y la indiferencia de casi todos.

 El día que ocupa este relato, rompió para siempre la dupla cotidiana. Empieza como siempre: 17:15 suena el timbre y el perro se estira, atento, expectante. Salen todos y al final, se oye el chiflido. Aparece  el dueño, huraño, ceñudo. Caminan juntos, pero separados ( las costillas de Juan Moreira saben lo que sucederá si se acerca demasiado en público, pero ignoran que este momento siginifica el comienzo del final de la cadena). Los pasos se sincronizan, como su relación, simple y compleja. Son veintisiete cuadras, sin abrigo ni paraguas. Manos en los bolsillos, auriculares, el monólogo interior de dientes apretados, ininterrumpido. Ojos sin ojos. Cara gris. Juan Moreira presiente a las 17:43 que sus vidas cambiarán para siempre. Se niega a admitirlo, sacude la cabeza: está bien así. A Juan Moreira, las apariencias de la luz del sol bajando sobre los árboles y el viento frío no lo engañan. Presiente que, tras la reja misteriosa que le veda el paso, ese día su dueño ha cometido un error que les costará caro. Tensos, llegan a la esquina última. El chico saca las manos de sus bolsillos, convertidas en puños. El perro reconoce a dos chicos de la escuela, en actitud de espera. Abre la boca para ladrarles, pero la mano de su dueño detiene el sonido de su voz y, resignado, se sienta a unos pasos, guardando distancia. Ve que uno de los otros blande un cuchillito, que lanza un reflejo que encandila. Ve cómo su dueño mete nuevamente la mano en su bolsillo y saca algo indefinido, oloroso, en una bolsita. La bolsita cambia de manos, pero el cuchillito refulgente no desaparece en un bolsillo, sino en la espalda de su amigo, que gira convertido en niño (qué extraño, es la cara que tenía cuando soñaba pesadillas y lo abrazaba y lo besaba en las noches estrepitosas de esa infancia sobresaltada de gritos, frío, hambre y cosas rotas) y cae de rodillas ante él, como en un rezo. Juan Moreira no sabe lo que es un rezo. No entiende por qué lo patean los policías, cuando llegan, y lo arrancan de los brazos de su dueño, que se ha transformado en muñeco. No entiende por qué el chico no le hace la acostumbrada seña con la mano, cuando lo suben al estruendoso auto. No entiende por qué, para las miradas de la portera del jardín, del portero de la primaria y de la seño Soledad,  no vuelve a significar perro, sino metáfora. Ya no vuelve a su casa, se queda esperando frente a la reja.  No entiende por qué, si existen las 12:55 y las 17:15, en un continuado día que al final es todos los días, no ha vuelto aún a escuchar el esperado chiflido.

domingo, 25 de mayo de 2014

6. Chica Cutting

Ilustracion: Aylén Giraudo

Se hace llamar Yanet. Se enoja cuando al pasar lista, al completar una ficha, al entregarle el documento, alguien dice en voz alta "María del Carmen". Y los que la conocen, evitan padecer sus enojos.

Dice que tiene más de sesenta mil seguidores en twitter. Dice que tiene su propio canal en youtube, con ochenta mil suscriptores. Que su último video (tres minutos de su cabello agitado por el viento, filmado desde la ventanilla del tren), fue reproducido miles de veces en pocas horas. Aclara que no utiliza el facebook, que sólo administra su fan page allí... y que atesora  decenas de miles de "me gusta".

No dibuja bien. No canta, no baila, no actúa. No dice, ni hace, cosas interesantes. No escribe, prácticamente, porque se avergüenza de sus faltas de ortografía. Si alguien le pregunta por qué dice que la siguen tantos desconocidos, ella contesta que no sabe, que será porque no tienen algo mejor que hacer.

