PROYECTO PIBE LECTOR

#PROYECTOpibeLECTOR: Para leer alguna de las 59 ficciones de mi blog en Infobae, accedé haciendo click aquí.
Buscá la fan page del Proyecto en Facebook, click aquí: PROYECTO PIBE LECTOR.

domingo, 9 de marzo de 2014

Escena de escuela. Acerca de los Consejos de Convivencia


"La letra con sangre entra" Goya



A veces las concepciones mentales  que la gente tiene de la escuela chocan con la realidad. Una de ellas es la que tiene que ver con el funcionamiento de la disciplina y las sanciones que debieran aplicarse ante la violación de las reglas. Cuando ocurren situaciones extremas que llegan a los medios de comunicación, la sociedad asiste estupefacta  a relatos que, fuera del contexto actual, hacen que los comportamientos de las autoridades de las escuelas parezcan carentes de sentido.  Recuerdo el caso de lo que hicieron algunos alumnos del Colegio Nacional dentro de la Iglesia de San Ignacio de Loyola el pasado septiembre, por ejemplo, o el conjunto de padres que decidió hacer justicia por mano propia y golpeó al papá de un niño de 11 años presuntamente acosador  en la puerta de una escuela de Caballito, en noviembre. ¿Qué es lo que reclamaba la gente en esos casos? La expulsión de los alumnos en cuestión.

Es cotidiano para los que trabajamos en las escuelas que padres y alumnos reclamen sanciones que años atrás eran consideradas como lo correcto y aún están legitimadas en la opinión de gran parte de la sociedad. Amonestaciones, jefes de disciplina, expulsiones y penitencias más o menos creativas están naturalizadas desde más allá de los tiempos de Juvenilia, en donde Cané cuenta su adolecer de adolescente ungido de la famosa arenilla dorada. Además del sencillo hecho de que el niño o el adolescente de hoy vive y se comporta de modo acorde a una realidad absolutamente diferente a la de las generaciones anteriores, existió un cambio de paradigma en el tratamiento e interpretación de cuestiones disciplinarias y ese cambio está vigente en la escuela actual. 

Sumado a las decisiones que pueden tomar los directivos, existe en las escuelas (o debe existir) el Consejo Institucional de Convivencia. Este Consejo debe estar conformado por un conjunto de profesores elegidos como referentes por cada curso, un preceptor, alumnos delegados y subdelegados electos de igual manera y, dependiendo de las características de cada institución, puede integrar auxiliares y papás. El Consejo debe ser coordinado por un docente de la institución, preferiblemente electo por sus pares. En una situación ideal, el coordinador debería percibir un salario y ser un profesional psicopedagogo, psicólogo, mediador, etc. La gran mayoría de las veces (quizás haya situaciones que desconozco), el docente coordinador se vale de sus buenas y desinteresadas intenciones, su tiempo y su sentido común.

 El Consejo de Convivencia tiene que ver con un modelo  democrático de inclusión y de reflexión sobre las normas y el incumplimiento de las mismas, y llevado adelante en forma eficaz, en mi opinión, además de ser un órgano fundamental de resolución de problemáticas cotidianas es un generador que propicia situaciones ricas para desarrollar el pensamiento crítico de los alumnos. En estos momentos en donde la violencia asoma o irrumpe por todos lados, ser delegado de un curso puede ser para un chico una experiencia que lo enfrente con la necesidad de elaborar y defender  una argumentación. Doy un ejemplo concreto que resuelve un problema cotidiano (y no un caso extremo como los mencionados en el primer párrafo, que exceden lo que pueda hacer un Consejo de Convivencia por sí solo y demandan ayuda del gabinete psicopedagógico, de directivos, autoridades y familias):

Problema: Profesor ingresa en el salón de clases de un 3er año. Un alumno, recostado sobre su mesa, habla por teléfono. Todos deambulan, la mayoría celular en mano, hacia sus respectivos asientos. Una vez allí, continúan usando el celular apoyándolo en sus piernas, más o menos escondidos. Tres alumnos tienen colocados unos auriculares gigantescos, como de disc-jockeys, otros usan los que son pequeños, la gran mayoría los deja colgar de bolsillos o cuellos. El profesor se dirige al alumno que está sobre la mesa:
_ ¡González! (siempre hay algún González) ¡Estamos en clase!
Y ahí empieza la interminable pulseada, que durará más o menos minutos, según la personalidad que despliegue el profesor en cuestión: "Es mi abuela, que está internada", "Mi mamá me puede llamar en cualquier momento porque está por morir mi... mi abuela" (siempre las abuelas, eso es atemporal), "No puedo, profe, soy adicto al celu", "Yo estoy tranquilito así y no molesto a nadie", "No quiero", "Tomátelas" (sí, al profesor), etc., etc., etc.

Norma: No se puede usar en el aula celulares, auriculares, etc, en forma indebida.

La norma es sencilla y la dicta el sentido común: ningún alumno puede aprender nada en clase si está jugando on line o escuchando música. La propuesta es votada y aprobado lo siguiente: cada delegado llevará una caja al salón en donde se depositarán voluntariamente los aparatos “para no caer en la tentación de usarlos”. ¿Qué pasará si un alumno incumple la norma? Deberá entregar el aparato en cuestión en dirección y le será devuelto a sus padres. Todos satisfechos en el Consejo porque se terminarán la pérdida de tiempo y las discusiones interminables sobre el bendito tema (sólo los lectores que trabajan en las escuelas públicas entenderán la magnitud de este problema moderno). Finaliza la reunión.

En mi ejemplo, las dificultades comenzarán al trasladar las decisiones en el aula (y no está mal que eso suceda). Muchos alumnos pondrán el grito en el cielo y  no querrán dejar de utilizar su música y juegos durante todo el tiempo. En ese momento será necesario que los profesores respaldemos a los delegados y a las decisiones del Consejo, que conversemos en clase sobre el por qué de lo que se ha establecido y, fundamentalmente, que nos informemos y no desautoricemos la norma en ningún sentido. Si estamos personalmente en desacuerdo con algo o tenemos sugerencias, podremos dirigirnos al coordinador o participar en una reunión del Consejo para proponerlas.

Para finalizar, enunciaré algunas sugerencias para aumentar la eficacia del Consejo de Convivencia:

. Crear un grupo de Consejeros voluntarios. Los alumnos de años inferiores suelen escuchar  a sus pares “grandes” con más atención que a sus profesores cuando se trata de problemas cotidianos. Además, de este modo se reduce la brecha que produce la edad y se promueve el intercambio de experiencias, el diálogo y el sentido de pertenencia a la institución.

. No limitar las funciones del Consejo a impartir sanciones reparadoras, sino extender sus atribuciones a actividades de fomento y prevención. Si el Consejo está presente todo el tiempo en las formas de organizador de concursos, recaudador de dinero para comprar regalos y mejoras para la escuela, excursiones, etc., si los padres intervienen activamente, los alumnos lo considerarán algo útil y que los representa, y volveremos a esa noción tan saludable que teníamos cuando los de cierta edad éramos adolescentes y “adolecíamos”:  “Existe una regla, si la rompo deberé enfrentar X consecuencias y hacerme cargo”. De eso se trata el Consejo, de enseñar a respetar normas, de darle sentido a las mismas y de que si alguien tomó la decisión de transgredirlas, hay que enseñarle a hacerse cargo.

¿Se puede "hacer reflexionar" a los alumnos que dañaron la Iglesia de San Ignacio de Loyola? ¿Se puede hacer algo para que cambie ese nene de 11 años acusado de ser violento? Repito: el Consejo de Convivencia en soledad no puede hacer nada significativo en esas situaciones; la resolución de problemas graves demanda la intervención  de la comunidad educativa en pleno. Hechas las preguntas anteriores en un trabajo de investigación a modo  de "sanción reparadora", una alumna contestó: "Mi papá me contó que mi abuelo le hizo lo de la letra con sangre entra. Es más fácil pegarle un cachetazo a un chico o echarlo que tomarse el trabajo de sentarse tranquilo y conversar con él, preguntar por qué pasó lo que pasó... Él hizo eso conmigo hoy y yo voy a hacer eso con mis hijos cuando los tenga, porque quiero que sean buenas personas y es la única forma de lograrlo".

Este texto puede leerse en: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/03/10/escena-de-escuela-acerca-de-los-consejos-de-convivencia/

sábado, 1 de marzo de 2014

En silencio respetuoso

La voy a hacer corta:

Primer día de clases en una escuela bonaerense bien argentina. La docente aguarda emocionada ante la puerta del aula. Impecable, luce un peinado de peluquería, demasiado maquillaje, alhajas estridentes, zapatos cómodos bicolor con taco bajo. Bajo el rollizo brazo oprime la cartera de cuero liviana en esta época del año, flamante cofre que atesora una agenda primorosa (regalo del marido comisario), lapicera fuente azul, negra y roja, cuadernos vírgenes especialmente seleccionados, forrados, foliados y etiquetados... En el escritorio de roble espléndidamente lustrado la aguarda una humeante taza de té. Las blancas palomitas, no menos emocionadas, aguardan de pie en silencio respetuoso el: "Buenos días, alumnos", para comenzar la jornada, tomar asiento y finalmente estrenar las no menos etiquetadas y esplendorosas lapiceras.

Digno de una novela... del siglo pasado, de los recuerdos almibarados de alguien de más de medio siglo de edad, de otros tiempos que se fueron para jamás volver. El "silencio respetuoso" dejó de ser impuesto, afortunadamente, pero en las escuelas de hoy el docente debe ganárselo. Porque no le es inherente, no le es atribuido, no viene con las blancas palomitas inculcado de las casas. De eso estamos hablando, cada uno a su manera, los docentes que salimos a protestar ante las acusaciones diversas donde suena de trasfondo la palabra "vago" a cada rato en este momento de discusión salarial.

Si entre todos no cambiamos esa concepción y no reconocemos al docente como un profesional de la educación (que no debe ser un sacrificado e ineficaz sacerdocio desde ningún punto de vista), los niños y los adolescentes argentinos continuarán escuchando en sus casas y televisores que la persona que está entrando en el aula no merece su respeto y las consecuencias de ese imaginario colectivo se verán en la educación argentina del siglo XXI, no en la del XX ni en la del XIX. Si le ponemos onda, lograremos el cambio.

