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sábado, 10 de septiembre de 2016

La luz mala

Para mis alumnos de 6to 2016, con todo mi cariño

imagen tomada de internet


Ahora que están de moda entre las personas de la ciudad las leyendas urbanas y las Creepypastas,  podría pensarse que las historias tradicionales, las que tienen cientos de años y circulan por nuestros valles, campos y montañas, han perdido su capacidad de producir miedo. ¿Puede competir la Dama de Blanco, deslizándose sobre baldosas por las calles de Buenos Aires por la madrugada, con la adorable Llorona, gimoteando por los campos en búsqueda de sus hijos? ¿Dan más miedo los fantasmas de La casa de los leones que la Viuda, el Pombero o el Lobizón? Como cierre de esta jornada de lectura, haremos un viaje que nos llevará lejos de los edificios, los colectivos y el cemento para trasladarnos con nuestra imaginación a cualquiera de los paisajes del noroeste argentino, entre cerros y quebradas.
       
     Por Jujuy, Salta, Tucumán, La Rioja y Santiago del Estero hay unos paisajes tan hermosos que de pararnos nomás ahí se nos ensancharía el alma. Hay cerros coloridos, montañas y valles, el cielo más celeste que se pueda pintar y un aire etéreo que para nosotros, acostumbrados como estamos a respirar contaminación de todo tipo, sería un placer desconocido. Se preguntarán ustedes cómo podría alguien experimentar miedo en lugares tan bonitos, mecidos por la brisa y rodeados de pajaritos cantores… Es que falta hacer algo importante con nuestra imaginación en este momento: apagar la luz y dejar que nuestro paisaje se sumerja en la noche.
           
Noche cerrada. La silueta de la cordillera se fue desdibujando con el atardecer, los cerros desaparecieron, los valles fueron perdiendo su color verde y ahora, en esta historia que te vamos a contar, vos sos el protagonista y  estás parado ante la nada porque está todo negro, y si te ponés la mano delante de la cara no la podés ver. Para peor es 24 de agosto, día de San Bartolomé, y como sos de la ciudad resultaste ser un chambón al elegir esa fecha para tu viaje, aunque sea imaginario, porque todo el mundo por los pagos del noroeste sabe que esta noche mejor estar arropado en casa, bien envuelto en el poncho.
           
El día de San Bartolomé es el único día del año que tiene Satanás libre de la vigilancia de los ángeles, y como encima es Satanás, por supuesto que lo aprovecha. El vientito que sentís ahora, parado ante la oscuridad total intentando ver sin éxito tu mano extendida ante tu cara es, probablemente, el aire purísimo del lugar, que se estremece del miedo que le da Mandinga vagando por la tierra en el silencio de la noche, buscando almas para llevarse. ¿No te da escalofríos pensar en eso? No te preocupes, nuestra historia aún ni comienza: seguís parado ahí haciéndote el que no creés en supersticiones y sacás, seguramente, el celular para mirar la hora… No se prende… quizás te quedaste sin batería… o pasa otra cosa.
            
 Allá a lo lejos, mortecina al principio, divisás una lucecita que lenta, lentamente, viene. Sí, digo “viene” y no “va”, porque se dirige directamente hacia donde estás vos. Pensás muchas explicaciones razonables: alguien notó tu ausencia y te viene a buscar; una bici o una moto (o un jinete a caballo, mejor), andan paseando en la oscuridad y el silencio porque la noche estaba fresca y linda para salir. Imposible. Ahora sí temblás un poco, y no por el viento, porque la lucecita no parece algo normal y se aproxima, un poco verde, un poco violácea, un poco neblina. Se desliza zigzagueante, como serpiente, por momentos despaciosa y de repente veloz, siempre hacia tu lugar, hacia donde estás. Escuchás los gemidos de los gatos salvajes que viste por la tarde, te rodean los rumores de los zorros del monte, los guanacos, alpacas y llamas que adivinás porque no podés ver nada, aterrado ante la posibilidad de que algún animal te ataque o, siquiera, te toque. “Viene la luz mala, el farol de Mandinga, a buscar mi alma”, balbuceás, y el sonido de tu propia voz ahí en la nada te aterroriza. Decidís escapar. ¿Hacia dónde? Los gatos salvajes (porque no pueden ser otra cosa) parecen bebés llorando, gritan en forma sobrehumana formando un coro horrendo mientras la luz ahora se dirige directamente hacia donde estás, te alcanza, ilumina de verde tus pies (los ves como dentro de un sueño, en plena pesadilla, las zapatillas se convirtieron en gastadas botas, son los pies de otro que no sos vos, unos pies antiguos, de algún hombre que atrapó el Diablo en otros tiempos)…

          
  Al rato te encuentran tus amigos, que te buscaban desesperados desde hacía horas. Mientras tomás café caliente y el médico te dice que tuviste un desmayo por el cambio de altura y que tuviste mucha suerte, llega un grupo de personas a buscar al médico que te está atendiendo, y de casualidad, escuchás la historia de la Luz Mala de boca de un habitante del lugar. Cuenta la historia que la luz aparece donde hay enterrados tesoros, porque es el alma de quien los guardó, que vigila que nadie se los arrebate. El hombre está diciendo que vio la luz esa misma noche, y que encontró el lugar. Viene a buscar al doctor porque fue a cavar con su hijo, para buscar el tesoro, pero cuando clavó la pala en el sitio salió una especie de gas y se le metió adentro al chico, que desde ese momento no para de toser y escupir pedazos de cosas verdes, y de puro desesperados ya no saben qué hacer. Ves cómo traen entre cinco personas al chico, ves al doctor asistirlo, ves que se revuelve sobre una mesa, como si estuviera endemoniado. Como buen habitante de ciudad pensás “Epilepsia”, pero la serenidad se te va al diablo cuando te das cuenta de que los pies del chico son los pies antiguos que viste en plena soledad de gatos gritando en la noche cerrada iluminados de verde. En ese momento, una señora muy viejita se abre paso entre el desastre de familiares del chico que lloran de desesperación, con un facón en la mano. Tus amigos y vos se asustan más, si es posible; los demás no. Todos saben por allá que si te enfrentaste con el espíritu de un difunto (y uno de esos es la Luz Mala), lo que hay que hacer es rezar una oración y morder la vaina de un puñal de plata. Contemplás al chico con el cuchillo en la boca, ya quieto. Tus amigos se ríen durante años de lo que hiciste después: te subiste a la mesa donde lo habían recostado al pobre, le sacaste el cuchillo lleno de espumarajos de la boca y te pusiste a morderlo tan fuerte que se te rompió un diente. 

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