Yanet no parece interesada en nada y, generalmente, no emite palabra, excepto cuando le preguntan sobre ella misma. Puede pasar horas describiendo su pelo, sus uñas, los zapatos que consiguió o la infección que le provocó el piercing de su ombligo. A veces menciona un novio secreto, que al parecer tiene algún tipo de compromiso previo, con el que piensa formar una gran familia y viajar por el mundo "para disfrutar". Si alguien le pregunta cuántos años tiene el famoso muchacho, ella sonríe con picardía y baja la vista. Exactamente el mismo gesto hace la madre de María del Carmen, cuando alguien se atreve a preocuparse por Yanet y le pregunta sobre lo que anda diciendo su hija. Sonríe, baja la vista y agrega: "Son cosas de chicas, nunca tuvo novio, no tenemos computadora y en mi casa ni siquiera hay internet".

 (Cuando llega a su habitación, después de un día adormilado, se encierra en el baño, que es su lugar preferido del mundo. Deshace el elaborado peinado despeinado, cubre los mechones de color con papel crepé, se quita la ropa que de puro ajustada le ha dejado las huellas de las costuras impresas y se para frente al espejo. Examina allí las heridas recientes y las compara con las viejas:  muslos y brazos están cubiertos de pequeñas cicatrices paralelas, dolorosos rasponcitos que Yanet le hace a María del Carmen y luego cubre hábilmente con pañuelos, calzas y brazaletes durante el día, pero que, al llegar la noche, le gusta observar).

Al final del día, despojada, delgada y mortecina, la niña de indefinido nombre se mete en su cama para dormir. A la luz del celular, que está subiendo su nuevo video, le es fácil imaginar un ángel inmenso, color violeta, que la abraza fuertemente y la cobija con sus alas.Y así, entre la tibieza de las plumas invisibles, ya casi dormida, con el pulgar en la boquita como cuando era bebé, se abandona hasta ser presa del horrible sueño recurrente, en donde María del Carmen batalla valerosa contra Yanet y vence sólo algunas veces, esperando que llegue el amanecer victorioso que la transforme definitivamente en una mujer indemne y con un solo nombre.

7. Crónica de un femicidio

Ilustración: Aylén Giraudo


Un efectivo de la policía demasiado jovencito, atrevido y locuaz, me contó los detalles. Había conversado con muchos testigos, pero lo sabroso, lo clave, residía en lo registrado en el diario íntimo de la novia, hallado entre sus pertenencias. Según esas anotaciones, "cuando sucedió, pensó que había sido un error, que era su culpa, que lo tenía merecido. Lo había conocido bañada en soledad, metida bajo el caparazón de una tortuga marina, desesperada, de pie contra la escalera del boliche a donde iba a bailar". Una amiga había agregado datos que quizás podrían ser importantes para la introducción: en aquellas épocas, la víctima cumplía rituales. El muchacho había profanado insólitamente el diario de la joven; pude ver su caligrafía impetuosa en los márgenes del pequeño libro: "Palabras mejor amiga menor de edad (textual):  viernes por la tardecita, matineé; conseguir ropa prestada, bañarse, maquillarse, vestirse, secarse el pelo largamente, caminar lento hasta la puerta, mimetizarse con la multitud, camuflarse, desaparecer, la escalera y la barandita. Ahí: mirar, mirar, devorar a la gente con la mirada hasta encontrar unos ojos que coincidieran y hacerse notar. El juego de la media naranja, del príncipe azul, del amor de la vida: alguien que devolviera la mirada, por lo menos. Cruzar los dedos, anudar pañuelos, improvisar sortilegios. Si continuaba durante más de una noche, cualquier detalle bastaba para convertirlo en especial."