Este texto se puede leer en: http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/03/03/en-respetuoso-silencio/

miércoles, 26 de febrero de 2014

Todos contra los docentes

Hace unos meses decidí, luego de escribir sobre el informe PISA, quitar de este blog mis textos sobre educación. En pocos días mi artículo se había desparramado, había levantado voces airadas, simpatías, antipatías... el sentido de haberlo escrito se había difuminado y sanseacabó, "eliminar", listo. Decidí no volver a publicar en este lugar textos polémicos que no fueran literarios. Pero hoy, la verdad, estoy en el borde. En el borde de la indignación gigantesca, esa que dura como todo el año. Así que acá va lo que pienso de la catarata de desprecio hacia los docentes que anda circulando por las redes sociales y los programas de televisión:

1. Los docentes NO TRABAJAMOS 4 HORITAS DE MORONDANGA. No se puede generalizar sobre eso: hay maestras de grado y de jardín, hay profesores de materias especiales, hay profesores de secundaria. La carga horaria en general que uno cumple depende del trabajo al que logra acceder (por ejemplo, una profesora jovencita tendrá un bajo puntaje y quizás en este momento del año haya sido desplazada de los cursos que con penuria logró tomar a lo largo del año pasado en los actos públicos y tiene que comenzar nuevamente a asistir a los actos acompañada de su suerte para buscar nuevos trabajos). Conozco profesores que tienen 20 horas semanales titulares y complementan su sueldo con horas provisionales (no se puede poseer más de 20 módulos titulares) trabajando mañana, tarde y noche, viajando de escuela en escuela. Ayer me cansé de hacer zapping y escuchar que los profesores trabajan "unas dos horitas a la semana"... LOS PROFESORES VIAJAN DE ESCUELA EN ESCUELA, ENTRE MAÑANA, TARDE Y NOCHE, DE CURSO EN CURSO DE "DOS HORITAS", tomando colectivos, remises, taxis o en su propio auto, envueltos en el trajín de juntar un sueldo que les permita vivir. ¿Eso repercute en la educación que imparten a sus alumnos? Obviamente, pero es tema de otro texto y no de éste. ¿Hay docentes que trabajan cuatro horas o dos horas nada más? Sí, obviamente, hay docentes que tienen trabajos diferentes al de la docencia, hay docentes que tienen maridos o esposas adinerados, hay docentes que pertenecen a la clase alta, hay docentes que se ganaron el loto. Pero esos son los menos, se imaginarán.

2. LOS DOCENTES NO ESTAMOS PERPETUAMENTE DE LICENCIA. Es increíble que la gente diga eso. Y no solo eso. Dicen que hay por cada cargo cuatro o cinco personas cobrando sueldo sin trabajar. ES UNA BARBARIDAD DECIR ESO. Hoy leí un cartelito compartido en facebook en donde alguien acusaba a los docentes de sacar licencia por "enfermedad de mascota". ¿De qué están hablando? Otra vez: conozco profesores que no faltan ni una vez al año, profesores que a veces se enferman y deben faltar, profesores grisáceos que abusan de las licencias porque tienen algún médico inescrupuloso amigo y consiguen fácilmente certificados médicos para presentar ante Reconocimientos Médicos, donde el médico que recibe y controla el certificado que presenta también es su amigo... son muy pocos los últimos casos, como se imaginarán. Si uno toma una suplencia, probablemente tarde mucho en cobrarla. Conozco profesores que trabajaron todo un año sin cobrar. Conozco profesores que no cobraron.
Las escuelas son lugares en donde no se puede entrar alegremente con una enfermedad contagiosa. Y la docencia es un trabajo muy complejo que no se puede llevar adelante con una enfermedad. Pero los docentes no viven enfermos... son personas que a veces se enferman, como todas. Tienen que ir al médico y luego, con el certificado, a ver a otro médico que le dará los días que considere necesarios para el reposo o recuperación. Y luego llevar el papelito que le den escuela por escuela, dentro de las 48 hs de emitido. Lo de las mascotas es una pena que no cuente, lo bien que me vendría que existiera esa licencia.

3. LOS DOCENTES NO HACEN NADA, SON UNOS VAGOS. Ahí está en mi opinión uno de los problemas que ocasionan la crisis de la educación actual. EN NUESTRO PAÍS, LA GENTE OPINA QUE LOS DOCENTES DEBEN SER POBRES Y TRABAJAR GRATIS PORQUE SU TAREA NO SIRVE PARA NADA. Ayer escuchaba a una diputada hablar en un programa de televisión. Dijo que ganaba 25.000 pesos. Las docentes que estaban sentadas adelante de sus ojos habían declarado que ganaban cerca de 5.000. Dijo que en este país, cada persona ganaba de acuerdo a sus capacidades, a su talento, que todos tenían la posibilidad de trabajar y ganar diferentes sueldos. Hablaba tan rápido que pasaban desapercibidas sus palabras, al parecer. A mí no me pareció en absoluto algo inocente: ¿CÓMO PUEDE ALGUIEN NO ENTENDER QUE LA GRAN MAYORÍA DE LOS DOCENTES SOMOS PERSONAS QUE ELGIMOS ESA PROFESIÓN A PESAR DEL SUELDO QUE SABEMOS QUE EN ESTE PAÍS VAMOS A GANAR? Esta buena señora gana 25.000 pesos... ¿tiene capacidades superiores a las de los médicos de los hospitales públicos, a las de los bomberos, a las capacidades de los miembros de la Cruz Roja, a las de los de Defensa Civil, a las de los policías? ¿A las de los profesores en Letras, a las de los de Historia, de Biología, de Filosofía, a las capacidades de los contadores, abogados, ingenieros, etc.etc.etc. que circulamos por las aulas de las escuelas públicas dando clase? ¿Tiene "más talento"? ¿Merece vivir con más dinero porque eligió una profesión "mejor" ?

4. LOS DOCENTES NO TENEMOS TRES MESES DE VACACIONES. Es indignante que me digan eso. Yo terminé de trabajar en navidad, prácticamente, agotada hasta la exasperación. Y el 17 de febrero ya estaba tomando exámenes. Y tuve 15 días de receso en invierno. Y punto.

5. LOS DOCENTES NO ESTÁN CAPACITADOS. Bueno, trabajo de profesora porque tengo un título que me habilita para eso, entre otras incumbencias. Todos los docentes tienen uno, terciario o universitario. Nos anotamos en un listado, cumplimentamos requisitos, tomamos los cargos que tenemos en actos públicos. No pasábamos por ahí, por la puerta de la escuela, alguien nos chifló de adentro y nos quedamos. No andábamos por ahí sin haber ido nunca a la escuela, sin saber absolutamente nada de nada y, como no servíamos para nada, nos ofrecieron estar al frente de clases y escribir miles de papeles y aguantarnos los toscazos.

  He repetido en muchos lugares que las personas que no trabajan en las escuelas públicas no tienen la menor idea de lo que sucede ahí. Tengo dos títulos docentes, podría elegir cualquier lugar para trabajar. Tengo un título universitario de la UNLP. Amo la docencia, defiendo la educación pública, mis hijos se están educando de esa manera. ELIJO MI PROFESIÓN y sé que voy a cobrar poco, pero no pretendan que me voy a contentar con eso y no voy a protestar. Si los profesores ganáramos un sueldo digno, podríamos tener menos alumnos y dejar de viajar como locos enceguecidos de escuela en escuela. Y la educación que recibirían los chicos, sería de mejor calidad. Podríamos planificar más ambiciosamente. Y así seguiría la lista de los "podríamos".  Yo doy clase en edificios destartalados, en aulas que no son aulas sino pedazos de durlock roto y ensamblado, con palomas mirándome desde techos agujereados o, directamente, desde un tinglado porque no hay techo. En invierno, con los guantes puestos y la bufanda,  cuento cuentos y sale el vaporcito de mi boca y los chicos me miran ateridos y trabajo igual. En verano, transpirando agobiada, a veces abajo de un árbol porque los pobres alumnos no dan más del calor. Y trabajo igual. Llevo mis tizas y mi borrador porque a veces no hay. Llevo el caloventor de mi casa. Me llevo a mí misma y trabajo con esos centenares de adolescentes, los escucho, converso con ellos, me intereso en lo que les pasa, intento levantar puentes en esa desolación que tienen y hablo de las posibilidades de ingresar en la Universidad Pública, de la necesidad de estudiar y de ser buena persona para poder ser... poder ser...
  Jamás le diría a un alumno que va a ganar dinero según la profesión que elija. Les digo que piensen qué trabajo les gustaría hacer, qué se imaginan haciendo "cuando sean grandes"... Algunos contestan que se imaginan haciendo delivery de pizzas... con su propia moto. Otros me dicen que se imaginan curando perritos... veterinario. Otros me dicen que se imaginan "técnicos radiólogos", o "mecánicos dentales"... y yo sospecho que hay algún pariente asesor por ahí. Otros se imaginan enseñando, como yo. ¿Y saben qué? Cuando una alumna o alumno me dice que cuando sea grande quiere ser docente... ese alumno me lo está diciendo entre paredes descascaradas, ante un calefactor que no funciona o un ventilador de techo sin aspas, frente a una ventana que no tiene vidrios y me lo dice igual. Qué diría la diputada. Supongo que le contestaría algo como "bueno, querido, siempre podés cuando te recibas dar clase en una privada con alumnos como la gente"... rapidito se lo diría, casi sin respirar.

No voy a entrar en el tema de lo difícil que es dar clase en estas épocas. En las problemáticas de los niños y adolescentes actuales. En el desborde emocional y físico al que llegamos los que trabajamos en las escuelas tratando de enseñar y contener a la vez. En las agresiones permanentes. ¿Cómo una se va a asombrar ante un padre que viene a insultarnos, ante un alumno que nos putea de arriba a abajo, si la opinión colectiva en este momento está confirmando todas las acusaciones enumeradas arriba? ¿Cómo revertiremos esto?

El día que los docentes ganan un sueldo digno, el día que los docentes ocupen un lugar respetado, el día que los docentes dejen de ser los acusados de ignorantes, de vagos, de corruptos, de lacras, de perdedores.... el día que los docentes podamos entrar en el aula y ésta sea un lugar digno y los alumnos nos observen con respeto cordial, saquen sus carpetas y lapiceras y tengan ganas y actitud positiva ante la clase... ese día... los alumnos aprobarán las pruebas PISA y comprenderán lo que lean. Yo no sé si ese día seré más o menos feliz que ahora adentro de las escuelas, lo que sí sé es que seguramente podré trabajar mejor y al finalizar el año no sentiré la enorme frustración de haber trabajado en vano para la gran mayoría ante el éxito solitario de unos pocos.

