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domingo, 17 de septiembre de 2017

Feliz día del Profesor (a media luz, sin libro ni lapicera)




Este año,  el día del profesor tiene que ver con una pregunta y con alegrarme ante la proximidad de la primavera: amanece más temprano y eso significa para mí que en las aulas sin luz voy a poder comenzar a trabajar a las 7:30. ¿O vamos?

Cuando llueve, no hay luz y está nublado... voy a tener que seguir esperando. (¿O vamos?)

Los días que sucede eso me dedico un rato a observar con impotencia una escena que debe ser idéntica cuando hay luz, pero que a oscuras se vuelve impactante. El ambiente es la penumbra del aula que de a poco se va llenando (el horario de entrada es 7:20, pero son 7:45, 7:55, 8:15 y continúa abriéndose la puerta y oyéndose el traca traca del ruido de sillas que producen los chicos que van llegando tarde) y las sombras se mueven en las paredes proyectando siluetas producidas por el resplandor de los celulares, rectangulitos incandescentes que iluminan los rostros inexpresivos de mis alumnos que esperan que vuelva la luz, que salga finalmente el sol o la hora del desayuno.

Me pregunto si soy la única que espera dar comienzo a la clase... ¿espero o esperamos? Con este interrogante tiene que ver este año mi reflexión sobre el día del profesor.  Comienzo a leer el último capítulo de Crónica de una muerte anunciada en mi netbook, interrumpo y pregunto a los rostros iluminados por qué les parece que los personajes reaccionan en forma tan diferente ante la inminencia de la muerte de Santiago Nasar. Entre las sombras me contesta alguien en forma de pregunta: ¿"Quién es Santiago Nasar?". Me parece más inquietante aún que nadie se ría. Ningún alumno del curso compró ni consiguió el libro, a pesar de mis notas solicitándolo en el cuaderno de comunicaciones. La cooperadora de la escuela fotocopió cinco ejemplares y yo presté el mío, pero como no hay luz les pido por centésima vez que abran una versión en pdf en sus celulares. "No tengo internet en el celu". En esta escuela los profesores pagamos internet para que haya en las aulas. "No tengo suficiente memoria en el celu para que se abra". Si desde acá veo que estás mirando Netflix. Cerrá eso y abrí el libro, por favor.

Amanece.

Apelo a todas mis energías y me concentro en Santiago Nasar, que le agarró toda la panocha a la hija de la cocinera y que anduvo tirando cohetes y festejando con sus amigotes frente a la casa donde supuestamente estaba arriesgando su vida una mujer a quien le había quitado la virginidad. Gesticulo y me apasiono hablando del machismo, de las ideas que ese pueblito inventado por García Márquez, tan parecidas a las de pueblitos no inventados, hacen que la pobre novia deshonrada sea devuelta como un objeto y apaleada por su familia. La luz que entra por las ventanas me devuelve imágenes de rostros envueltos en bufandas, cabezas cubiertas por gorros, capuchas y pañoletas, auriculares disimulados entre las ropas, los benditos rectangulitos incandescente formando parte de cada mano y dándole que dándole a la intrascendencia imprescindible del chat. Pero yo sigo pidiendo que se concentren, leyendo, interrogando, hablando, diciendo cosas como que por qué podría decir que la vida de Santiago Nasar, dentro de la novela, era la medida justa para lavar la ofensa hecha a la honra de la familia Vicario.  ¿Y ustedes qué piensan? Los auriculares, Jorgelina, ¿qué pasaría si en la actualidad la gente pensara así? Sacate por favor los auriculares, Juancito ¿hay gente que piensa así? ¿Hay?

Algunos me contestan, surge un debate interesante. Como hay luz y yo irradio optimismo, les pido que abran las carpetas para que trabajemos con un pequeño texto sobre el concepto de la honra a través de diferentes épocas. Te dije que saques la carpeta, dale. "No tengo carpeta", "Me la olvidé", pero estamos en septiembre, nene... "¿Alguien tiene lapicera?", "Prestame una hoja", "Profe, ¿tenés lapicera?"

Termino de leer Crónica de una muerte anunciada en voz alta y anuncio que la terminamos de leer, a pesar de que escuché la pregunta acerca de la identidad de un tal Santiago Nasar y soy conciente de que no logré que todos los oídos se despojaran de sus musiquitas ni todos los celulares cedieran el paso al texto de García Márquez. Me esforcé mucho, pero no lo logré del todo. Todo escuché, todo vi, pero sigo esperanzada. Suena el timbre porque, como dije, finalmente volvió la luz y se van los educandos hacia el mate cocido mientras yo junto las fotocopias, mi librito y mis lapiceras desperdigadas. Dos chicas me dicen que se van a agarrar a piñas con una de quinto porque les rompió un cartel en la cara y es una atrevida y una desubicada. Cinco minutos más tarde finalmente salgo del aula, apaciguados los ánimos y con la promesa de que tendremos un diálogo con la "atrevida", sin piñas ni nada por el estilo. Se me acerca una chiquita tímida, se desliza silenciosamente a mis espaldas mientras giro la llave de la puerta del salón pensando que no tiene sentido porque el recreo debe estar por terminar y me dice con vocecita dulce: "Profe, me encantó el cuento, es el primer libro que me leen. Y me dio mucha pena Ángela Vicario. ¿Vamos a leer algún otro de ese autor?".

"No es un cuento, es una novela", me oigo contestar, porque nunca abandono mi esencia de vieja de Lengua. "Sí, Lili, vamos a leer muchas historias más y me alegra muchísimo que te haya gustado", agrego, mientras pienso que Lili me acaba de devolver la honra y lavado la afrenta, pero sin sangre ni tripas afuera como le pasó al pobre Santiago Nasar. Por la ventana entra una luz hermosa, se oyen los pájaros cantar entre el bullicio del recreo, recuerdo que me falta trabajar unas siete horas más ese día   y me siento feliz porque tengo el mejor trabajo del universo, al mismo tiempo que acongojada porque las condiciones en las que estoy trabajando no me ayudan y las cosas, cada año que pasa, parecen empeorar. ¿Será que la muerte de la lectura en la escuela es algo que saben todos menos yo?  ¿Los chicos están escuchando las explicaciones, leyendo, esforzándose, trabajando en clase, trayendo sus materiales, participando y no me enteré? Yo estoy, algunos están... pero, ¿estamos?


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