La víctima había anotado en el diario todo lo sucedido usando una prosa omnisciente y florida que permitía prever al lector el dramático desenlace: "Lo vio, él la vio, fue hacia él:  lo abordó, bailaron, se agitaron juntos. Entre brazos y piernas y pelo ajeno él le pasó la mano por la cintura y le gritó al oído algo que no entendió, pero no importaba nada a esa altura. Cuando lo vio venir hacia ella, de día, desde el banco de la plaza, vio caderas anchas, ropa estridente, cabello esponjado, papada, lunares, pecas, pero NO IMPORTABA." El proceso de enamoramiento estaba descripto como el armado de un trabajoso rompecabezas: paso a paso ella iba descubriendo piezas desagradables, pero sometidas al proceso del "no importa" encajaban una a una, una a una, y "lo que se veía dejaba de verse, lo que se olía dejaba de olerse, lo áspero se volvía imperceptible, el contexto desaparecía. 'Lo amo', 'lo amo', 'lo amo' escrito  por todas partes, susurrado, cantado, gritado, soñado, 'LO AMO' con mayúsculas, en cursiva, con negrita o subrayado."  "Con la histeria y la abnegación de una fan", en opinión del policía aspirante a la fama mediática. (Aquí el muchacho había abandonado el tono entusiasta y me había confesado sentir aprensión; incluso me alcanzó el diario para que me cerciorara de que no exageraba en un punto con la repetición de las palabritas y me permitió tomarle unas fotos).

"La primera vez fue un sonoro cachetazo". Había testigos del hecho. Continuaba la trama en las páginas rosadas; la enardecida escritora enfrentaba el conflicto y emprendía su desarrollo ensayando una explicación: "El NO IMPORTA sonó hueco, pero sonó". Tirones de pelo, mechones arrancados, luego, con o sin testigos. "El NO IMPORTA se reforzó con un sentimiento de orgullo y vanagloria... ser importante, no tener que ir a la matineé, no tener que hacer el simulacro para llegar a la escalera sin que la gente notara que estaba sola, no tener que fingir conversaciones con desconocidas en grupo para confundirme en la multitud, parecer normal, quitarme lo patético y... TIRAME del pelo, PEGAME en los brazos, RETORCEME las muñecas... Me caigo en el piso porque LO AMO y me pega porque me ama y no puede evitarlo".

 "Vaya a saber usted qué número de agresiones habrá sufrido. Éste va a ser un caso de gran relevancia en los medios, seguramente, tendré que prepararme para enfrentar a las cámaras", había agregado el policía, con la voz opaca, creando el clima propicio para arribar al final de la historia.

No lo soporté más. Era absolutamente previsible lo que iba a decir, qué misterio diferente al de la muerte podría encerrar otro librito de tapas rosas edulcorado, enfermizo y banal: experimenté el intenso sufrimiento que durante las próximas horas caería sobre los seres queridos; la desesperación de una mamá, de un papá, de algún perrito, el tremendo escalofrío que atravesaría a los padres del novio criminal... el desastre, el dolor, la desolación que el entusiasmado oficial había comprimido dentro de la palabra "caso". Me contaron días después que tuvo que ver con fuego, porque cuando el indiscreto narrador abrió la boca, insuflado de entusiasmo, para plagiar el desenlace, agitando el antaño íntimo diario vejado por todos lados... me sublevé contra sus ínfulas de relator de cuentos policiales y le pedí  bruscamente que no continuara. Con placer perverso contemplé las palabras no pronunciadas apagarse en su boca enmudecida, le dije que ya contaba con los datos suficientes para redactar la crónica y me alejé presa de un rapto de egoísmo supremo, temerosa de que la imagen final de la fallida novia se escapara de mi mente al ser articulada por alguien que no le concedía la menor importancia. A esta altura sé que sería en vano intentar explicarlo, decirle al policía ( o a alguien) que los casos ,cuando son femicidios, para mí son voces fantasmas que me invocan y rodean hasta encarnar en un único relato incesante (en intento vano de exorcismo), garrapateado en mis personales, íntimos y enfermizos libritos rosados. Ya dejé de contarlas: son muchas; nunca volveré a estar sola. No me resisto: creo que ellas saben que el final, cuando lo escribo yo, nunca queda del todo cerrado.