Este texto fue el primero en ser publicado por Infobae, en su columna de opinión. Puede leerse en:
http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2014/02/27/todos-contra-los-docentes/

sábado, 14 de diciembre de 2013

Mi vecino

Supongo que Carlos conoce absolutamente todo de mí, pero sin imagen. Es mi vecino y su patio está separado del mío por un pardón de ladrillos finitos, colorados, antiguos, que me gusta mirar cuando me fumo algún cigarrillo con los pies apoyados en el pasto. No puede verme, yo no puedo verlo, pero nos escuchamos. Y cómo.
Seguramente Carlos sabe que mi casa tiene pulso porque está llena de voces. Está mi perrito, que ladra con desesperación cuando suena el timbre (claro, está el timbre), cuando escucha algún gato, cuando alguien se pelea, cuando mis vecinos de adelante andan por el otro patio, que a Carlos le es vedado. Está mi gata, que maúlla delicadamente porque quiere entrar y porque quiere salir, entrar y salir, entrar y salir, todo el santo día. Están los televisores, las computadoras, la música que pone mi hijo adolescente y la que produce, con sus variadas guitarras. Está la voz aguda de mi hijo chiquitito, la no menos aguda de mi hija, el vozarrón de mi marido y mi voz, apagada y tonta, pero constante, ahí, "maáaá" "queéé", todo el santo día. Están las risas, los llantos, los cánticos, las discusiones. Un mediodía común, exactamente a las 12:46, en audio, podría ser: 
"¡Vamos, hija, siempre lo mismo, ya es muy tarde, te estoy esperando!" (mi voz, sobre el volumen de Phineas y Ferb, que está bastante alto)
"AAaaaahhhhhhhh, aaaaaaaaaaaaaahhhhhh, aaaaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyy, dónde están mis zapatillassssssssssssss" (mi hija gritando desde el  piso de arriba como una desaforada)
"¡Pero será posible, siempre lo mismo, ahí voy!" (yo, haciendo ruido al subir la escalera, marcando los pasos como hacía mi papá con las chancletas cuando yo me portaba mal de chiquita y decía que me iba a dar un chancletazo, igualito, pero sin darme cuenta de que lo hago por eso)
"Aaaaaaaaaaah, grrrrrrrrrrrrrrrr, aaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhh, me tengo que lavar los dienteeeeeesssssss" (mi hija, que se sigue revolcando por el piso y su cama y grita como si la estuvieran chancleteando sobre los ladridos entusiasmados de nuestro perrito, que brinca abajo, arriba, al costado, multiplicado en centenares de perritos tan bonitos como molestos)
"Vamos, dale" (Yo. Portazo. Ruido de carros de mochilas que se arrastran).
Salís y, a veces, mientras das vueltas a la llave, te encontrás que justamente en ese momento está saliendo (o entrando), Carlos. Y sonreís discretamente y decís "Buen día" o lo que corresponda, porque es un perfecto desconocido el vecino, ése del que sabés que es traicionado por su joven concubina por las tardes de los jueves, que es odiado por su mamá nonagenaria, que le gusta llorar en el patio cuando tomó fernet, que es de River, que le gusta Metallica, que canta como un orangután, que es maniático de la limpieza y el orden, que es alérgico a las abejas, que toma diazepan porque bruxa cuando duerme, que trabaja en una peletería que está siempre a punto de cerrar y se desespera pensando que se quedará sin trabajo, que añora a sus hijos casados, que tienen hijos que son sus nietos y nunca ve, que le tiene miedo a la oscuridad y duerme con una luz prendida, que tiene un amigo al que ama y detesta que se llama Aníbal y, por sobre todas las cualidades que pueda llegar a tener, que es un puteador empedernido que pronuncia las P y las RR con una voz cavernosa provilegiada que hace vibrar cuanto vidrio haya en las ventanas, intermitente y religiosamente, las 14 horas al día que pasa en su casa. "Buen día", contestará cortés Carlos, y pensará asombrado qué diferente suena mi voz cuando está acompañada de mi cara, lo mismo que estaba pensando yo, mientras me alejaba entre los ruidos del carro de la mochila murmurando entre dientes a mi hija "Por qué no saludás, maleducada, mirá cómo me hacés quedar con el vecino..."

sábado, 2 de noviembre de 2013

Viejo en la vereda

 Margarita lleva ya cinco años ocultando su desperfecto. Sé exactamente la fecha porque estaba en la vereda del club cuando la vi entrar con el aviso clasificado plegado prolijamente y asomando por el borde de la vieja cartera que aún sigue usando.
Ella prefiere considerarlo así: una falla química en su cerebro, algo relacionado con líquidos y sustancias finas y delicadas imposibles de replicar mediante alquimias humanas. Le tomó tiempo interpretarlo de ese modo, porque al principio creyó que tenía que existir un tumor, algo denominado de manera temible con desinencia en noma, una entidad extraña compuesta de sebo, grasas o cera de oreja que explicara ese cambio drástico en su personalidad que la obligó a buscar la oscura biblioteca del club y convertirla en su escondite.
(En realidad no la obligó nada, ella sola tomó sus decisiones, pero para Margarita siempre fue inteligible atribuir sus cambios a fuerzas externas).
Lo que le pasa es lo siguiente: se quedó en carne viva. No literalmente (hubiera sido más fácil de ese modo); basta con que un perro callejero levante la vista ante su paso y la vea para que Margarita se sienta atravesada por el dolor más hondo del planeta. Al principio fue desconcertante: si un vendedor no le devolvía el saludo al entrar en un negocio, si un desconocido la empujaba en el apretujado devenir del tren Sarmiento, si un automovilista le gritaba que era una idiota por cruzar la calle distraída... ella quedaba sumergida en un estado lastimoso durante, por lo menos, tres semanas. Así lo supo, y apenas tuvo conciencia de ello, se organizó.
No se lo contó a nadie. Le parecía absolutamente vergonzoso poder experimentar semejante intensidad de sufrimiento cuando no había relación alguna de coherencia con las causas... ¿Qué derecho tenía a arrastrarse de dolor con el estómago como en una montaña rusa en picada de puro vértigo si existían madres a las que se les habían muerto hijos, personas que se enteraban de que padecían enfermedades incurables, gente que sin querer había ocasionado daños irreparables a sus seres queridos? ¿Qué derecho tenía ella para sufrir esa clase de pureza y cantidad inconmensurable de dolor? Ningún derecho.
Margarita se volvió hábil para disimular su inconfesable desequilibrio químico. Pasó por diferentes etapas de experimentación: negar lo que le pasaba no lo hizo desaparecer, restarle importancia lo acentuó. Redujo al máximo las posibilidades de que se desencadenara el episodio: abandonó a su novio, dejó de ver a todas sus amistades, se mudó a otra ciudad, tiró a la basura su celular, dejó de estudiar Medicina, se cortó el pelo. Afortunadamente, no había tenido tiempo para tener hijos, solía decirse ante el espejo, pasando agua fría por los ojos hinchados. Consiguió trabajo en la biblioteca del club de mi barrio y, abruptamente, su vida enmudeció.
Margarita se dedica a catalogar y clasificar con ahínco, a mano, de modo obsoleto e inservible, el material ajado y sucio que generaciones de vecinos han preferido donar al club ante el deceso de algún pariente lector. Ordena libros que pertenecieron a muertos. Nada más inofensivo. Libros que nunca nadie ya leerá. Así puede esconder sus episodios lastimosos, entre anaqueles olientes a rata y a libro viejo. Un hombre la mira con severidad en el colectivo: tres semanas de ahogados sollozos entre dos mudos tomos. La señora del mostrador parecía asombrada (¿habría escuchado algo?); recurrir a otras artimañas: una gripe, una alergia, una mala noticia recibida recientemente, un familiar enfermo... Ver cómo desalojaron a la señora que vivía debajo del puente de Liniers, cruzar su mirada de hermana gemela y entrar en un milésimo segundo simbiótico en entendimiento con ella: licencia médica de cuatro meses por la pérdida de la voz (debería haber hecho foniatría, pero esa vez quedó tendida prácticamente inerte en la cama y casi no sobrevivió).
Cuando escribo este relato, estoy sentado en mi reposera, en la vereda, en la cuadra del club donde ella trabaja ahora. Nadie me ve, a pesar de que existo. Si la pobre sospechara que la observo, que la pienso, la interpreto y la invento, entraría seguramente en uno de esos estados pavorosos que conozco tan bien y reducen cualquier vida a hojarasca. No puedo contarle nada de eso, decirle que le pasa a mucha gente, que no tiene nada de malo ni de vergonzoso, que el delicado encaje que yo supongo denomina equilibrio químico se le altera a tanta gente que la industria farmacéutica no existiría si ya hubieran encontrado la cura. Imagino que tengo la llave del club y por las noches entro. Veo su letra prolija y la imagino inventariando libros, y si no hay polvo sobre un tomo de Poe, y si falta Henry James, y si los tomos de Las Mil y Una Noches cambiaron de lugar... voy tejiendo la historia donde Margarita es protagonista (como lo fue antes Ofelia, y antes Paula, y Horacio después) y así aquieto mis propios pozos del monólogo obsesivo, le doy coherencia a lo incoherente inventando biografías tristes a la gente desconocida refugiado en la ficción, en el simulacro de ser escritor sin papel ni lapicera, desde la soledad de mi reposera, la vereda, mi silencio y los libros, desde hace ya tantos años perdido en un laberinto mental inventado por mí que ya ni me acuerdo de cómo salir, ni lo intento.


viernes, 25 de octubre de 2013

21 Hoy nos toca Cortázar


Susana, una alumna de la nocturna, contó una anécdota que me dejó pensando. Su marido había sido remisero en épocas en donde los remises eran sólo para la gente adinerada y había ido a buscar a alguien importante al aeropuerto. Mientras conducía de regreso, el pasajero le preguntó: "¿Usted sabe quién soy yo?". El buen señor lo miró por el espejito retrovisor y le dijo que no sabía. "Debe ser muy afortunado, entonces", contestó el pasajero conversador. "Yo soy Julio Cortázar".
La anécdota me fascinó, quizás por lo sencilla. Me quedé pensando en cómo se verían los rostros en la penumbra, en la posibilidad de tener a Cortázar sentado en el asiento trasero del auto y poder decirle cosas, preguntarle, darle fuego o fumar un cigarrillo con él. Me pregunté qué le hubiera dicho si hubiera estado en el lugar del conductor en ese viaje. Después de pensar mucho, creo que sólo le hubiera agradecido por haber escrito cada una de sus páginas y le hubiese contado que, por esas cosas de la vida, la gente que lo lee con fruición termina llamándolo "Julio" y queriéndolo un poquito o mucho. Y que sus historias se convierten día a día en las aulas argentinas en la llave que inaugura la experiencia con la literatura. De eso se trata el siguiente texto, de Cortázar y la experiencia de descubrir la literatura en la secundaria:

Cada año, arranca nuestro domingo por la tarde cuando comienzan las clases. Soy peugeot. Subo a la autopista y me voy embotellando. Los demás autos, los necesarios, son hostiles al principio. Observan rebosando desconfianza,  distantes y exultantes, desafiantes o indiferentes. Algunos lanzan piedritas; los futuros Taunus blancos son los primeros en interpretar las palabras cuando empezamos a leer. En las primeras horas de la mañana comienzan a decir frases erizadas de "qués" y "que"  (es culpa mía, por supuesto, sucede porque lo permito):
-¿Para qué vino?
-¿Por qué no se calla?
-¿Para qué sirve leer esto? ¿Que quiere que haga qué cosa? 
            Durante los embotellamientos, toma tiempo organizarse. La pregunta que aún siendo ya modelo antiguo no puedo responder es la de por qué no soy Taunus. No puedo serlo, simplemente. Si me resuelvo e intento ser Taunus, inmediatamente, en el milésimo segundo transcurrido entre mi decisión y el ir a aplicarla, vuelvo a ser el ingeniero. No hay caso.
-¿Por qué no es Taunus? ¡Tiene que ser Taunus!
            No sé si es porque no quiero; lo segurísimo... es que no puedo.
            La cosa es que transcurre el tiempo y, en general, los embotellamientos devienen en juegos en el subterráneo a mediados del año. Es pura rutina  relampagueante la que vamos urdiendo: la prédica sobre el tigre, la continuidad de los parques, las hormigas, cefaleas, bombones y venenos nos atraviesa y eriza la piel en momentos gloriosos que son vida cotidiana y mi mester. A la hora de la siesta ( cuando ya estamos cansados), nos ponemos el pullóver o nos corre un indio.  Cuando se hace primavera empieza el asuntito incómodo de que toco tu boca y a la hora de la sed y el hambre es otra cosa y hasta podemos dormir, porque siempre soñamos y lo que para los demás son pesadillas, para nosotros es maravilla del universo.
            Hoy nos toca Cortázar. Ahora es.
            En un embotellamiento, lleva tiempo cambiar las miradas de los otros autos en puro ojos para adentro. Es peliagudo, complicado, como si fuera otro idioma ( por ahí sería más fácil si yo fuera Taunus, lo lamento tanto). El caminito es arduo: hacerles saber que conozco sus gestos, motores, carburadores, circuitos. Que me interesan sus ruidos porque los escucho con atención,  sus costumbres y preferencias. Que lo interesante es lo que pasa en el cuento, primero explicado y luego, una vez entendido, fantaseado, imaginado, pensado y repensado.

 Cae el atardecer cuando sucede. Fue necesario tener paciencia. Si abrieron la portezuela del auto, podrán arroparse pensando en la gloria de ser boxeador y escuchar cómo suena el jazz. Si no la abrieron y permanecieron indiferentes, no podrán.

En la autopista, todo es condicional y matizado de "quizás". Lo único inexorable es el transcurrir del tiempo.
En diciembre el camino se despeja, aceleramos por fin, atravesamos el puente, nos perdemos de vista. Dejamos el lugar fantástico y nos vamos al otro, donde no soy peugeot viejo sino andá a saber qué cosa familiar polvorienta y multiuso. Los que leyeron llevan historias indelebles en su corazón, los demás quizás vuelvan algún día a buscarlas. Cada uno termina en su casa, donde está el armario con los conejitos escondidos y el axolotl. Por mi parte, me dedico a descansar mientras cargo el combustible para volver a embotellarme al año siguiente: así es mi árbol mondrianesco; soy cuidadosa al seguir las instrucciones. Eso sí, tienen razón los que me acusan de esperar imposibles: durante las vacaciones dejo en la biblioteca linternas, abrigos y paraguas, no sea que a algún pobre diablo se le ocurra seguir leyendo, se meta y no pueda, con ese clima y la luz apagada.



sábado, 12 de mayo de 2012

El nombre del ciruja



Dicen que en el instante previo a la muerte, las personas tenemos que ver nuestra vida entera desfilar ante nuestros ojos. A mí me pasa eso en este momento.

Soy un niño pequeño, de pie ante las vías de la estación de Liniers. La marea de gente me atraviesa: van y vienen caras enojadas o preocupadas, hay ruido de pies, voces, bocinas, silbatos. Nadie me ve, porque no soy nadie. Mi pelo es lo único que se mueve en mi cuerpo; mis ojos están clavados en la nuca de ese hombre animalizado que también soy yo y que deambula vacilante en torno a las barreras, que están bajas. A él tampoco lo ve nadie: dejó de ser alguien hace mucho tiempo y las caras, brazos, pies, piernas de la marea de gente se escurren entre sus hendiduras acostumbradas a su no presencia de ciruja mugriento y bestial, inofensivo y cubierto de silencio.

Sigo ahí: me veo hacia atrás. Estoy más joven, pero sucio y desnudo como antes, envuelto en una bolsa de consorcio negra que tiene agujeros por donde salen mis brazos (no sé quién hizo los agujeros, pero allí están). Mis pies sangran entre las costras de coágulos viejos, mi andar se detiene e impulsado por el hambre meto las manos en los contenedores de basura de la General Paz y me unto la boca con una pasta repugnante, fría y amarilla que quizás fue comida alguna vez. Hace frío.

Mis ojos están minados por la desesperación.

Yo, niño, doy gracias al Universo por tener que verme sin sentir lo que sentía el hombre-bestia y tan exactamente recuerdo ahora que soy ése y estoy escuchando la campana que repica deambulando ante la barrera.

Me veo en la carnicería, metiendo carne cruda en el pozo que es mi boca; escucho las risotadas de los carniceros. No puedo pensar nada porque soy solo sentir sin pensamiento, pero ahora que soy niño veo una chica que vomita en la vereda completando la escena; en la esquina, una mujer que disimula dudosas lágrimas y se oprime levemente el pecho.

Lástima que no puedo cerrar los ojos. Suerte que no tengo que sentirlo de nuevo.

Tan breve. Y a mí, que me pareció una eternidad.

Veo la primera vez del pegamento. Si pudiera moverme sonreiría, de pura autocompasión; el relámpago del sentir me atraviesa: soy de edad indefinida, estoy peludo, sucio, mal vestido; el mareo del alcohol me arrojó sobre la vereda y estoy ahí yaciendo, escupiendo espumarajos ácidos sobre dos baldosas ennegrecidas... y sucede: me caigo. Cierro los ojos sin párpados porque sí siento en los dos lugares ahora: experimento la angustia infinita... me caigo en picada en el pozo que rebalsa miel fría, me hundo, no hay bordes ni piso, la desesperación es tanta, qué hago, qué hago, ayúdenme, acá estoy...

No puedo hacer nada...

Unas voces que se oían lejanas me acercan una bolsita y escucho que alguien dice "olé" afuera o adentro y con fruición me aferro a ese plástico y me inundo y conozco el pico de ansiedad y caigo inconsciente sobre mi propia saliva.

No puedo hacer nada... es tan triste. Desde acá veo el cuadro completo de nuevo: mi cabeza golpea contra el piso, las voces que se ríen ensordecedoramente y me arrancan las zapatillas, el pantalón, el cinturón, me patean, me escupen, soy un perro muerto, soy un objeto repugnante sumergido en la basura... Recuerdo mi nombre ahora: me llamo Roberto.

Me es tedioso de ahí en más; eso de recordar me es tedioso. Pero falta poco.

El niño que soy ahora me ve niño idéntico a mí mismo. Estoy en mi cama y la huelo y la experimento, mi pijama está remendado prolijamente, mi manito oprime un payasito de plástico caliente por mi calor y espero, espero, espero, pero llega el sueño antes de que llegue quien espero y sólo puedo murmurar su nombre justo en el instante en que me duermo: veo la luz, escucho el bocinazo, es ahora. Digo "mami" con una voz casi sin voz y salto encandilado frente al tren.

lunes, 17 de octubre de 2011

La sartén hirviendo.

"España". de Salvador Dalí

Carla y Marcia comparten el salón de 3er año de la secundaria. Ellas creen que sólo las une esa obligatoriedad de estar horas diarias, unos meses al año, en ese lugar escrito y roto, ruidoso y sucio, pero no es así. Lo voy a demostrar:

A Carla le empezó a pasar el año pasado, hace relativamente poco (a ella le parece que fue desde siempre, porque es adolescente y la separa un abismo de su niñez). Una noche estaba cenando en su casa, con sus hermanos y su mamá, cuando sintió una mirada en la nuca. Estaba contando lo que había hecho al salir de la escuela: había comprado pan, había esperado el colectivo, había mandado un mensaje que nadie había contestado. Se dio vuelta al sentir el puntazo en la base del cráneo y se encontró con la mirada del abuelo, que venía desde el extremo más lejano del living, cargada de censura y de reproches. Se sintió desconcertada, buscó la mirada de su mamá... y la encontró similar. No encontró explicación para ninguno de esos ojos, para esa tensión que de pronto había invadido el lugar y la había dejado en silencio. Escondió su cara para que nadie se diese cuenta de su turbación y siguió comiendo, en silencio. Así fue como cerró la primera puerta.

A Marcia, más que pensar en puertas, le gusta la imagen de un puente. Uno solo, enorme, sólido y gris, antiguo, de los tiempos del Imperio Romano. Ella empezó a quitar piedras de ese puente cuando era muy niñita, tan chiquita, que apenas recordaría la primera si no la hubiera anotado en un cuaderno ajado e intrascendente que atesora en su cuarto. Allí puede leerse: "Hoy mami me llevó al psiquiatra", garabateado con puño seguro bajo una fecha inverosímil, porque ese día ella tenía sólo cuatro años. Cuando Marcia lee esa anotación, baja la vista con un gesto idéntico a uno muy propio de... Carla. Recuerda imágenes: ella con ojos enormes y la cara blanca, los pelos renegridos despeinados a pesar de los esfuerzos de su madre, su extrañeza ante las conversaciones y juegos de las otras nenas del jardín, no me hablan, no quieren jugar conmigo, lo ininteligible de la situación a pesar de su claridad. La soledad. Marcia se recuerda siempre sola: sentada sobre una tabla allá lejos en el patio, sentada ante el escritorio de la directora, sentada en la sala de espera del psiquiatra, inmóvil en la cama mirando el techo e imaginando ser personaje de novela, personaje de cuento o de película y soñando despierta con abandonar el cuerpo inútil para poder ir a buscar algo que me hace falta y que no sé todavía qué es


Como empezó de tan niña a quitar piedras de su puente, la Marcia que está en 3er año de la secundaria concibe el abismo, experimentó la angustia en forma de mar embravecido y negro como brea retorciéndose adentro de la mente y del cuerpo e invadiéndolo todo, manejó con la respiración en noches interminables de insomnio la sensación de soledad y enajenación, e imagina que su puente está quebrado.

Carla considera que ya cerró todas las puertas y que está a salvo, pero en el fondo sabe que es una mentira que se dice a sí misma y que las puertas son de papel de arroz. Que lo único que espera es un pequeño gesto, una migaja ínfima de afecto, para derrumbar todo ese arsenal inservible que montó desde el año pasado y entregarse plenamente a, supone, ser feliz. Ella querría que la mano que abriera la primera puerta fuese la de su mamá, la mano que se apoyaba en su frente para verificar si tenía fiebre, la mano áspera que acariciaba mientras le hacían las trenzas bien ajustadas, como siempre pedía, la mano que tantas veces le había sacado los piojos mientras esperaba en silencio con la cabeza agachada bajo el sol pleno del patio de atrás mirando hormigas entre el pasto y pensando en canciones o en figuritas. Pero se miente nuevamente (su personalidad se perfila así) y disfraza esa mano materna abriendo la puerta y la convierte en Valentino, ese chico hermoso que la había mirado desde lejos y le había preguntado a su amigo el Petiso quién era ella, quizás, tal vez... Seguro, cuando por fin conozca a Valentino él se va a enamorar de mí y me voy a ir de esta casa y ahí sí que van a darse cuenta de todo lo que me querían. Se iba a ir, seguro. Iban a ver. La iban a pagar toda junta.

Carla no sabe muy bien qué quieren decir esas palabras que se le escapan de los labios cuando la fantasía con Valentino alcanza ese punto, pero en lugar de detenerse a analizar qué le han hecho, porqué se siente lastimada por su familia, porqué siente la necesidad de irse de su casa y de castigar a las personas que la quieren, sólo se siente agobiada y sube el volumen de la música en sus auriculares, se da vuelta en la cama y cierra fuertemente los ojos... o comienza a llorar en silencio. Mares ha llorado este año, Carla. Se queda dormida así y despierta con los ojos hinchados como ciruelas. Agua fría, qué tonta, mirá si hoy aparece Valentino y me ve así. 


Marcia sí reflexiona sobre lo que siente. Sobre lo que dice en voz alta y en voz baja. Sobre lo que dijo en el pasado, sobre lo que ha leído, sobre la forma en la que la luz cae sobre determinado árbol en otoño o en verano. De tanto pensar se ha acostumbrado a no ser cuerpo y ser sólo pensamiento, a que no le duelan tanto los ojos avergonzados y huidizos de su madre, los cargados de reproche de su padre, los burlones ojos de sus hermanos, tan parecidos a los de ella y tan diferentes. La loca de la familia. La paciente psiquiátrica. La solitaria. La incomprendida. Marcia se sorprendería infinitamente si alguien le dijera que, en general, sus reflexiones de madrugada se parecen mucho a las de Carla. Ya me voy a poder ir, ya va a llegar el día que me vaya y me voy a ir de esta casa y ahí se van a dar cuenta de todo lo que me querían. 


Escribo este relato porque hace unos días me encontré diciéndole a una Marcia, en el recreo, lo mismo que le había dicho a una Carla semanas atrás. Las dos, mientras yo hablaba, me han mirado intensamente, una con los ojos maquillados de celeste, la otra con los ojos sombreados de insomnio. Carla dejó uno de sus auriculares suelto para escucharme. Marcia soltó su carpeta de dibujos y escritos. Las dos dejaron por un momento su disfraz de indiferencia e impermeabilidad. Repito aquí esas palabras, escritas desde mi ignorancia, pero con cariño, para todas las Marcias y Carlas que las lean:

Ser adolescente significa en parte aprender a dominar algo que llamaré, sin rigor científico, "personalidad". Con los años podés convertirte en una persona serena o en una que ande gritando y llorando por ahí, una que resuelva todo a las piñas, o andá a saber, hay tantas formas de ser. Si terminás siendo la violenta o la insoportable, quiere decir que no lograste dominar tu personalidad y no agarraste el mango de la sartén. Porque la personalidad es como una sartén. A algunos les toca tibia, a otros fría, a otros chiquita, a otros cómoda, a otros risueña, a otros caliente, a otros hirviendo. La tuya (y la de Carla, y la de Marcia, diferentes e iguales de esta manera) es una sartén hirviendo. Vos ahora sos adolescente: tenés permiso para gritar y llorar, para no dormir, para pelearte con tu mamá, para confundirte hasta los extremos más insospechados en el laberinto de lo de afuera y de lo de adentro, para sentirte el más solitario de los abandonados y enajenados. Estás aprendiendo con la sartén: la querés agarrar, pero la manija quema, el mango es demasiado para tu mano y soltás porque te molesta o te duele. Ésa es una de tus tareas: estás en proceso de aprender a agarrar esa manija. Cuando lo logres, te vas a encontrar de pie ante tu juventud ya adulta, de pie ante el símbolo con que dibujaste la metáfora de tu angustia, de pie ante el resto de tu vida viendo con ojos serenos la realidad para comprenderla, sea como sea. Y si no lo lográs... bueno, yo estoy absolutamente segura de que lo vas a lograr, así que no hace falta hablar más.

Finaliza la jornada. Cansancio. Chica que se dirige a su banco sin tener la más remota idea de que comparte un salón con varias personalidades que queman como sartenes, inmersa en su pena individual, en su proceso de comprender que no es superior ni mejor que nadie, sino diferente. Las voy a extrañar el año que viene, pienso. Ya me van a extrañar ellas cuando me haya ido y ahí sí se van a dar cuenta... Sonrío siempre en ese punto y pienso inevitablemente en la manija ardiente de mi querida, viejita y personal sartén.



sábado, 18 de junio de 2011

Como si volara


Para mí, dar clase este año se convirtió en una pulseada.

A veces la gano fácilmente, me lleva pocos minutos de forcejeo eso de “sacate la gorra, la visera, los auriculares, guarden los celulares, pará con los papelitos, sentate, por favor pará con eso” y esas cosas que una dice ya casi sin pensar, y al rato logro que mi voz sea medio y desaparezca, que desfile Poe por el aire del salón, nos sacuda Quiroga, o Bioy, o Silvina Ocampo o Borges, que grite Fontanarrosa, que el contexto enmudezca, se desdibuje, desaparezca, que nos convirtamos en un lugar aparte y privilegiado en donde caras se dibujan dentro de nuestras mentes, paisajes, casas, sapos, árboles, gatos negros o detectives que fuman pipa.

A veces no pasa nada de eso, entro y trac, ni Arévalo me salva con la pulseada y la clase es un embole, una sustancia densa y pegajosa, una bolsa con caca, una porquería que no termina nunca y ahí es cuando mi voz que no se hizo medio se agita y se lastima, y miro el reloj y salgo cansada, porque vengo de trabajar.

Es un trabajo difícil cuando me recuerda que es un trabajo. Cuando no, soy tan feliz en el aula que me renuevo, rejuvenezco, me pongo más lacia, lozana y jocosa, y ando como siempre por ahí, ensimismada en mi interminable diálogo conmigo misma, como si volara.

martes, 22 de marzo de 2011

Juguemos con un revólver mientras el lobo no está (pero el lobo está)

Goya. Fusilamientos del 2 de mayo

Leo en el diario: "Le disparó sin querer a un compañero en el aula". La nota es deliberadamente ingenua, pero agrega maliciosamente algunos datos al final y me recuerda algo que no viví directamente pero escuché entre recreo y recreo en la preceptoría hace sólo una semana.

¿Quién puede creer que un adolescente de 15 años no diferencia un revólver de juguete de uno verdadero teniéndolo en sus manos? ¿Quién cree que puede llevarlo a la escuela "para jugar" o "para mostrárselo a sus compañeritos"? Yo creo que nadie, realmente, y menos los que pertenecemos a comunidades educativas.

Según la nota, la profesora enseñaba teoría de espaldas al salón, concentrada en el pizarrón, y ahí se escuchó el tiro. En televisión, anoche, se mencionaba que la docente había contestado que el curso era muy numeroso ante la interpelación obvia (¿cómo pudo no darse cuenta de lo que estaba pasando?). Imagino la escena fácilmente: un segundo repleto, paredes descascaradas, mesas y sillas rotas, un ruido infernal que proviene de pasillos, patio y aulas linderas, una docente intentando enseñar inglés sea como sea (equivocadamente, en mi opinión) en medio del caos y los pibes pasándose el revólver envuelto en un buzo y haciéndose los pistoleros, apuntándose como en las películas y zas... el ruido fuera de contexto, el grito, las sillas que se caen y el pibe gritando que lo perdonen azorado ante la sangre y lo que ha hecho.

La vida adentro de la escuela se ha vuelto así, tal cual el relato anterior, que se puede leer como metáfora.

Los adolescentes juegan con cosas que saben que son peligrosas (con cigarrillos, con alcohol, con armas, con cuchillos, con golpes, con amenazas, con preservativos usados encontrados en la calle, con jeringas, con agujas, con trinchetas... y nombro objetos que se me vienen a la mente adheridos a anécdotas reales sucedidas en mis salones de clase), juegan a usarlas y ver qué pasa, a ver, vamos a ver qué pasaría si... y zas, suena el tremendo ruido que vuelve todo un silencio y el adolescente deja de ser actor para ser espectador del movimiento del mundo adulto que gesticula, que va y viene mesándose los cabellos y llama ambulancias, policía, padres, libro de actas, directivos, etc., según sea la gravedad del caso.

Un pibe lleva un cuchillo tramontina para asesinar a otro porque le quitó "la visera".

Una piba le roba los licores y otras bebidas alcohólicas al papá del almacén y lo bebe y comparte con sus compañeros en el baño de la escuela... y después en plena clase.

Un pibe se hace cortes en los brazos con una trincheta en clase.

Muchos pibes se hacen "tatuajes" lastimándose con lapiceras bic los brazos, pecho y manos... la bic devenida en bisturí, quién iba a pensarlo.

Y la historia reciente que mencionaba al principio... un pibe se toma ocho pastillas de algo en plena clase y termina con lavaje de estómago internado en el  Hospital de Niños. La cuento brevemente tal como la escuché:

Primera versión: El chico tenía una tableta con 10 pastillas de rivotril que debía llevar a su abuelita. Las compró él, con la receta, en la farmacia. Pobre la abuela. Y no sabe por qué, se las tomó con Coca Cola a las ocho. A las once una profesora lo notó confuso y vacilante, llamó a la preceptora, ésta a la directora, lo aislaron, el pibe contó a medias lo de las pastillas, la versión la dieron sus compañeros. Ambulancia, Hospital de Niños, lavaje.
(Mientras escucho esto, tomando un mate, exclamo "¡Menos mal que no pasó en mi hora!"... "¿Che, no se habrá querido suicidar?"... y me enojo al escuchar una profesora de esas que no me gustan decir "Pero no, si ocho rivotriles no son nada, conozco una chica que se tomó sesenta y no le pasó nada"... y me voy).

Segunda versión: (dos días después): Era mentira que eran rivotriles. Y lo de la abuelita de Caperucita también. Vino la madre del chico en cuestión y negó esa versión, y no se sabe qué eran las pastillas, pero eran amarillas, eso seguro. Uno de los chicos dijo que se las había robado a un "transa" en el parque. No se sabe por qué las tomó ni por qué dijo lo de la abuela. La madre lloraba. Está bien, no le pasó nada.
(Mientras escucho esto, tomando mate, pregunto: "¿No se habrá querido suicidar?"... nadie sabe... "¿Se le va a hacer un tratamiento psicológico?"... no se sabe... por suerte la profesora esa que no me gusta no está para reírse y decirme que son cosas de chicos y que no hay que preocuparse y que, a fin de cuentas, no es mi alumno así que qué me importa...).

¿En qué se parecen los dos casos que cuento: pibes-revólver que se dispara y pibe-pastillas amarillas? En que en los dos casos, los adolescentes mienten y mienten y mienten. El diario dice al final de la noticia que se habían escuchado rumores de que iban a jugar a la ruleta rusa en clase, y que el chico que iba armado lo hacía para defenderse de otros chicos amenazadores. Esas dos últimas informaciones parecen más verosímiles que la anterior afirmación de la confusión entre juguete y revólver, pero ¿cuál será la verdad?, ¿Podremos los adultos finalmente desentrañarla?, ¿qué haremos con ella cuando la tengamos ante nuestra cara?

La verdad es que los hechos son alarmantes, más allá de si la abuelita o si el juguete o cualquier explicación que venga al caso. En los salones de clase pasan cosas peligrosas que escapan al control que puede ejercer un docente o la institución entera, y no se trata de "hechos aislados" sino de una realidad cotidiana para los que pasamos buena parte de nuestro tiempo allí. Afortunadamente el adolescente herido de bala no murió, pero podría haber muerto, y esa posibilidad excede cualquier explicación que una inspectora pueda dar ante los medios de comunicación y cualquier historia que quiera justificar lo que pasó adentro de ese salón de clases. No fue un accidente, fue algo evitable. No es accidente que un chico de 15 años se tome ocho pastillas de algo tampoco. Paremos de justificar lo injustificable, paremos de excusar esas conductas y comencemos a reconocer la verdad: los adultos somos enormemente culpables de que sucedan situaciones peligrosas dentro y fuera del colegio y debemos encontrar urgentemente la forma de que dejen de suceder.

domingo, 16 de enero de 2011

Los ex alumnos y el campo de centeno

dedicado a   Jonatan, Esteban y a  Jonatan

Hace unas semanas encontré a mi hijo adolescente amaneciendo con ojos teñidos de hilillos rojos, leyendo tirado en la cama. No había podido despegarse del libro hasta terminarlo, y como esa imposibilidad es tan familiar para mí como mi hijo me limité a espiar el título del e-book en cuestión: El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger . Y cuando pude, me sumergí a investigar qué era lo que había logrado desvelar, emocionar, intrigar y conmover al joven lector.

El guardián entre el centeno es una novela escrita en primera persona, por un personaje atravesado por su propia adolescencia llamado Holden. La traducción era demasiado española y confieso que no hubiera tolerado más que unos pocos capítulos si las ganas de espiar el cosmos interior de mi hijo no hubieran sido poderosas. Seguí y seguí hasta que mis ojos enrojecieron; es un buen libro, un libro que hubiera sido espléndido leer a los quince años, a los dieciséis, una prosa que deja pasar la voz de un ya-no-niño tan verosímil y conocido que se me hizo tangible, una maraña de reflexiones y pensamientos que a todos nos han acosado durante esos olvidables años de crecimiento desenfrenado y soledad. Se terminó y pensé en conversar sobre Holden con mi joven lector desvelado luego, pero un párrafo pronunciado por su nítida voz quedó latente en mi cabeza, como esos fragmentos odiosos de música pegadiza que se entrometen con nuestros pensamientos y suenan a pesar de todos los esfuerzos de que desaparezcan, suenan día y noche, durante días enteros… era la parte en que Holden, al que han echado de la escuela donde estaba internado, aterido de frío por estar desabrigado y viviendo una aventura atroz desde el punto de vista de madre con que lo leí, claro está, se infiltra en su propia casa para poder hablar con su hermanita Pohebe. Y durante esa conversación absolutamente calcada de cualquier conversación entre hermanos que se llevan unos cuantos años en la diferencia de edad, Holden, que intenta defenderse de la acusación de Pohebe (que le ha dicho que a él no le gusta nada), recuerda un fragmento de un poema de Robert Burns acerca de cuerpos encontrando otros cuerpos entre el centeno y le dice:

“Muchas veces me imagino que hay un montón de niños
jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero
decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de
un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él.
En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde
esté y los atrapo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos.
Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería,
pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.”

Muchas veces he escrito sobre la función docente y su importancia en relación a las vivencias de los adolescentes actuales. Las palabras de Holden, que añora su vida de niño con los paseos al museo inmutable, que habla con su hermanito muerto cuando camina sin rumbo por las calles intentando enmendar maltratos, indiferencias, injusticias normales de hermano mayor que se han convertido en culpa, intentando describir a un cuidador de la niñez, me parecieron perfectas para describir lo que algunos profesores a veces querríamos hacer cuando las escuelas se han transformado en pequeños claros en el campo de centeno. Y me dieron ganas de escribir sobre eso.

El año pasado uno de mis colegas abrió un grupo de Facebook invitando a profesores y ex alumnos de la Escuela N 11 a sumarse. Para mí fue una experiencia interesante y conmovedora durante los primeros meses: aparecían en el muro las fotos de adultos sonrientes al lado de nombres que yo recordaba pertenecientes a otras caras;  mis ex alumnos se habían hecho hombres y mujeres, habían tenido hijos, habían estudiado, trabajaban, habían viajado, en fin, se habían internado en el campo de centeno que es la vida y nos saludaban desde la virtualidad de la página del grupo, contaban anécdotas y nos recordaban tanto como yo los recordaba a ellos. La sala de profesores de la 11 se pobló de comentarios: los legos en el asunto Facebook se instruían gracias a los otros, los nuevos se enteraban de lo que habían hecho los viejos, relucían anécdotas y se analizaban fotos: “mirá qué linda ésta, que de chica era tan feíta”, “y éste, que era un petiso, mirá ahora la pinta que tiene, si me habrá hecho renegar”, “Y la loquita esta, que decía que iba a hacerse monja, casada por segunda vez y con cinco hijitos”, etc. etc. etc.  Finalmente la racha del inicio se extinguió y casi todos se olvidaron del grupete, que ocasionalmente fue sumando rezagados navegantes nostálgicos.

Por qué les cuento esto. Porque en noviembre me llegó un mensaje desde el grupo contándome que uno de mis ex alumnos había muerto en un accidente en moto.

Me acuerdo de que leí el nombre y no tenía cara, leí que se había matado y quedé aturdida. Levanté la vista de la computadora y dije en voz alta que el chico se había matado… me fijé el año que decía que había promocionado y pensé que ya no era más un chico, me fijé en el nombre de nuevo pero seguía sin tener cara ni voz ni nada, lo copié y lo pegué en el buscador del facebook y ahí estaba, con una bebé en brazos, sonriendo desde la página azul con la misma boca con la que sonreía en mis clases, cuando era un muchachito tímido al que le gustaba dibujar a Gokú en todos sus niveles para las carátulas de la carpeta. Vi la foto y me acordé de la letra apretada redonda … usaba hojas N 5, dije en voz alta, está muerto ahora. “Agregar a mis amigos”, dice, y está muerto, es odiable el facebook. Fue el tema de conversación de la sala de profesores de la 11 esa semana y las siguientes.

En diciembre, alguien escribió en el muro del grupo de la 11 que Esteban, de otra promoción, había muerto en un accidente de moto. Decía la hora y el lugar donde sería velado. Inmediatamente aparecieron otros textos, condolencias, recuerdos, pedidos. Las madres de nuestros ex alumnos lloraban al ex niño, al ex adolescente, al adulto joven caído del precipicio sin guardián que bordea el campo de centeno. En enero, alegremente, se me ocurrió entrar para escribir algo acerca del calor y las vacaciones y Salinger, y encontré únicamente, sobre los fúnebres lamentos acerca de la muerte de Esteban, la noticia de la muerte de Jonatan, otro ex alumno, anunciada por mi colega creador del grupo de facebook devenido tristemente en página de desolación.

¿Cómo puede ser que nuestros queridos chicos se mueran? ¿Cómo es posible que alguien que conocimos se muera? ¿Cómo es posible que exista la muerte? Azorada, atiné a musitar una explicación razonable e idiota… es que siempre debió ser así pero no nos enterábamos porque no existían internet ni las redes sociales…

Escribo esto por dos razones. Una, para expresar mi dolor ante la muerte de estos jóvenes que estuvieron compartiendo conmigo sus anhelos de adolescencia, sus sueños y sus pesares, porque yo soy la de Lengua, y la de Lengua lee lo que escriben creativamente sus alumnos y escucha lo que ellos dicen acerca de lo que han leído, lo que preguntan, lo que entendieron, la de Lengua ve la expresión de la mirada cuando lee en voz alta poesía o cuenta mitos o lo que sea. Y otra, porque a mí realmente me gustaría, además de ser la de Lengua (que es lo que más me gusta hacer y ser), poder ser guardián entre el centeno y salir del claro que es el aula cuando los niños están jugando y poder vigilarlos y atajarlos para que no se caigan al precipicio. Y salvarlos. Sé que es una locura, pero también parece locura enseñar literatura en el claro del centeno. No me importa, es lo que me gustaría esta noche, en la que me conmuevo ante el cachetazo de la noticia de la muerte de los que no deberían haber muerto. 


imagen. Van Gogh, Campos de Oro.

jueves, 7 de octubre de 2010

Cuatro formas fáciles de resolver una situación desastrosa dentro del aula (y no resolverla)




Hace poco leía en un artículo interesantísimo llamado "Juventud negada y negativizada: Representaciones y formaciones discursivas vigentes en la Argentina contemporánea", de Marcela Chaves, una antropóloga argentina, diferentes formas posibles de clasificación en la concepción de la adolescencia a lo largo de los años y desde diferentes marcos discursivos. El ser joven como inseguro de sí mismo, como ser en transición, como ser no productivo, como ser incompleto, como ser desinteresado y/o sin deseo, como ser "desviado", como subversivo, delincuente o violento, como ser peligroso, como ser victimizado, como ser del futuro, como ser en relación, como futuro ciudadano. Cito a la autora:

"Todos estos discursos quitan agencia (capacidad de acción) al joven o directamente no reconocen (invisibilizan) al joven como un actor social con capacidades propias —sólo leen en clave de incapacidades—. Las formaciones presentadas operan como discursos de clausura: cierran, no permiten la mirada cercana, simplifican y funcionan como obstáculos epistemológicos para el conocimiento del otro. Se trata de discursos que provocan una única mirada sobre el joven, pero que son utilizados estratégicamente —o políticamente— según sea de ricos o de pobres. Según sea la clase o sector de clase será el estereotipo a fijar, así se encuentran principalmente discursos naturalistas, psicologistas y culturalistas ligados a la juventud de clase media y alta, y discursos de patología social y pánico moral cuando se habla de la clase media empobrecida y los pobres. Tanto en sus versiones de «derecha» como de «izquierda» —o progresistas y neoliberales para usar términos de los noventa—, estas son miradas estigmatizadoras de la juventud. Desde la representación negativa o peyorativa del joven, como de su aparente extremo opuesto, la representación romántica de la juventud, son miradas que niegan. Las prácticas de intervención paternalistas no entran en contradicción con ninguno de estos discursos, todos le son útiles y unidos son más eficaces."

Me parece interesante señalar cómo estas interpretaciones de la adolescencia  han desplazado nuestra experiencia personal como adolescentes. Todos nosotros hemos pasado esa etapa, y, al parecer, la hemos cubierto con un piadoso manto de olvido convirtiendo en "el otro" al sujeto adolescente y dejando que una o varias concepciones teóricas mamadas directa o indirectamente en la universidad o en el terciario (en el mejor de los casos, ya que muchísimos profesores de adolescentes no han transitado esos lares) sean las herramientas interpretativas para decodificar qué vemos cuando posamos la vista sobre "el otro". La objeción trivial de "en mis tiempos era diferente", "los tiempos han cambiado", "en mi época esto no era así" se vuelve cliché cuando uno ahonda: "los tiempos" cambian en la diacronía pero el sujeto adolescente sigue siendo una persona vulnerable a un entorno al igual que todos los seres humanos (un entorno contemporáneo al que nosotros estamos viviendo), una persona en general carente de autonomía económicaque asiste obligatoriamente a la escuela para adquirir una formación cultural que le permita insertarse en la sociedad como un participante activo, sano y pleno sin relegar esta inserción al futuro sino extendiéndola al presente.

Es verdad que la realidad dentro de las escuelas secundarias estatales argentinas no es fácil, y que constantemente los docentes se enfrentan a problemas que exceden el enseñar los ocntenidos de sus áreas de conocimiento en clase.  Pero veamoslo en un ejemplo:
Sale "la de matemáticas" y entro yo, "la de lengua". ¿Es natural pretender que treinta sujetos de quince años que estaban sumergidos en un tema abstracto determinado, garrapateando números en hojas cuadriculadas, oigan una voz en tono imaperativo que diga "Buenas tardes, bueno, el tema de hoy es la irregularidad del verbo apretar" y guarden sus carpetas, saquen otras e instantáneamente estén concentrados en ese nuevo tema? ¿Es humana la pretensión de anular la individualidad del sujeto para pretender impartir conocimientos teóricos en un grupo donde hierven los problemas, los conflictos, las demandas, la alegría, el aburrimiento y el sufrimiento? 

No es la primera vez que escribo que, ante una situación evidentemente violenta, uno debe detenerse y preguntar qué pasa  ( y escuchar atentamente las respuestas que surjan) para poder resolver el conflicto y continuar el proceso de enseñanza del contenido teórico. O como mamá, ante el cambio de actitud, ante el silencio, la expresión de preocupación o cualquier signo alarmante que uno puede percibir en el hijo adolescente, que una debe sentarse, necesariamente, y preguntar, y escuchar atentamente. No es la primera vez que escribo esto, digo, y no es la primera vez que me indigno al conocer otros procedimientos utilizados por docentes para afrontar situaciones como las que describo. Veámoslo en otro ejemplo: 

Situación: grupo con alumnos con problemas de atención. Tres deambulan por el aula. Cuatro alumnas se resisten a guardar el celular, hay dos que se maquillan en plena clase, tres que se arrojan objetos. Dos alumnos observan al profesor y manifiestan sus ganas de aprender, de que se desarrolle la clase... en el fondo hay cuatro alumnos que se niegan a guardar las barajas con las que tienen iniciado un partido de truco. El profesor decide...

a) gritar como un desaforado que son todos unos inútiles e imbéciles y que jamás van a llegar a nada en la vida porque son unos ignorantes. 

b) comenzar a ridiculizar a los alumnos que se resisten a sentarse en forma individual, humillándolos ante el grupo destacando aspectos de sus personas que supone deben desagradarles o que no obedecen a los ideales estéticos del imaginario cultural. (Ejemplos: "Vos, gorda, largá los sánguches, ¿no te sentás porque no entrás en el banco?", "¿Para qué se mira tanto en el espejo, señorita, quiere que se rompa?", "Che, Guido Suller, sí, vos, mariposita, largá las plumas y sentate como un pibe y no como Graciela Alfano", "Vos, nene, el de la cara llena de granos...").

c) Adoptar un aire ofendido, repartir unas fotocopias o escribir alguna tareíta en el pizarrón destinada a grados iniciales o para jardín de infantes, sentarse ante el escritorio a hacer otra cosa y decirle a la preceptora, cuando venga a ver qué son los gritos que se oyen en toda la manzana "Pobrecitos, si no pueden entender nada... si no pueden hacer otra cosa...", bajito y con aire condescendiente.

d) Abandonar el aula y repetir delante de las autoridades, preceptores, colegas, porteros o quienes quieran escuchar que "Estos pendejos de mierda qué carajo se creen", que uno está harto y que no tiene por qué tolerar esta situación y que "cuando yo era alumna esto no pasaba y que estos pibes no tienen padres acaso" y que "ya van a ver".

Y claro. Cuando estaba en la facultad no pensaba que dar clase iba a involucrar situaciones como ésta. Las materias pedagógicas te llenaban de fotocopias con textos de Braslavsky  o de Lowenfeld y uno se imaginaba un ambiente idílico con adolescentes sentados en silencio y escuchando con atención lo que uno tuviera que decir sobre la irregularidad del verbo apretar, como si fuera la develación de una de las grandes inquietudes de los 16 años. La realidad es que si te sentás en un rincón con el pibe que deambula como un zombie por el aula y le preguntás qué le pasa te va a decir que a los padres no les importa nada lo que él haga, que está aburrido, que no tiene ganas, que viene porque lo obligan y que no sabe qué le pasa. Si te sentás a conversar sobre el uso de celulares en horas de clase con las chicas, te van a decir que sus madres o abuelas están internadas y que los tienen prendidos por las dudas las llaman, se van a reír, te van a mostrar las fotos que tienen en las pantallas y te van a contar que están a cargo de sus hermanitos, que la abuela trabaja todo el día, que la mamá está en el sur, que quieren estudiar para peluqueras, biólogas marinas o veterinarias y ... quizás después de charlar unos minutos el celular se vaya al bolso. Y el pibe que deambulaba, se siente. Y las miradas se fijen en los materiales nuevos que llevaste, buscando formas de hacer la clase más atractiva y relevante para los alumnos. Llevás un cuento con el verbo apretar mal escrito. Llevás una grabación de un diálogo que contiene el verbo. Hacés una grabación con los chicos. No tenés grabador, pero las chicas tienen los celulares y algunos graban... los hacés escribir alguna obra en donde se use la palabra en forma correcta y en forma incorrecta. Las leen. Una en especial les parece graciosa y deciden representarla... el que deambula siempre es el protagonista... no, no quiere... bueno, pero puede filmarla con el celular y después nos cuenta que sabe cómo hacer para subirla al blog del curso...

Demás está decir que me indigno cuando mis alumnos me cuentan que algún profesor tomó con ellos los caminos a), b), c)o d). Cuando estoy en la sala de profesores o preceptoría, y escucho a alguno despotricar en plena d). Demás está decir que provoco grandes desconciertos a veces en mis colegas o en las autoridades o en los mismos alumnos cuando salgo con actitudes diferentes, y digo desconcierto por no decir desagrado, rechazo, recelo, molestia o cualquier sentimiento desagradable. Me han tachado de loca, de seguir utopías, de amiguista, de condescendiente con los alumnos, de paternalista (o maternalista...), de demagógica...  ¿Tomo la actitud d) y contesto así? No..., mejor escribo este artículo y listo.






 

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Yo soy la mudita (Acerca de las patologías de la voz docente)

Quienes me conocen saben que estoy desde hace un tiempo sin poder dar clase, de licencia por ART, a causa de que me diagnosticaron un hiatus en las cuerdas vocales que me produce disfonías crónicas. El otorrinolaringólogo me recetó 20 sesiones de foniatría "para comenzar", y así fue como conocí a la licenciada Marita Dalmasso e inicié el camino que, espero, pronto me conducirá nuevamente a mis queridos salones de clase.

Que la voz nos falle, nos abandone, enmudezca, es algo sorprendente y doloroso para cualquiera, pero para quienes trabajamos comunicándonos a través de ella, es un acontecimiento desesperante. La pérdida de la voz puede llevar al cese temporal o definitivo de nuestro trabajo, y para un docente, cuya tarea es tan particular, no es algo que pueda ser tomado a la ligera.Y sin embargo... yo no lo sabía. Y precisamente de esa ignorancia trata el presente artículo, que surge de la lectura de algunas páginas sobre el tema escritas por mi foniatra.

9:55 de la mañana de un viernes cualquiera. Ingreso en el aula para comenzar mi jornada, camino entre adolescentes que me alcanzan hojas, me gritan "hola", "Me olvidé la carpeta", "¿Para qué vino?", "No, chiste, profe", se lanzan algún objeto y se ríen. Es cambio de hora; si hubieran ingresado del recreo serían peor el ruido y los movimientos. Me inclino sobre el libro de temas, anoto algo, firmo unos papeles, se los doy a la preceptora y me dirijo hacia el frente. Me paro ahí, con los brazos cruzados y expresión amable... espero. Hace 13 años que trabajo como profesora y conozco las limitaciones de mi voz. Sé por penosas experiencias que si grito para que hagan silencio, hacia las 14 o 15 hs. mi garganta dolerá y mi voz será un murmullo inaudible... y mi jornada de los viernes termina exactamente a las 20:15 hs, por lo que no puedo correr ese riesgo.

Así que espero. Sé que alguna de mis alumnas, dotada de una voz poderosa y bella, notará mi silencio y pegará los gritos necesarios: "Eh, cállense, ¿no ven que está la profesora esperando...?". Resulta un método eficaz: minutos después mis alumnos escuchan mi "Buenos días" y comenzamos la tarea. Casi nadie trajo las fotocopias, sólo dos tienen el libro, la biblioteca no tiene ningún ejemplar y decido que no existe otra alternativa que leer. "El gato negro", digo entonando lo más alto que puedo y preparándome para la lectura en alta voz del cuento de Poe. Se oye un timbre. Y en estampida, las voces de cien niñitos de la escuela primaria atraviesan el pasillo y se derraman en el patio al que dan las ventanas, la mayoría sin vidrios y con cartones sujetados con cinta adhesiva, de mi salón de clases. 

Estoy tan acostumbrada a que pase esto que elevo mi voz sobre el batifondo sin siquiera pensarlo. Mis alumnos no parecen notar el ruido externo ni el interno y seleccionan mi voz entre las demás voces para seguir el hilo del relato. Mi voz, que intenta ser la voz del narrador de Poe, se derrama por el aula y así transcurre mi clase de Prácticas del Lenguaje. Entra la preceptora. Entra el portero con las bandejas que llevan las tazas y jarras de té. Entra la portera y reparte porciones de pizza. Yo quiero una. Suena otro timbre, las voces aflautadas de las cien cabecitas despeinadas y felices de "la primaria" atraviesan nuevamente el pasillo y se ordenan en el laberinto del edificio... se oye un potente silbato en el patio y la voz admirable del profe de Educación Física atraviesa vidrios, cartones y paredes. Ya casi termina el cuento de Poe... puedo saber quiénes fueron los que lo escucharon por la expresión horrorizada de sus ojos... son pocos, pero teniendo en cuenta el esfuerzo que hicieron para lograrlo, me siento conforme. Los que no escucharon pronto lamentarán no haberlo hecho al oír nuestros comentarios sobre el cuento, y la mayoría hará la lectura posteriormente, con suerte, motivado por la curiosidad. Es un cuento estupendo.

Así es mi clase de la mañana. No se diferencia mucho de mis clases de la tarde. El aula de mi 3ro de adultos del turno vespertino da a la calle, y suelen estacionarse allí alumnos o amigos de los alumnos en autos para escuchar música mientras esperan, así que los ruidos nocturnos cambian algo, pero siguen existiendo: tránsito, motos, colectivos, música. A las 20: 15, cuando la calle me recibe con su noche fría o cálida o como sea de "mañana es sábado y ya terminé de trabajar", mi voz exhibe los daños producidos por el esfuerzo. Pero me quedo callada... y el lunes ya tengo voz para trabajar.

El relato anterior es aproximadamente el que hice a mi fonoaudióloga durante la primera sesión de foniatría. Mi primera impresión fue el asombro ("Tiene un hiatus, profesora, va a tener que hacer veinte sesiones de foniatría, nos vemos en un mes"...), la segunda de angustia (y qué será un hiatus, y mis alumnos, mis proyectos en marcha, todo queda postergado... ¿será grave?), la tercera de miedo (¿No sabías que por los problemas con la voz podés tener que abandonar la docencia?)... esta vez nuevamente fue de asombro. Jamás me había detenido a reflexionar acerca de la importancia de mi voz como vehículo en la experiencia enseñanza-aprendizaje; luego de tantos años de utilizarla ignorando cómo usarla apropiadamente y cómo cuidarla, mi voz se había dañado. El otorrinolaringólogo me había asegurado que con foniatría me recuperaría al 100%; la licenciada Dalmasso confirmó esa afirmación, y me explicó cuál era el problema y cómo lo solucionaríamos, e inició conmigo un recorrido personal de conocimiento de mi voz y sus limitaciones. En eso estamos hoy.

Ni los institutos  de formación docente ni las universidades preparan a los futuros educadores para conocer y mantener adecuadamente la voz. Este vacío de información libra al docente a sus capacidades innatas y conocimientos autodidactas, y ocasionará que en las comunidades educativas se considere "normal" el quedarse sin voz directamente o el sufrir de disfonías, especialmente los viernes al final de la jornada semanal. Este desconocimiento, sumado a la contaminación sonora que se agravó en la comunidad educativa a partir de la convivencia de niños con adolescentes en los mismos edificios (con recreos diferentes, clases de Educación Física diferentes, necesidades edilicias diferentes), provoca el enorme número de pedidos de licencia por patologías de la voz, enfermedad profesional que ocupa el segundo lugar entre las bajas laborales docentes, precedida por los problemas de depresión y ansiedad.

En la fundamentación del Programa Provincial de Salud Vocal para docentes se lee:

  • El uso incorrecto de la técnica vocal interfiere en el correcto desempeño de la profesión, no permite la proyección vocal efectiva, fundamento esencial de la comunicación en público.

  • Las disfonías docentes son causa de baja laboral temporal o permanente.

  • Es importante el número  de pedidos de cambio de función por incapacidad vocal.

  • Las disfonías se presentan en docentes titulares, provisionales y suplentes, dificultando la      titularización de estos últimos.

  • Siete de cada diez casos se debe a mala técnica vocal.

  • Las disfonías docentes inician como funcionales y suelen llegar a la consulta cuando ya presentan manifestación orgánica.

  • La capacidad de resistencia al habla se sitúa en un margen de 4 horas; por encima de ese tiempo hace falta una técnica adecuada para no lesionarse la voz.

  • Es más fácil y económico educar la voz que reeducarla.

  • Los docentes serán capaces de desempeñar su labor sin fatiga vocal ni molestias laríngeas.
Hablar en clase, algo tan espontáneo y considerado natural, debe ser producto de una técnica de uso de la voz, y ésta, como todas las técnicas, debe ser aprendida. En palabras de la lic. Dalmasso: "Nadie cuida lo que desconoce".

Informar al docente los valores de sus parámetros vocales, informar  a cerca de las pautas de uso profesional      de la voz y vivenciar la ejercitación de las áreas a desarrollar en el uso adecuado de la voz son los objetivos que harán que las experiencias educativas sean más plenas y evitarán daños irreparables. 

Las disfonías son multifactoriales*. Inciden en su aparición factores individuales (variables personales como predisposición anatómica, problemas de salud, enfermedades respiratorias, gástricas) y ambientales (lugares con contaminación sonora, polvo en el aire, humo, posturas inadecuadas). 
   

¿Y qué se puede hacer?
Bueno, he dicho que estoy recorriendo mi camino de sanación guiada por mi fonoaudióloga. No es fácil: hay que hacer ejercicios vocales que nunca hice, hay que respirar de un modo que jamás practiqué, hay que tener una paciencia infinita y una confianza plena en la profesional que te está atendiendo. Pero, yendo más allá de mi caso particular, me parece que lo que se puede hacer es incluir el estudio de la voz entre los contenidos de las instituciones que preparan a los futuros docentes. "Si yo hubiera sabido qué era lo que debía hacer, lo hubiera hecho", dije también, durante mi extensa e intensa primera sesión. De eso se trata este artículo: no lo sabía, hubiera sido importante saberlo.



*    según la clasificación  que hace M. Behlau (2005)
    Este autor define disfonía como la alteración de una o más cualidades de la voz, y divide las disfonías en tres grandes grupos:

DISFONÍAS FUNCIONALES:
    Son aquellas relacionadas con el uso vocal
     Describe en este grupo las disfonías POR USO INCORRECTO DE LA VOZ,  ya sea por falta de técnica vocal o por modelo vocal inadecuado, POR  INADAPTACIÓN  VOCAL,  causadas por asimetrías o por alteraciones estructurales mínimas. Incluye también a las disfonías producidas POR ALTERACIONES PSICOEMOCIONALES.

DISFONÍAS MIXTAS:
    Son las disfonías de origen funcional que desarrollan una manifestación orgánica.
    Se describen en este grupo los nódulos, pólipos, edemas, úlcera de contacto, granuloma, etc.

DISFONÍAS ORGÁNICAS:
    Son las disfonías producidas por alteraciones orgánicas no relacionadas con el uso vocal. En este grupo se describen las Disfonías congénitas: Ej: Sind. de Down; Disfonías endocrinas: Ej: Hipotiroidismo, diabetes; Disfonías psiquiátricas: Ej: Depresión;  Disfonías neurológicas: Ej: Parkinson; Disfonías por Reflujo Gastroesofágico; Disfonía por Cáncer de Cabeza y cuello .

    También se mencionan otras clasificaciones como por Hipofunción o Hiperfunción.

DISFONÍAS DEL DOCENTE

    Si se hace mal uso o abuso de la voz se produce un esfuerzo muscular obligado, una contracción forzada para lograr sonidos con intensidad y amplificación exagerada. Esto deriva en una disfonía funcional que si persiste puede convertirse en una disfonía con manifestación orgánica.

La imagen que ilustra el texto es una reproducción de "El grito", de Edvard Munch.